05-11-2025, 12:51 AM
Día 71 de otoño,
año 16.
Reino de Samba, Selva Anozama
Cuando Iggy despertó en la cálida terraza, rodeado de árboles y vegetación por doquier, se dio cuenta de que había estado durmiendo la mona a un lado, entre unas sillas amontonadas, prácticamente como una parte más del mobiliario. Era de día, claramente, si bien la frondosidad del follaje impedía determinar con precisión ninguna hora en específico. Era de día, y eso bastaba. El dueño del bar, ataviado con una camisa estampada de flores, iba de aquí para allá limpiando las mesas, barriendo el suelo de tablones de madera y moviendo alguna que otra silla. Un ventilador de aspas chirriaba, girando con visible desgana. La clientela era escasa, y los pocos parroquianos que habían decidido parar allí a tomar algo hacían caso omiso de aquel tipo de aspecto estrafalario, de aspecto sucio y que vestía como una estrella del rock más bien pasada de rosca, discretamente acurrucado junto a la barra. Alguno incluso le pasaba por el lado, procurando no pisarle. De lo que no cabía duda, sin embargo, era de que se encontraba en plena Selva Anozama, el área más pobre de Samba y que, a la vez, ocupaba el centro físico de la isla. Aquel bar, además de un puñado de casas de madera adyacentes, parecían ser las únicas señales de civilización en kilómetros a la redonda, y probablemente lo fuesen.
La terraza se encontraba elevada a un metro y medio o dos del nivel del suelo, y, cerca de las escaleritas que daban entrada a la misma, se erguía un pequeño tablón de corcho. En cualquier otro lugar más transitado, su superficie hubiera estado plagada de carteles de recompensa, flyers, anuncios y todo tipo de papeles, pero de aquellas chinchetas únicamente colgaban tres o cuatro papeles, mayormente corroídos ya por el tiempo y la humedad ambiental. El bar, pese a estar prácticamente al aire libre y que no le faltase ventilación, gozaba de un olor penetrante a ron viejo, a madera húmeda y a fruta pasada. Los insectos zumbaban, los pájaros cantaban por todas partes, y en la lejanía, más allá de los árboles, se podía oír el rumor de un río que no debía de pasar muy lejos. Bajo el maltrecho Iggy, las desiguales tablas de madera, algunas de las cuales habían sido reparadas con clavos oxidados, crujían con el cambio de temperaturas. Entre ellas ascendían algunas enredaderas, colándose por las rendijas.
Cartel del tablón
Repentinamente, Iggy oyó cómo unos pasos firmes y pesados ascendían por las escaleras de la terraza, haciendo temblar el suelo y crujir la madera. Un par de tipos, que más bien parecían dos enormes gorilas que debían de superar los tres metros de altura, se plantaron en la entrada, observando en silencio a los presentes y retirándose las gafas de sol. Ambos iban ataviados con ropas de lino viejas, pero adecuadas para el tropical clima de la selva de Samba, y sombreros tipo fedora. El dueño del bar no pareció demasiado alarmado ante su llegada, y, tras una ojeada rápida, continuó sus quehaceres como si nada. Lo mismo hicieron, de hecho, todos los allí presentes, a excepción de uno, un joven de pelo negro que bebía una copita de vino en una esquina. El joven pareció quedarse petrificado por unos instantes, justo antes de lanzar su copa hacia los gorilas y echar a correr. Por un momento, pareció que lo lograría, pareció que conseguiría saltar a la inmesidad de la jungla por la barandilla de la terraza. Sin embargo, los dos enormes hombres fueron más rápidos, y lo agarraron por los tobillos antes de que lograse escapar, lanzándolo contra el suelo de tablones.
"¡N-no lo tengo aún!," exclamó el joven, visiblemente aterrado. Aún en el suelo, intentó alejarse de los dos matones, pero su espalda fue a dar contra la barandilla de la terraza, impidiéndole cualquier vía de escape. "¡Aún no lo tengo, pero muy pronto...!"
"¡Pues al menos vuelve al trabajo, gandul!," exclamó uno de los gorilas, acercando mucho su cara a la del joven. "¡No tienes ni idea de la presión que tenemos encima, como para andar holgazaneando aquí!"
"¡El río está enfermo! ¡Le pasa algo!," afirmó el pelinegro, alzando una mano abierta contra uno de los gorilas, en un ademán pacificador. "¡Las perlas salen malas, sabes!"
"¡Otro con esa cantinela!," exclamó el otro gorila, cruzándose de brazos. "Vuestro trabajo es traerlas, ya decidirán los jefes qué hacer con ellas."
"¡Pero...!"
"¡Pero nada!," exclamó el primer gorila, girándose hacia el joven antes de darse la vuelta y disponerse a salir. "¡Más te vale dar el callo mañana, o vamos a tener un problema! ¡Y el dinero, pronto, o te cobramos el interés, y eso son 7500 más!500"
Los dos matones se desvanecieron tal y como habían aparecido, como un terremoto que se detiene tras unos segundos. Volvió la calma. Los parroquianos siguieron a lo suyo, y el joven de pelo negro se levantó, no sin cierta dificultad, apoyándose en la barandilla, antes de dejar unas monedas sobre el mostrador. "Te lo dije, Pran," se limitó a comentar el dueño del bar, sin siquiera mirarlo. El joven asintió con la cabeza y salió del lugar. Iggy se dio cuenta de que, bajo una de las mesas, reposaba una minúscula cajita de madera, que probablemente se le hubiera caído al tal Pran durante la refriega.
Off

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