07-11-2025, 10:58 AM
El campo de entrenamiento resonaba con la energía renovada del grupo. La declaración de Akira sobre la diversión en el movimiento, la mención de Juan sobre la fuerza nacida de la rotura... Develio procesó las filosofías de sus dos amigos con una calma profesional. Eran dos enfoques diferentes para el mismo objetivo: la supervivencia. Ambos, a su manera, eran válidos.
Escuchó la reflexión de Juan sobre cómo el Vicealmirante Joe demostraba que la raza no era una barrera. Asintió levemente para sí mismo, un gesto que se perdió en la inmensidad de su figura. Era una verdad biológica simple. El potencial de un individuo estaba dictado por su entrenamiento y su voluntad, no por su fenotipo. La respuesta de Juan sobre "romper y reconstruir" para hacerse más fuerte también era anatómicamente correcta.
-Así es como crece el músculo y se fortalece el hueso,- murmuró, más para sí mismo que para los demás, mientras daba una calada a su pipa. -Estrés, microdesgarros, y luego... sobrecompensación en la curación. Tu cuerpo entiende el principio, Juan Sebastián. Mi trabajo será asegurar que el 'estrés' no sea catastrófico.
Añadió, con una mirada dirigida al gyojin: -Un escudo se vuelve frágil si es demasiado rígido. Los estiramientos previenen las fracturas por tensión. No los ignores.
El grito de motivación de Akira, seguido por el coro sorprendentemente unánime de los otros reclutas, fue un fenómeno que Develio observó con genuino interés. El joven rubio tenía un carisma natural, una capacidad innata para galvanizar a otros. Era un catalizador social. Develio no se unió al grito. Su apoyo se manifestó de una forma mucho más silenciosa: un largo y lento anillo de humo con aroma a mango que se elevó sobre el grupo como una bendición silenciosa antes de que el viento lo reclamara.
El camino al comedor fue ruidoso y lleno de camaradería. Una vez dentro, el tamaño del lugar apenas se registró para el semigigante. Su atención, como siempre, se centró en la logística. Cientos de reclutas y oficiales. El requerimiento calórico para mantener operativa una fuerza de este tamaño debía ser inmenso. Tomó tres bandejas, apilándolas con una montaña de arroz, pescado y verduras que harían palidecer la ración de una semana para un hombre normal.
Se sentó en la mesa designada para ellos, una mesa reforzada que crujió audiblemente bajo su peso. Y entonces, lo vio. La mirada de pánico cómico en el rostro de Juan Sebastián y rió.-¡Tortortortortor!-Siguió la línea de su visión hasta el plato principal del día. Cangrejo a la parrilla. Develio procesó la información en una fracción de segundo: el tabú, la incomodidad de su amigo, el dilema social.
Mientras la risa de Juan rompía el silencio, Develio actuó. No con palabras. No con bromas. Actuó con la eficiencia silenciosa de un cirujano solucionando un problema.
Lenta y deliberadamente, extendió su enorme brazo. Con una delicadeza que desmentía su tamaño, tomó la bandeja de Juan Sebastián, en la que solo reposaba un triste cuenco de ensalada. Tomó una de sus propias tres bandejas, la que estaba cargada exclusivamente de un gran filete de atún a la plancha y una pila de vegetales al vapor, y la deslizó frente a su amigo con un suave ruido sordo. El añadido fue rápido, silencioso y no dejó lugar a protestas. Fue una solución, no una conversación. El semigigante asintió.-Tu ingesta calórica debe ser superior a las 90 y 200 kcal que posee esa única ensalada, ese filete de atún y esa verdura cocida en esa cantidad es más adecuada con unas 3000 kcal...-Asintió para si mismo.
Finalmente, con el problema resuelto, retiró la pipa de sus labios. La sonrisa ladeada, esa rara manifestación de humor, apareció en su rostro mientras observaba al grupo.
-Un cocinero- retumbó su voz, coincidiendo con la afirmación de Juan. -Sería una mejora logística. Especialmente uno que leyera las fichas del personal antes de planificar el menú.
Escuchó la reflexión de Juan sobre cómo el Vicealmirante Joe demostraba que la raza no era una barrera. Asintió levemente para sí mismo, un gesto que se perdió en la inmensidad de su figura. Era una verdad biológica simple. El potencial de un individuo estaba dictado por su entrenamiento y su voluntad, no por su fenotipo. La respuesta de Juan sobre "romper y reconstruir" para hacerse más fuerte también era anatómicamente correcta.
-Así es como crece el músculo y se fortalece el hueso,- murmuró, más para sí mismo que para los demás, mientras daba una calada a su pipa. -Estrés, microdesgarros, y luego... sobrecompensación en la curación. Tu cuerpo entiende el principio, Juan Sebastián. Mi trabajo será asegurar que el 'estrés' no sea catastrófico.
Añadió, con una mirada dirigida al gyojin: -Un escudo se vuelve frágil si es demasiado rígido. Los estiramientos previenen las fracturas por tensión. No los ignores.
El grito de motivación de Akira, seguido por el coro sorprendentemente unánime de los otros reclutas, fue un fenómeno que Develio observó con genuino interés. El joven rubio tenía un carisma natural, una capacidad innata para galvanizar a otros. Era un catalizador social. Develio no se unió al grito. Su apoyo se manifestó de una forma mucho más silenciosa: un largo y lento anillo de humo con aroma a mango que se elevó sobre el grupo como una bendición silenciosa antes de que el viento lo reclamara.
El camino al comedor fue ruidoso y lleno de camaradería. Una vez dentro, el tamaño del lugar apenas se registró para el semigigante. Su atención, como siempre, se centró en la logística. Cientos de reclutas y oficiales. El requerimiento calórico para mantener operativa una fuerza de este tamaño debía ser inmenso. Tomó tres bandejas, apilándolas con una montaña de arroz, pescado y verduras que harían palidecer la ración de una semana para un hombre normal.
Se sentó en la mesa designada para ellos, una mesa reforzada que crujió audiblemente bajo su peso. Y entonces, lo vio. La mirada de pánico cómico en el rostro de Juan Sebastián y rió.-¡Tortortortortor!-Siguió la línea de su visión hasta el plato principal del día. Cangrejo a la parrilla. Develio procesó la información en una fracción de segundo: el tabú, la incomodidad de su amigo, el dilema social.
Mientras la risa de Juan rompía el silencio, Develio actuó. No con palabras. No con bromas. Actuó con la eficiencia silenciosa de un cirujano solucionando un problema.
Lenta y deliberadamente, extendió su enorme brazo. Con una delicadeza que desmentía su tamaño, tomó la bandeja de Juan Sebastián, en la que solo reposaba un triste cuenco de ensalada. Tomó una de sus propias tres bandejas, la que estaba cargada exclusivamente de un gran filete de atún a la plancha y una pila de vegetales al vapor, y la deslizó frente a su amigo con un suave ruido sordo. El añadido fue rápido, silencioso y no dejó lugar a protestas. Fue una solución, no una conversación. El semigigante asintió.-Tu ingesta calórica debe ser superior a las 90 y 200 kcal que posee esa única ensalada, ese filete de atún y esa verdura cocida en esa cantidad es más adecuada con unas 3000 kcal...-Asintió para si mismo.
Finalmente, con el problema resuelto, retiró la pipa de sus labios. La sonrisa ladeada, esa rara manifestación de humor, apareció en su rostro mientras observaba al grupo.
-Un cocinero- retumbó su voz, coincidiendo con la afirmación de Juan. -Sería una mejora logística. Especialmente uno que leyera las fichas del personal antes de planificar el menú.
