08-11-2025, 01:31 PM
Durante un fugaz momento, la presencia de la mink llegó a pasar desapercibida. Los ancianos lograron atraer toda la atención del público y, cuando este se dispersó, las gentes no llegaron a fijarse en la esbelta figura de dos metros y medio que comía apaciblemente su hamburguesa. Esta mink a penas cubierta con una capa a punto de ser abandonada, que escuchaba a los ancianos sin prestarles excesiva atención, empezó a llamar la atención en el momento en el que se acercó al simpático dúo de la tercera edad y se deshizo de la poca ropa que protegía su cuerpo de las miradas ajenas. Los ancianos se giraron boquiabiertos ante lo que estaban viendo. El turista se cayó hacia atrás, profiriendo quejas en voz baja y frotándose el culo, donde se había golpeado, mientras no podía apartar la vista de lo que estaba viendo. Las preguntas de Berry caían como canicas en un vacío insondable. No fue hasta pasados unos segundos de silenciosa vigilia que las canicas llegaron al fondo del abismo y lo golpearon con tal fuerza que el sonido reverberó hasta la superficie. Severino fue el primero en recomponerse. —¿Dónde podría suce...? Pero si ya sucedió, señorita. —El anciano se rascó la prominente calva confuso, pues creía haber relatado los hechos correctamente. —Lo que va a suceder es que van a venir a investigarlo, pero quién sabe cuándo... —Severino miró de reojo a Manolo, que no sólo seguía embobado con la mink, sino que un hilillo de baba empezaba a circular de forma muy indecente por la comisura de sus colgantes y arrugados labios. Severino le dio un codazo y el anciano se sobresaltó. —¡Ay! Quién sabe cuándo vienen estos tontos del Gobierno jejeje. —El comentario le valió otro codazo de su amigo, pues podrían meterse en problemas si hicieran demasiados comentarios de ese tipo. —¡Manolo! —Molesto por la situación, Severino empezaba a desear la vuelta al hogar, aunque su mujer nunca recibía con agradado sus cotilleos —principalmente porque ella siempre estaba mucho mejor informada que él—. El turista por fin se había recuperado de la sorpresa inicial y se había levantado del suelo, aunque todavía miraba de reojo a la mink mientras intentaba prestar atención a la conversación, que parecía que llegaba al final. —Escucha, si quieres saber más ve a preguntar a los sitios donde robaron. Te daré indicaciones. —De su bolsillo trasero, el abuelo sacó un papel medio arrugado y un lápiz. El papel contenía anotaciones de objetos varios, pero era la parte de atrás, que todavía estaba en blanco, la que le interesaba. Apoyándose en la espalda del dócil Manolo, Severino empezó a dibujar un improvisado mapa del área circundante de Water Seven al tiempo que le intentaba explicar a Berry el camino.
—A ver, estamos aquí. Para la tienda del Ergé tienes que ir al norte, por una calle que hace así y luego girando a la derecha en la tercera calle, después del negocio del Ermenegildo, que tiene un hijo muy trabajador de tu edad por cierto...
—Jeje, sí, trabaja muy bien la silla. —Manolo a veces parecía dejar de estar sordo. Severino le echó una mirada de reojo a la muchacha. No se imaginaba al hijo del Ermenegildo con ella. No era tan carismático ni tenía buena mano con las mozas. Haciendo caso omiso del comentario de su amigo, continuó con su explicación.
—Y si prefieres ir a la librería, es al oeste por esta calle. Giras a la izquierda en la segunda y a la derecha en la segunda otra vez. Hay una carnicería al lado, pero no compres ahí, que el dueño es tan animal como su mercancía. —Una vez terminado el complicado plano de la ciudad, Severino se lo entregó a Berry con una sonrisa desdentada. No se entendía muy bien, pero las direcciones estaban escritas con una letra más o menos legible. —Bueno, pues nos vamos que me espera la mujer.
—Verás cuando se entere de la chica tan guapa que nos hemos encontrado, jejeje.
—Manolo no me vengas a joder.
—¿Qué?
Los ancianos se alejaron por una de las calles de la plaza manteniendo una conversación a voces que se perdió en el horizonte. Al lado de Berry, el turista miraba con curiosidad el mapa. El espectáculo había terminado, pero esa mujer... —Bueno... —No tenía nada que decir realmente. Era una persona bastante anodina y no parecía tener buena mano para iniciar conversaciones por su cuenta. Era bajito y más bien rechoncho. Vestía una camisa de manga corta con unos pantalones que le llegaban hasta las pantorrillas y en su cabeza reposaba un sombrero de paja que a penas dejaba ver un poco de pelo negro cayendo por su frente. —Pues me voy yo también, supongo. —Y con esas el turista empezó a alejarse por otra calle distinta a la que tomaron los viejos.
—A ver, estamos aquí. Para la tienda del Ergé tienes que ir al norte, por una calle que hace así y luego girando a la derecha en la tercera calle, después del negocio del Ermenegildo, que tiene un hijo muy trabajador de tu edad por cierto...
—Jeje, sí, trabaja muy bien la silla. —Manolo a veces parecía dejar de estar sordo. Severino le echó una mirada de reojo a la muchacha. No se imaginaba al hijo del Ermenegildo con ella. No era tan carismático ni tenía buena mano con las mozas. Haciendo caso omiso del comentario de su amigo, continuó con su explicación.
—Y si prefieres ir a la librería, es al oeste por esta calle. Giras a la izquierda en la segunda y a la derecha en la segunda otra vez. Hay una carnicería al lado, pero no compres ahí, que el dueño es tan animal como su mercancía. —Una vez terminado el complicado plano de la ciudad, Severino se lo entregó a Berry con una sonrisa desdentada. No se entendía muy bien, pero las direcciones estaban escritas con una letra más o menos legible. —Bueno, pues nos vamos que me espera la mujer.
—Verás cuando se entere de la chica tan guapa que nos hemos encontrado, jejeje.
—Manolo no me vengas a joder.
—¿Qué?
Los ancianos se alejaron por una de las calles de la plaza manteniendo una conversación a voces que se perdió en el horizonte. Al lado de Berry, el turista miraba con curiosidad el mapa. El espectáculo había terminado, pero esa mujer... —Bueno... —No tenía nada que decir realmente. Era una persona bastante anodina y no parecía tener buena mano para iniciar conversaciones por su cuenta. Era bajito y más bien rechoncho. Vestía una camisa de manga corta con unos pantalones que le llegaban hasta las pantorrillas y en su cabeza reposaba un sombrero de paja que a penas dejaba ver un poco de pelo negro cayendo por su frente. —Pues me voy yo también, supongo. —Y con esas el turista empezó a alejarse por otra calle distinta a la que tomaron los viejos.
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