10-11-2025, 12:41 PM
Con perspicacia, Berry extendió su haki de observación para percibir el espíritu del supuesto turista en un radio más o menos corto. Lo primero que le llamó la atención del sujeto fue su fuerza, siendo más o menos equivalente a la de ella misma. Su aura era de un color azul claro, casi gris pálido, y brillaba con la fuerza que evidenciaba su potencial. Los ancianos, por su parte, si bien tenían una vitalidad superior a la de otras personas en otras islas del Grand Line, parecían humanos perfectamente normales. Se alteraron un poco, aunque no visiblemente, cuando Berry sugirió que quizás ella debía investigar, pero esta alteración no fue demasiado grande y es probable que no se lo creyeran. El turista se esfumó rápido sin hacer caso de las provocaciones de Berry, aunque quizás la mink volviera a encontrárselo pronto.
Así pues, Berry emprendió su marcha hacia el norte, en dirección al negocio de este tal Ergé del que tanto se habla. Durante su camino, la verdad es que la ciudad seguía funcionando como si ninguna desgracia hubiera acontecido. Los negocios se desarrollaban con normalidad y la gente mantenía los ánimos bien altos. De vez en cuando le lanzaban una mirada a la mink, porque medir dos metros y medio e ir casi desnuda por la calle suele llamar la atención de unas y otras personas. Alguna abuela se tomó la molestia de darle un golpe con el bolso a la muchacha para increparle que era una especie de pelandrusca, lo cual debía de ser un shock para Berry, porque ella estaba segura de que es evidente que es una mink zorra. Sin mayores contratiempos, Berry llegó al negocio que, supuestamente, estaba próximo al de Ergé: la tienda de Ermenegildo. Se trataba de un establecimiento modesto, una carnicería como otra cualquiera, y dentro recibió a la muchacha un señor calvo, barbudo y cercano a la obesidad. Tenía una prominente nariz y, a juzgar por las risas de los clientes que en ese momento se encontraban en el local, parecía muy gracioso. La pregunta de la mink interrumpió brevemente las risas del local. El carnicero la miró de arriba abajo con la boca entreabierta, incapaz de creerse lo que estaba viendo. Se repuso más rápido que otras personas, eso sí. —Aaaah el bueno de Fabrizio. Pobre muchacho. Debieron de ser unos zagales traviesos o algo. Le rompieron la ventana trasera y debieron entrar, pero a parte del estropicio general, los marines no observaron que se hubieran llevado nada del inventario, aunque Fabi estaba completamente desquiciado, claro. Si quieres ir a verlo por ti misma, es esa casa con forma rara de al lado. Salúdale de mi parte jejeje. —Y como si la mink nunca hubiera interrumpido nada, la conversación se reinició con breves pausas para aclarar los pedidos de los clientes antes de proceder con los cuchillos y la carne. Justo antes de la marcha de la muchacha, el hijo del dueño salió del almacén con un par de cajas que parecían contener producto cárnico congelado. No era mucho más atractivo que su señor padre y desde luego parecía mucho menos carismático. Nada más ver a la mink se sobresaltó y se volvió al almacén con las cajas ganándose un par de insultos de su padre y generando unas buenas carcajadas en el local.
Tal y como indicó el bueno de Ermenegildo, el local de Fabrizio Ergé estaba muy cercano a la carnicería. Era difícil pasarlo por alto, porque se trataba de una casa con forma de huevo bastante grande. Estaba decorada con hilos dorados que la envolvían como si el huevo estuviera dentro de una red y estaba también pintada con colores muy vivos y deslumbrantes. La puerta delantera se encontraba abierta en ese momento, aunque no salía ningún sonido de su interior.
Así pues, Berry emprendió su marcha hacia el norte, en dirección al negocio de este tal Ergé del que tanto se habla. Durante su camino, la verdad es que la ciudad seguía funcionando como si ninguna desgracia hubiera acontecido. Los negocios se desarrollaban con normalidad y la gente mantenía los ánimos bien altos. De vez en cuando le lanzaban una mirada a la mink, porque medir dos metros y medio e ir casi desnuda por la calle suele llamar la atención de unas y otras personas. Alguna abuela se tomó la molestia de darle un golpe con el bolso a la muchacha para increparle que era una especie de pelandrusca, lo cual debía de ser un shock para Berry, porque ella estaba segura de que es evidente que es una mink zorra. Sin mayores contratiempos, Berry llegó al negocio que, supuestamente, estaba próximo al de Ergé: la tienda de Ermenegildo. Se trataba de un establecimiento modesto, una carnicería como otra cualquiera, y dentro recibió a la muchacha un señor calvo, barbudo y cercano a la obesidad. Tenía una prominente nariz y, a juzgar por las risas de los clientes que en ese momento se encontraban en el local, parecía muy gracioso. La pregunta de la mink interrumpió brevemente las risas del local. El carnicero la miró de arriba abajo con la boca entreabierta, incapaz de creerse lo que estaba viendo. Se repuso más rápido que otras personas, eso sí. —Aaaah el bueno de Fabrizio. Pobre muchacho. Debieron de ser unos zagales traviesos o algo. Le rompieron la ventana trasera y debieron entrar, pero a parte del estropicio general, los marines no observaron que se hubieran llevado nada del inventario, aunque Fabi estaba completamente desquiciado, claro. Si quieres ir a verlo por ti misma, es esa casa con forma rara de al lado. Salúdale de mi parte jejeje. —Y como si la mink nunca hubiera interrumpido nada, la conversación se reinició con breves pausas para aclarar los pedidos de los clientes antes de proceder con los cuchillos y la carne. Justo antes de la marcha de la muchacha, el hijo del dueño salió del almacén con un par de cajas que parecían contener producto cárnico congelado. No era mucho más atractivo que su señor padre y desde luego parecía mucho menos carismático. Nada más ver a la mink se sobresaltó y se volvió al almacén con las cajas ganándose un par de insultos de su padre y generando unas buenas carcajadas en el local.
Tal y como indicó el bueno de Ermenegildo, el local de Fabrizio Ergé estaba muy cercano a la carnicería. Era difícil pasarlo por alto, porque se trataba de una casa con forma de huevo bastante grande. Estaba decorada con hilos dorados que la envolvían como si el huevo estuviera dentro de una red y estaba también pintada con colores muy vivos y deslumbrantes. La puerta delantera se encontraba abierta en ese momento, aunque no salía ningún sonido de su interior.
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