10-11-2025, 05:16 PM
(Última modificación: 10-11-2025, 05:18 PM por Stroud Nanashi.)
Los vasos, ceniceros y jarras que habían volado contra Iggy se partieron en mil pedazos, rompiéndose al impactar contra la palanca que este había empleado para desviarlos. Mientras el águila salía rápidamente de la terraza, adentrándose en la densidad selvática de Anozama, manchurrones de sangre iban salpicando el suelo de madera y las mesas de mimbre, en un espectáculo horripilante. Los primeros aún estaban convencidos de que serían capaces de vencerlo y de doblegarlo, ni que fuera por la superioridad numérica de la que gozaban. Sin embargo, a medida que los iba tumbando, el grupo comandado por Pran empezaba a darse cuenta de que la situación no les era, ni mucho menos, favorable. De alguna manera, aquel tipo estrafalario estaba siendo capaz de lidiar con toda la banda con relativa sencillez, ¿cómo era posible? Crujidos, quejidos, llantos, fracturas, dislocaciones... Poco a poco, todos fueron sucumbiendo, uno tras otro, ante Iggy, quien empezaba a inclinar la balanza a su favor.
Iggy, jadeante, se apoyó sobre uno de los postes que daban a las escaleritas de la terraza, y que actuaban como indicador de la salida, sangre goteando por su cara y por la primitiva palanca de la que se había servido en aquel exquisito ejercicio de violencia absolutamente desproporcionada. Se había hecho el silencio más absoluto en el New Piano. Hasta los pájaros de la selva parecían haber enmudecido ante el olor de la sangre. Pocas veces se había visto algo como aquello en aquella terraza. Había habido violencia, sí; alguna que otra paliza, más de una amenaza vacía, algún navajazo, alguna pelea a puño limpio, pero, ¿una masacre así? ¿Esos niveles de despiporre anatómico? ¿Ese derramamiento de sangre, ese desprecio absoluto por la vida ajena? No, señor. Eso no se había visto allí.
"E-eres un payaso," resondió repentinamente Pran, pese a estar visiblemente acobardado ante lo que acababa de presenciar, "un payaso y un sádico. ¿Cómo te atreves...?," inquirió, aunque le tembló un poco la voz. Se recompuso. "¿Cómo te atreves a ir de justiciero después de hacer esto?," preguntó, haciendo un ademán con la mano hacia todos los cuerpos que se apilaban entre él e Iggy. "No tienes ni idea de quiénes eran, ni de por qué han dado la vida," afirmó, negando con la cabeza, "y no tienes ni idea de por qué trabajamos tampoco. Creo que eres tú el que no entiende nada, payasete," aseguró con desprecio. "Y sí, claro que el Corazón lo merece. ¡Imagínate tener que seguir trabajando por esos sueldos de miseria que tan mal te parecen! ¡Es nuestra puerta a la libertad, imbécil!"
Apretando los labios, como pensándose si continuar después de aquella misteriosa afirmación y decir algo más, se detuvo en seco, y agarró la cajita que yacía sobre la barra del New Piano. Se la guardó en el bolsillo del pantalón de lino, furioso, y permaneció en silencio, observando a nuestro sádico protagonista por unos segundos. "Ya volveremos a vernos, Iggy," afirmó, antes de salir, furioso, y bajar por las escaleras de la terraza, desapareciendo entre la vegetación. ¿En qué momento se había presentado el pelimorado?
Iggy se quedó solo en el New Piano, con una montaña de cadáveres, palanca en mano. En el exterior del local, todo parecía volver a la vida, y empezaron a oírse murmullos y pasos alrededor del local. Algún capataz local, presumiblemente del mismo tipo que había mandado a sus matones contra Pran, venía de camino al New Piano, y no venía solo. Si Iggy quería salir de allí, tendría que ser cuidadoso. De detrás de la barra volvió a salir el dueño, que suspiró en silencio, contemplando la escena, y encendió un cigarrillo. Sin decir nada, se colocó sus gafas de ver, sacó una hoja de papel y empezó a hacer cuentas de algún tipo. "Lárguese de aquí, antes de que vengan las autoridades," dijo sin despegar la vista del papel, haciendo un gesto con el pulgar hacia el exterior, "o algo peor."
Iggy, jadeante, se apoyó sobre uno de los postes que daban a las escaleritas de la terraza, y que actuaban como indicador de la salida, sangre goteando por su cara y por la primitiva palanca de la que se había servido en aquel exquisito ejercicio de violencia absolutamente desproporcionada. Se había hecho el silencio más absoluto en el New Piano. Hasta los pájaros de la selva parecían haber enmudecido ante el olor de la sangre. Pocas veces se había visto algo como aquello en aquella terraza. Había habido violencia, sí; alguna que otra paliza, más de una amenaza vacía, algún navajazo, alguna pelea a puño limpio, pero, ¿una masacre así? ¿Esos niveles de despiporre anatómico? ¿Ese derramamiento de sangre, ese desprecio absoluto por la vida ajena? No, señor. Eso no se había visto allí.
"E-eres un payaso," resondió repentinamente Pran, pese a estar visiblemente acobardado ante lo que acababa de presenciar, "un payaso y un sádico. ¿Cómo te atreves...?," inquirió, aunque le tembló un poco la voz. Se recompuso. "¿Cómo te atreves a ir de justiciero después de hacer esto?," preguntó, haciendo un ademán con la mano hacia todos los cuerpos que se apilaban entre él e Iggy. "No tienes ni idea de quiénes eran, ni de por qué han dado la vida," afirmó, negando con la cabeza, "y no tienes ni idea de por qué trabajamos tampoco. Creo que eres tú el que no entiende nada, payasete," aseguró con desprecio. "Y sí, claro que el Corazón lo merece. ¡Imagínate tener que seguir trabajando por esos sueldos de miseria que tan mal te parecen! ¡Es nuestra puerta a la libertad, imbécil!"
Apretando los labios, como pensándose si continuar después de aquella misteriosa afirmación y decir algo más, se detuvo en seco, y agarró la cajita que yacía sobre la barra del New Piano. Se la guardó en el bolsillo del pantalón de lino, furioso, y permaneció en silencio, observando a nuestro sádico protagonista por unos segundos. "Ya volveremos a vernos, Iggy," afirmó, antes de salir, furioso, y bajar por las escaleras de la terraza, desapareciendo entre la vegetación. ¿En qué momento se había presentado el pelimorado?
Iggy se quedó solo en el New Piano, con una montaña de cadáveres, palanca en mano. En el exterior del local, todo parecía volver a la vida, y empezaron a oírse murmullos y pasos alrededor del local. Algún capataz local, presumiblemente del mismo tipo que había mandado a sus matones contra Pran, venía de camino al New Piano, y no venía solo. Si Iggy quería salir de allí, tendría que ser cuidadoso. De detrás de la barra volvió a salir el dueño, que suspiró en silencio, contemplando la escena, y encendió un cigarrillo. Sin decir nada, se colocó sus gafas de ver, sacó una hoja de papel y empezó a hacer cuentas de algún tipo. "Lárguese de aquí, antes de que vengan las autoridades," dijo sin despegar la vista del papel, haciendo un gesto con el pulgar hacia el exterior, "o algo peor."
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