[Pasado] Hacia la libertad
#3
El sonido del agua cambió.
No fue el vaivén usual del mar ni el crujido de las maderas del embarcadero; fue algo más abrupto, un chapoteo con intención. Bajé la mirada justo a tiempo para ver cómo el reflejo de la superficie se partía en dos y algo emergía del mar.

Por un momento creí que el calor me estaba jugando una mala pasada. Pero no —había alguien ahí. Una figura menuda, perlada por el reflejo del sol, que me observaba con una mezcla de sorpresa y enojo.

—¿Qué demonios…? —susurré entre dientes.

La silueta se definió un poco más. No era humana, o no del todo. El cabello, tan blanco que competía con la espuma; la piel, pálida como el interior de una concha; y esa expresión… una indignación tan sincera que rozaba lo cómico.

No dijo nada, pero bastó la mirada. Esa mirada de quien acaba de ver cómo alguien pisa el jardín que ha cuidado toda una vida.

Seguí la dirección de sus ojos y entonces lo entendí.

El cubo.

Las conchas.

Ah.

Me rasqué la nuca, incómodo, mientras el aire marino se me enredaba en el pelaje. No tenía excusa decente, más allá de mi impulso de lanzarlas al mar como quien devuelve algo a su origen. Pero por la forma en que me miraba, aquello debía equivaler a un sacrilegio.

—Supongo que eran tuyas —murmuré, sin estar seguro de si me escucharía.

Silencio. Solo el rumor del agua.

Me crucé de brazos y respiré hondo. No era habitual que alguien me sorprendiera en mitad de mis desvaríos poéticos, y menos una criatura salida del océano con rostro de pocos amigos.

Intenté parecer sereno, aunque la situación bordeaba lo absurdo.

Allí estaba yo, un ladrón vestido de anticuario, disculpándome mentalmente con… bueno, con quien fuera.

El viento trajo un olor salado, limpio, y me di cuenta de que la figura seguía ahí, quieta, como si esperara una explicación.

—No pretendía ofender —dije finalmente, lo bastante alto para que el mar no se tragara mis palabras—. Pensé que estaban abandonadas.

Hubo un leve cambio en su expresión, algo entre la sorpresa y la duda. No me respondió, pero tampoco se marchó. Y eso, viniendo de alguien con acceso ilimitado al océano, ya era algo.

Me senté de nuevo sobre el muelle, dejando que mis piernas colgaran sobre el vacío. No sabía si aquello era prudente, pero los modales se me imponían incluso en los momentos menos oportunos.

—No suelo tener buena relación con el mar —añadí, más para llenar el silencio que otra cosa—. Siempre acaba devolviéndome lo que intento olvidar.

Ella ladeó ligeramente la cabeza, aunque sin perder la seriedad. Me observaba con atención, como si midiera la verdad de mis palabras. No supe si por curiosidad o simple desconcierto.

La luz del sol comenzaba a inclinarse, dorando las tablas del muelle y tiñendo de cobre el reflejo de las olas. El ambiente tenía esa calma engañosa que precede al atardecer.

Yo, mientras tanto, me sentía ridículo. Un adulto, hablando con una criatura marina por un puñado de conchas. Pero había algo en todo aquello que me impedía irme. Tal vez era el modo en que ella defendía algo tan simple, tan nimio, con tanta convicción.

Un pensamiento incómodo me cruzó la mente: quizás eso era lo que yo había perdido hacía tiempo. Inspiré despacio, evitando el contacto directo con el aire húmedo. Siempre he desconfiado de los lugares donde el agua se estanca o se agita demasiado; la humedad trae enfermedades, y las enfermedades, compañía no deseada. Me limpié las manos con un pañuelo antes de tocar de nuevo el borde del muelle. Viejas manías. Al mirar al frente, la criatura seguía allí, todavía observándome. No había hostilidad en su expresión, solo una especie de escrutinio tranquilo.
—Eran hermosas, por cierto —dije al fin, sin apartar la vista del horizonte—. Las conchas. Supongo que no las merecía.
El mar respondió con un leve oleaje, casi un suspiro.
Me puse en pie, sacudiendo el polvo de mis pantalones. No había mucho más que pudiera decir sin sonar más culpable de lo que ya me sentía. Pero antes de marcharme, miré hacia el cubo vacío. Una sola concha había quedado a un lado, olvidada. La recogí con cuidado, sin llegar a tocarla con los dedos desnudos, y la dejé sobre el borde del muelle, a medio camino entre el mar y la tierra.
—Ahí tienes una de vuelta —murmuré.
No esperé respuesta. Simplemente giré sobre mis talones y empecé a andar de regreso al paseo, mientras el sonido de las olas me seguía, suave, insistente. Durante unos metros creí oír movimiento en el agua, un chapoteo breve, como si alguien hubiese recogido lo que dejé atrás. No miré. No hacía falta.

Ya había comprendido que, a veces, incluso los ladrones pueden aprender algo sobre el valor de lo que tiran al mar.
Emme's Codes

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[Pasado] Hacia la libertad - por Varoganchin - 06-10-2025, 09:58 AM
RE: [Pasado] Hacia la libertad - por Melina - 06-10-2025, 06:23 PM
RE: [Pasado] Hacia la libertad - por Varoganchin - 11-11-2025, 08:41 AM

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