11-11-2025, 09:22 PM
Por fin habían llegado al comedor. Akira no prendía engañar a nadie, tenía hambre, estaba ansioso por llegar. Apenas había tenido tiempo de desayunar por tener que recoger a sus compañeros al puerto y el desayuno era la comida más importante el día. Huevos, bacon, jamón, queso, tortitas, nutella, tostadas, un cafelito, un zumo de naranja, no pedía mucho… Poco era.
El camino hacía el comedor fue ruidoso, por fin conseguía sentirse la camaradería entre los nuevos reclutas, y qué mejor que el momento de comer. Ahí, quisieran o no, iban a tener que sentarse juntos, y con un plato de comida delante era cuando más amigos se conseguía hacer. Las mesas y las sillas agrupadas estaban casi llenas, quedaba hueco para ellos, y pronto se pusieron en la fila para recoger la bandeja con su menú del día. La parte buena era que se podía repetir tantas veces se quisiera, siempre y cuando luego el entrenamiento dejara claro que las capacidades físicas de cada uno no se habían visto mermadas por comer en exceso.
Akira se juntó con Juan y con Develio, le habían caído bien y tenía interés en seguir conociéndolos. Y dejando claro cuál iba a ser su sitio, se levanto para coger su bandeja. Había arroz, pescado y verduras. Se puso un poco de todo, a excepción del plato principal: cangrejo. Todavía no había visto la cara de su compañero, pero una vena empática le impidió ponerse en el plato, a pesar de gustarle y ser una de sus comidas favoritas. ¿Tendría que olvidarse de comer cangrejo para el resto de su vida? Si a cambio de ese sacrificio ganaba un amigo para toda la vida, estaba dispuesto.
Regresó a la mesa con sus compañeros y ahí sí que diferenció la mirada traumatizada de Juan—. Tchakikikikiyah, estoy de acuerdo. Esto ha sido demasiado violento. Justo lo decimos, justo pasa —se rió, dando su completo apoyo a la sugerencia de su compañero crustáceo, quien le siguió con una carcajada. Los tres estaban casi llorando de la risa. Por un momento Akira no imaginaba que iba a ser una situación tan cómica, cualquier otro gyojin hubiera montado un alboroto lanzando la bandeja por los aires. Pronto el enorme brazo de Develio colocó en la bandeja de Juan un gran filete de atún a la plancha y una pila de vegetales al vapor.
—¿Y a nuestro cocinero le prohibiremos cocinar cangrejo? ¿O si nos quedamos varados en medio del mar Juan podría ser nuestra comida de emergencia? ¡Es broma! Cangrejo prohibido —hizo un símbolo con sus brazos en cruz a sus compañeros con el tenedor aún en la boca. Un cocinero sería ideal. La comida del cuartel no era nada especial. A fin de cuentas, era comida que se hacía para decenas de soldados. Era comestible, les aportaba los nutrientes y calorías que necesitaban, pero no era un sabor especialmente cuidado. No era un catering de boda, era más bien como el comedor de un colegio.
—Y bueno chicos, a parte de vuestros motivos para uniros a la Marina, ¿tenéis algún otro sueño por cumplir? —lanzó la pregunta a aquellos dos, quería conocerlos mejor. Ya sabía que Juan quería ser un héroe y que Develio veía a los piratas como una enfermedad a la que hay que administrarle una cura, pero quería saber si tenían algún objetivo más allá de conseguir el bien e impartir justicia. Alguna meta que no tuviera que ver con el resto del mundo, sino con ellos mismos—. Que no os de vergüenza, aquí ya somos hermanos —dijo mientras les regalaba una amplia sonrisa, asegurándose primero de no tener paluegos entre los dientes, que sino menuda vergüenza tener un trozo de lechuga ahí enganchado.
El camino hacía el comedor fue ruidoso, por fin conseguía sentirse la camaradería entre los nuevos reclutas, y qué mejor que el momento de comer. Ahí, quisieran o no, iban a tener que sentarse juntos, y con un plato de comida delante era cuando más amigos se conseguía hacer. Las mesas y las sillas agrupadas estaban casi llenas, quedaba hueco para ellos, y pronto se pusieron en la fila para recoger la bandeja con su menú del día. La parte buena era que se podía repetir tantas veces se quisiera, siempre y cuando luego el entrenamiento dejara claro que las capacidades físicas de cada uno no se habían visto mermadas por comer en exceso.
Akira se juntó con Juan y con Develio, le habían caído bien y tenía interés en seguir conociéndolos. Y dejando claro cuál iba a ser su sitio, se levanto para coger su bandeja. Había arroz, pescado y verduras. Se puso un poco de todo, a excepción del plato principal: cangrejo. Todavía no había visto la cara de su compañero, pero una vena empática le impidió ponerse en el plato, a pesar de gustarle y ser una de sus comidas favoritas. ¿Tendría que olvidarse de comer cangrejo para el resto de su vida? Si a cambio de ese sacrificio ganaba un amigo para toda la vida, estaba dispuesto.
Regresó a la mesa con sus compañeros y ahí sí que diferenció la mirada traumatizada de Juan—. Tchakikikikiyah, estoy de acuerdo. Esto ha sido demasiado violento. Justo lo decimos, justo pasa —se rió, dando su completo apoyo a la sugerencia de su compañero crustáceo, quien le siguió con una carcajada. Los tres estaban casi llorando de la risa. Por un momento Akira no imaginaba que iba a ser una situación tan cómica, cualquier otro gyojin hubiera montado un alboroto lanzando la bandeja por los aires. Pronto el enorme brazo de Develio colocó en la bandeja de Juan un gran filete de atún a la plancha y una pila de vegetales al vapor.
—¿Y a nuestro cocinero le prohibiremos cocinar cangrejo? ¿O si nos quedamos varados en medio del mar Juan podría ser nuestra comida de emergencia? ¡Es broma! Cangrejo prohibido —hizo un símbolo con sus brazos en cruz a sus compañeros con el tenedor aún en la boca. Un cocinero sería ideal. La comida del cuartel no era nada especial. A fin de cuentas, era comida que se hacía para decenas de soldados. Era comestible, les aportaba los nutrientes y calorías que necesitaban, pero no era un sabor especialmente cuidado. No era un catering de boda, era más bien como el comedor de un colegio.
—Y bueno chicos, a parte de vuestros motivos para uniros a la Marina, ¿tenéis algún otro sueño por cumplir? —lanzó la pregunta a aquellos dos, quería conocerlos mejor. Ya sabía que Juan quería ser un héroe y que Develio veía a los piratas como una enfermedad a la que hay que administrarle una cura, pero quería saber si tenían algún objetivo más allá de conseguir el bien e impartir justicia. Alguna meta que no tuviera que ver con el resto del mundo, sino con ellos mismos—. Que no os de vergüenza, aquí ya somos hermanos —dijo mientras les regalaba una amplia sonrisa, asegurándose primero de no tener paluegos entre los dientes, que sino menuda vergüenza tener un trozo de lechuga ahí enganchado.

