12-11-2025, 11:55 AM
Acompañado únicamente por los cantos de los pájaros y las miradas de los incontables animales que vivían en las copas de los árboles, Iggy continuó su camino, reflexionando sobre el significado de aquella piedra, el Corazón, y sobre lo más importante: el provecho que él pudiese sacar de todo aquello. A medida que se acercó al campamento y se intentó ocultar entre el follaje, los guardias del pequeño campamento de S.B.N. continuaban su labor, cada uno vigilando una esquina. Uno de ellos, el más próximo a Iggy, silbaba a la sombra de su sombrero una pegadiza canción, aunque era evidente que solo la recordaba a cachos, quedando en silencio durante las partes que no recordaba. El otro, el más alejado, apoyaba su cabeza sobre la empuñadura de su machete, que se mantenía en vertical sobre el suelo. Desde lejos, era difícil decir si estaba dando cabezadas, dormitando bajo el sol de la jungla. Lo que sí era evidente, por otro lado, era que aquello, que había empezado como una vulgar pelea de bar, había guiado a Iggy a meterse en algo más grande, fuese lo que fuese. Solo el destino, eso sí, determinaría si para bien o para mal.
¿Era posible entrar en aquel campamento, pasar inadvertidamente y hacer lo que fuese que quisiera hacer Iggy en el río, en la intersección a la que señalaban las cuatro rocas? Tal vez, pero, con toda probabilidad, requeriría un plan algo más elaborado que simplemente tirarse a la piscina de cabeza. A su alrededor, el rumor del río se unía a los cantos de mil pájaros de todo tipo que poblaban la zona, y al de quién sabe qué extraños insectos. La humedad ambiental era aún mayor que en el resto de Samba, e incluso aún mayor que en el resto de la selva Anozama, y desde Iggy hasta la misma superficie de las rocas y las plantas, todo estaba cubierto por gotículas de agua que, como pequeñas perlas de cristal, brillaban bajo la luz del sol. Tal vez fuese eso lo que causase que, al dirigirse hacia el campamento finalmente, Iggy resbalase y se desplomase sobre las plantas que lo rodeaban.
Ambos guardias giraron la cabeza hacia su posición, enarbolando sus machetes. Eran tipos grandes, y era evidente que no se les escapaba nada: hacía rato que habían reparado en la presencia del estrafalario Iggy. Mientras nuestro protagonista acechaba el campamento, los silbidos que daba el guardia de aquel lado habían servido como comunicación en código, advirtiendo a terceros de la presencia del joven pelimorado. Desde que había llegado a aquel sitio, más de un par de ojos se había percatado de sus intenciones. Sin embargo, nada había preparado al guardia para la torpeza de Iggy, que lo había pillado completamente por sorpresa. Casi perplejo, y colocándose el machete al hombro, aquel hombre enorme escuchó en impertérrito silencio las palabras del intruso. Lo cierto es que jamás se hubiera creído semejante montón de gilipolleces, y mucho menos de alguien que andaba intentando esconderse. Sin embargo, aquel chico parecía tan pasado de vueltas, la historia sonaba tan estúpida, su aspecto era tan estrafalario, y todo estaba tan absolutamente fuera de lugar, que había algo creíble en aquello.
Iggy tuvo la impresión de que aquellos ojos no eran los únicos sobre su persona. "Venga, anda," se limitó a decir el guardia, en una voz áspera, "tirando." Pese a haber encontrado divertida la situación en su fuero interno, resultaba evidente que no era el tipo de persona que se anduviese con juegos en horario laboral. Hizo un gesto con el machete, aún envainado en su tosca funda de piel, apuntando hacia el sur. Aquel era, en efecto, el camino de vuelta a la costa, hacia las zonas más ricas y pobladas del Reino de Samba.
La pequeña aventura selvática de Iggy terminaba, por el momento. Poco se imaginaba nuestro protagonista de lo que vendría en el futuro.
¿Era posible entrar en aquel campamento, pasar inadvertidamente y hacer lo que fuese que quisiera hacer Iggy en el río, en la intersección a la que señalaban las cuatro rocas? Tal vez, pero, con toda probabilidad, requeriría un plan algo más elaborado que simplemente tirarse a la piscina de cabeza. A su alrededor, el rumor del río se unía a los cantos de mil pájaros de todo tipo que poblaban la zona, y al de quién sabe qué extraños insectos. La humedad ambiental era aún mayor que en el resto de Samba, e incluso aún mayor que en el resto de la selva Anozama, y desde Iggy hasta la misma superficie de las rocas y las plantas, todo estaba cubierto por gotículas de agua que, como pequeñas perlas de cristal, brillaban bajo la luz del sol. Tal vez fuese eso lo que causase que, al dirigirse hacia el campamento finalmente, Iggy resbalase y se desplomase sobre las plantas que lo rodeaban.
Ambos guardias giraron la cabeza hacia su posición, enarbolando sus machetes. Eran tipos grandes, y era evidente que no se les escapaba nada: hacía rato que habían reparado en la presencia del estrafalario Iggy. Mientras nuestro protagonista acechaba el campamento, los silbidos que daba el guardia de aquel lado habían servido como comunicación en código, advirtiendo a terceros de la presencia del joven pelimorado. Desde que había llegado a aquel sitio, más de un par de ojos se había percatado de sus intenciones. Sin embargo, nada había preparado al guardia para la torpeza de Iggy, que lo había pillado completamente por sorpresa. Casi perplejo, y colocándose el machete al hombro, aquel hombre enorme escuchó en impertérrito silencio las palabras del intruso. Lo cierto es que jamás se hubiera creído semejante montón de gilipolleces, y mucho menos de alguien que andaba intentando esconderse. Sin embargo, aquel chico parecía tan pasado de vueltas, la historia sonaba tan estúpida, su aspecto era tan estrafalario, y todo estaba tan absolutamente fuera de lugar, que había algo creíble en aquello.
Iggy tuvo la impresión de que aquellos ojos no eran los únicos sobre su persona. "Venga, anda," se limitó a decir el guardia, en una voz áspera, "tirando." Pese a haber encontrado divertida la situación en su fuero interno, resultaba evidente que no era el tipo de persona que se anduviese con juegos en horario laboral. Hizo un gesto con el machete, aún envainado en su tosca funda de piel, apuntando hacia el sur. Aquel era, en efecto, el camino de vuelta a la costa, hacia las zonas más ricas y pobladas del Reino de Samba.
La pequeña aventura selvática de Iggy terminaba, por el momento. Poco se imaginaba nuestro protagonista de lo que vendría en el futuro.
Off

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