El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.]
#1
Día 17 de Verano, año 16

Era justo ese breve instante del día —ese que el universo parece guardar en un bolsillo secreto para que jamás lo sientas— en que el sol, rey soberano de todas las criaturas, alcanza su cénit.

Sí, ya sabes de lo que hablo. De ese punto efímero en el día en que las sombras —esas pobres criaturas que sin la ausencia del rey jamás vivirían— desaparecen bajo el peso mismo de aquello que las engendra, como si la materia, en un acto de crueldad cósmica, les recordara que sin sol no serían nada.

Un castigo excesivo, si me preguntas, querido lector. Porque si las sombras jamás han obedecido ni a los dioses —sino que han danzado a su antojo desde el principio de los tiempos—, ¿por qué habría de pagar la pobre oharaniense por su insolencia?

Por ventura, existen hermanos más piadosos en la naturaleza, pues el tiempo —¡ah, esa entidad caprichosa!— se mostraba benévolo con las gentes de Sorbet gracias, o eso creía la foránea, a los dioses menores.
Y es que, al amar al hombre, portaban vientos del norte en días como aquel, cuando el astro rey castigaba con su abrasador beso.
Y sí, aquel día, los dioses habían decidido ser amables; lo suficiente como para que la brisa jugueteara entre los transeúntes, obsequiándoles caricias frescas, tan raras como sonrisas sinceras en un día de mercado.

Era, por así decirlo, el momento exacto en medio de un día perfecto.

O al menos eso pensaba la Bai que, sentada al borde del muro de la fuente, observaba el flujo de la gente con apacible calma.
Ahí estaba, cual espectadora de una obra demasiado absurda para tomarse en serio, pero imposible de abandonar.
Seguía con la mirada el desfile humano mientras sus dedos largos y delgados jugaban con la fruta que pronto iba a probar.

Le dio un bocado.
El zumo empapó sus papilas con una oleada cítrica, y su rostro se torció en un gesto entre sorpresa y resignación.
Demasiado ácida, pensó, dejando la fruta de nuevo en el cesto de mimbre.

Unos niños cruzaron corriendo frente a ella, seguidos por un perro que parecía creerse guardián de ellos.

Un par de gotas de sudor le recorrieron la nuca y Mudai, sin pensárselo, apartó el cabello para dejarlo respirar.
Fue entonces cuando lo vio: un joven cargando mercancía, de paso firme y mirada concentrada.
Intentó seguirlo un instante más, analizándolo, tal y como había hecho con muchos otros, pero el ladrido del perro la distrajo.

Era un día tranquilo.
Demasiado tranquilo.

Y la improbabilidad —esa diosa traviesa que no necesita culto— suele manifestarse precisamente cuando uno deja de prestarle atención.

Piénsalo, lector: ¿qué probabilidad hay de que la persona que ves al mediodía vuelva a cruzarse contigo?
Si lo calculas, descubrirás que es más fácil que toque la lotería.
Y no me refiero a que te toque sino a que le toque a alguien.
Pues bien, en esta gran rifa que es la vida, Bai había adquirido, sin saberlo, varios boletos para encontrarse con aquel joven.

Diríase incluso que dos fuerzas cósmicas habían firmado un pacto en algún rincón del firmamento para asegurarse de que así fuera.

Porque acontece que, tras distraerse con el perro y decidir que no probaría más de aquella fruta, Bai se dispondía a regresar a la posada donde la esperaba un plato caliente.
Mas, como bien sabemos, el infortunio y la probabilidad son viejos aliados, y aquel día conspiraban con especial entusiasmo para que eso no ocurriera.
Y es que caminaba cruzando la plaza con la languidez de quien no es esperado en ninguna parte, cuando —de la nada— un perro apareció. Bai tropezó, se tambaleó  y, en el proceso, golpeó sin querer a uno de los infantes, que estalló en llanto inmediato.

El niño lloró, sus amigos acudieron en su defensa, y la que no sabía hablar se puso nerviosa.
No quería parecer la villana de la escena —y, en rigor, no lo era—, pero su altura, y porte que cargaba, bastaban para intimidar a la pequeña pandilla.

Por fortuna —o quizá por simple terquedad—, la joven era de pensamiento rápido.
Y pronto concluyó que lo más sensato sería ofrecerles lo que llevaba consigo, a modo de improvisada bandera blanca.

Y he aquí el punto exacto donde, contra toda lógica y movidos por manos invisibles, dos extraños estaban destinados a coincidir. Aquel acto diminuto, casi insignificante, bastó para empujarla de nuevo hacia el mercado.
Pero el destino, juguetón como siempre, tenía otros planes.
Pues, sin embargo, como suele pasar cuando uno se cree más listo que las calles, Bai tomó un desvío estratégico que, en lugar de acortar camino, la llevó tras un aroma irresistible.
Uno tan delicioso y familiar que por un instante olvidó adónde iba… y recordó, con cierta ternura, la cocina de su madre.

Por eso, al final, se encontró frente a un pequeño restaurante, de pie, observando cómo el aire traía y llevaba aquel aroma irresistible.
Sí, quería probar el manjar, claro está, solo que no tenía la menor idea de cómo hacerlo porque, al fin de cuentas, no tenía cómo preguntar.
  Responder


Mensajes en este tema
El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - por Bai Mudan - 13-11-2025, 10:11 PM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)