19-11-2025, 12:37 AM
El calor golpeaba con la misma fuerza que un incendio, o al menos así lo sentía él. El joven de ojos celestes recorría las calles del mercado con normalidad, parando en algunos puestos, preguntando precios, comprando algunas cosas, volviendo a revisar la lista que llevaba en el bolsillo de su abrigo y dirigiéndose a otros puestos.
Si, leyeron bien, un abrigo, en pleno verano. Tampoco es posible culparlo al completo por estar sudando más que un cerdo, incluso si fue él mismo quien decidió vestir eso sabiendo que se encontraba en pleno verano. Era la única posesión importante que tenía, el único recuerdo de unas personas, y una tragedia, que golpearon su corazón hace tantos años.
Y tras tanto tiempo no podía desprenderse de ese recuerdo aún.
Sus ojos recorrieron el lugar, revisando una última vez y asegurándose de que no olvidaba nada, encontrando con su vista a una persona que llamó su atención. Una mujer de altura considerable, comparándola con los puestos de venta cercanos, con un cabello bicolor. Su piel parecía bronceada, vistiendo ropa bastante calurosa, incluso una chaqueta que el joven supuso que sería de cuero (al menos no era el único loco llevando abrigo en verano) y, como rasgo más característico e inconfundible, unas alas blancas que sobresalen por su espalda.
Nunca había visto a nadie así, y su curiosidad lo llevó a que sus miradas se encuentren por un instante, momento en el que el muchacho notó cuánto tiempo había puesto su mirada en ella. Giró su cabeza, ni rápido ni avergonzado, pero dejando de ver a la mujer, y concentrando en lo que debía hacer.
Ya era hora de volver a casa. Quedaba poco para su horario de trabajo, y aún quería darse una buena ducha antes de presentarse con esas pintas. El inconfundible y siempre molesto sonido del llanto de un niño llegó a sus oídos mientras marchaba a casa, pero no por eso lo detuvo o hizo cambiar su ruta. Tal vez se había lastimado jugando, tal vez le lloraba a sus padres por que le compren algo, daba igual, no era su problema.
No podía soportarlo, no podía soportar más a esa gente.
Marines, en el restaurante donde trabaja, ¿Qué hacían ahí? ¿No podían irse a otro lugar? ¿Por qué tenía que soportar estar cerca de esa gente? Incluso su jefa tuvo que decirle que se tome 5 minutos de descanso, tal vez porque su enojo y su cara de odio eran inconfundibles, pero no era algo que el muchacho pensara en cuanto salió por la puerta de atrás del local, la misma que daba a un pequeño callejón junto al edificio y donde los empleados se juntaban para fumar o descansar del calor de la cocina.
Ahora, sin embargo, estaba solo ahí, acompañado nada más que por los sonidos del interior del restaurante y por su mente, que no quería dejarlo en paz.
Se tomó un momento para respirar, debía calmarse para volver al trabajo, no podía perder la calma cuando su turno apenas empezaba.
Otro sonido llegó, y este si era lo suficientemente llamativo como para llamar su atención: la puerta del local abriéndose. Se asomó por el lado del edificio, viendo como el grupo de 4 marines salían por la puerta, charlando con sonrisas en sus caras, algo que el muchacho no podía soportar, pero otra cosa captó de nuevo sus ojos.
Ahí estaba, esa mujer que había visto más temprano. Parecía observar el lugar, podía notarla dudosa de si ingresar o no. En otra ocasión, no se habría molestado en hablar, no era el encargado de atraer gente al lugar, pero la casualidad de encontrarse con ella luego de haberla visto con anterioridad en el mismo día llamó su curiosidad, así como lo hizo la propia mujer. - Buenos días -.
Salió del callejón y se le acercó con paso tranquilo, alzando su mano derecha en modo de saludo y sonriéndole a la desconocida. - Nos vimos hoy más temprano, ¿no es así? Que casualidad verte de nuevo -. Habló como si la mujer fuese a reconocerlo, pero pronto se dio cuenta de que muy seguramente no lo recordaba. - ¿Tienes hambre? Estamos atendiendo y hay mesas libres, si es que quieres pasar -. Apuntó con una de sus manos a la puerta del local, mientras que la otra apuntaba hacia el delantal que llevaba puesto, el cual tenía bordado el logo del mismo restaurante frente a ellos.
Si, leyeron bien, un abrigo, en pleno verano. Tampoco es posible culparlo al completo por estar sudando más que un cerdo, incluso si fue él mismo quien decidió vestir eso sabiendo que se encontraba en pleno verano. Era la única posesión importante que tenía, el único recuerdo de unas personas, y una tragedia, que golpearon su corazón hace tantos años.
Y tras tanto tiempo no podía desprenderse de ese recuerdo aún.
Sus ojos recorrieron el lugar, revisando una última vez y asegurándose de que no olvidaba nada, encontrando con su vista a una persona que llamó su atención. Una mujer de altura considerable, comparándola con los puestos de venta cercanos, con un cabello bicolor. Su piel parecía bronceada, vistiendo ropa bastante calurosa, incluso una chaqueta que el joven supuso que sería de cuero (al menos no era el único loco llevando abrigo en verano) y, como rasgo más característico e inconfundible, unas alas blancas que sobresalen por su espalda.
Nunca había visto a nadie así, y su curiosidad lo llevó a que sus miradas se encuentren por un instante, momento en el que el muchacho notó cuánto tiempo había puesto su mirada en ella. Giró su cabeza, ni rápido ni avergonzado, pero dejando de ver a la mujer, y concentrando en lo que debía hacer.
Ya era hora de volver a casa. Quedaba poco para su horario de trabajo, y aún quería darse una buena ducha antes de presentarse con esas pintas. El inconfundible y siempre molesto sonido del llanto de un niño llegó a sus oídos mientras marchaba a casa, pero no por eso lo detuvo o hizo cambiar su ruta. Tal vez se había lastimado jugando, tal vez le lloraba a sus padres por que le compren algo, daba igual, no era su problema.
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No podía soportarlo, no podía soportar más a esa gente.
Marines, en el restaurante donde trabaja, ¿Qué hacían ahí? ¿No podían irse a otro lugar? ¿Por qué tenía que soportar estar cerca de esa gente? Incluso su jefa tuvo que decirle que se tome 5 minutos de descanso, tal vez porque su enojo y su cara de odio eran inconfundibles, pero no era algo que el muchacho pensara en cuanto salió por la puerta de atrás del local, la misma que daba a un pequeño callejón junto al edificio y donde los empleados se juntaban para fumar o descansar del calor de la cocina.
Ahora, sin embargo, estaba solo ahí, acompañado nada más que por los sonidos del interior del restaurante y por su mente, que no quería dejarlo en paz.
Se tomó un momento para respirar, debía calmarse para volver al trabajo, no podía perder la calma cuando su turno apenas empezaba.
Otro sonido llegó, y este si era lo suficientemente llamativo como para llamar su atención: la puerta del local abriéndose. Se asomó por el lado del edificio, viendo como el grupo de 4 marines salían por la puerta, charlando con sonrisas en sus caras, algo que el muchacho no podía soportar, pero otra cosa captó de nuevo sus ojos.
Ahí estaba, esa mujer que había visto más temprano. Parecía observar el lugar, podía notarla dudosa de si ingresar o no. En otra ocasión, no se habría molestado en hablar, no era el encargado de atraer gente al lugar, pero la casualidad de encontrarse con ella luego de haberla visto con anterioridad en el mismo día llamó su curiosidad, así como lo hizo la propia mujer. - Buenos días -.
Salió del callejón y se le acercó con paso tranquilo, alzando su mano derecha en modo de saludo y sonriéndole a la desconocida. - Nos vimos hoy más temprano, ¿no es así? Que casualidad verte de nuevo -. Habló como si la mujer fuese a reconocerlo, pero pronto se dio cuenta de que muy seguramente no lo recordaba. - ¿Tienes hambre? Estamos atendiendo y hay mesas libres, si es que quieres pasar -. Apuntó con una de sus manos a la puerta del local, mientras que la otra apuntaba hacia el delantal que llevaba puesto, el cual tenía bordado el logo del mismo restaurante frente a ellos.
