20-11-2025, 02:33 PM
Ergé acompañó a Berry, como mandan las costumbres de la cortesía, hasta la entrada principal. Asintió con buen humor ante la idea de que la carta fuera a ser revisada y se sorprendió cuando la mink señaló la puerta de seguridad en la que tanto confiaba. —Oh, cielos, la haré revisar inmediatamente entonces. ¡Tiene un olfato increíble! —Y así era en más de un sentido, aunque Fabrizio no supiera nada. —Muchas gracias, sargento. Siempre contará con mi humilde apoyo. Pietr Charles Fabrizio Ergé le debe un favor. ¡Y esto no es poca cosa! Si alguna vez necesita algo, no dude en pedírmelo y haré todo lo posible para lograr sus objetivos. —Y, finalmente, Ergé se despidió de la mink con una reverencia aristocrática y cerró la puerta de su tienda, que permaneció con el letrero de cerrado de cara al público en previsión de los arreglos que le llegarían horas más tarde. Sumida en profundas cavilaciones, Berry se hizo camino hasta la librería. Las calles estaban abarrotadas y poco a poco empezaban a surgir los aromas de diversas tiendas que vendían comida. La comida en Water Seven era muy variada, pero en todas las tiendas tenían una cosa en común: las empanadillas. Las empanadillas se concibieron como una comida para el trabajo de aquellos que sólo pueden parar unos minutos y no tienen tiempo para limpiarse. Su borde duro, aunque comestible, hace las veces de punta de lanza contra la suciedad acumulada en las manos de los artesanos y permite a sus hambrientos dueños saciarse con la parte blanda de la misma, la que contiene toda su sustancia y todos sus nutrientes. Las empanadillas tienen su propia cultura en Water Seven y sería un crimen privar a tan eficiente detective de una de ellas.
Aun así, acceda Berry o no a tan delicioso manjar, la librería se presenta ante ella. Es un edificio de lo más corriente, al contrario que el huevo de Ergé. Quizás destacable es el arco de la entrada, que está bellamente decorado mediante una técnica de tallado en piedra exquisita. A lo largo del arco se dibujan escenas de hombres y mujeres vestidas con antiguas togas y portando tablillas, papiros, pergaminos y libros y leyendo los mismos, ya sea declamando en voz alta —algo discenible por sus gestos— o en una postura de suma concentración silenciosa. La librería es antigua. Probablemente de los edificios más antiguos de toda la ciudad, aunque Water Seven suele remodelarse rápido y bien. Este edificio, más que remodelado está restaurado. La puerta de la entrada está abierta y al petar en ella alertas de tu presencia al dueño de la misma. Pero antes de hablar de este simpático personaje, describamos los interiores en los que nos vamos a adentrar.
Esta librería tiene un suelo de madera algo viejo y que cruje bajo el peso de las poderosas piernas de Berry, pero la calidad de la madera empleada se deja notar en su durabilidad. Las estanterías, contra todo pronóstico, tienen baldas de metal, que son mucho mejores para conservar el material librario que las de madera, y están dispuestas en paralelo de forma similar a las estanterías de cristal en la joyería de Ergé. La única diferencia, quizás, es que no están del todo pegadas a las paredes, dejando un hueco de un metro de distancia entre pared y estantería para llevar a cabo tareas de mantenimiento y, si la necesidad aprieta, almacenar algunos libros más en el lugar. Las lámparas del techo no son de aceite, sino de una suerte de piedras luminosas que quizás podrían perturbar a las mentes científicas más avanzadas del mundo. No es el caso de Berry, que sólo le parecen piedras bonitas y raras. El mostrador se encuentra al lado de la entrada, a mano derecha, en un hueco donde no hay estantería. Sentado en su sitio, ahora sí, está el misterioso librero, aunque esta definición se le queda bastante pequeña en realidad. —¿Una lettera, signorina? —Un hombre delgado, serio, ya entrado en años y vestido con una toga negra recibe a la mink con desinterés cuando entra, pero arquea una ceja demostrando curiosidad cuando Berry menciona la carta. No parece interesado en sus atributos femeninos, lo cual es raro en un hombre de su edad. Extendió sus brazos y sujetó la misiva entre sus delgados dedos con suma delicadeza. —Pergamino, poco habitual nelle terre di Arabasta, pero comune aquí. En Arabasta se decantan más por el papiro o las tablillas de arcilla. La caligrafía está misurata al milímetro, buena imitazione, pero imitazione al fin y al cabo. El sello contiene tantos errores que parece uno scherzo di cattivo gusto. Pretende ser una imitación de la casa real de Alubarna. ¿Un encargo para la nobleza locale? Bueno, podría ser código para mantener un cierto anonimato, pero en conjunto con la carta sólo es mayor prova della sua falsità. —El librero devolvió la carta con la misma delicadeza con la que la había recibido y apoyó sus codos sobre la mesa, juntando las puntas de sus dedos con expresión pensativa.
—¿Algo más, signorina? —No parecían interesarle demasiado el como ni el por qué. Se limitó a dar la información sin más, como si fuera una tarea más en el día a día de su trabajo.
Aun así, acceda Berry o no a tan delicioso manjar, la librería se presenta ante ella. Es un edificio de lo más corriente, al contrario que el huevo de Ergé. Quizás destacable es el arco de la entrada, que está bellamente decorado mediante una técnica de tallado en piedra exquisita. A lo largo del arco se dibujan escenas de hombres y mujeres vestidas con antiguas togas y portando tablillas, papiros, pergaminos y libros y leyendo los mismos, ya sea declamando en voz alta —algo discenible por sus gestos— o en una postura de suma concentración silenciosa. La librería es antigua. Probablemente de los edificios más antiguos de toda la ciudad, aunque Water Seven suele remodelarse rápido y bien. Este edificio, más que remodelado está restaurado. La puerta de la entrada está abierta y al petar en ella alertas de tu presencia al dueño de la misma. Pero antes de hablar de este simpático personaje, describamos los interiores en los que nos vamos a adentrar.
Esta librería tiene un suelo de madera algo viejo y que cruje bajo el peso de las poderosas piernas de Berry, pero la calidad de la madera empleada se deja notar en su durabilidad. Las estanterías, contra todo pronóstico, tienen baldas de metal, que son mucho mejores para conservar el material librario que las de madera, y están dispuestas en paralelo de forma similar a las estanterías de cristal en la joyería de Ergé. La única diferencia, quizás, es que no están del todo pegadas a las paredes, dejando un hueco de un metro de distancia entre pared y estantería para llevar a cabo tareas de mantenimiento y, si la necesidad aprieta, almacenar algunos libros más en el lugar. Las lámparas del techo no son de aceite, sino de una suerte de piedras luminosas que quizás podrían perturbar a las mentes científicas más avanzadas del mundo. No es el caso de Berry, que sólo le parecen piedras bonitas y raras. El mostrador se encuentra al lado de la entrada, a mano derecha, en un hueco donde no hay estantería. Sentado en su sitio, ahora sí, está el misterioso librero, aunque esta definición se le queda bastante pequeña en realidad. —¿Una lettera, signorina? —Un hombre delgado, serio, ya entrado en años y vestido con una toga negra recibe a la mink con desinterés cuando entra, pero arquea una ceja demostrando curiosidad cuando Berry menciona la carta. No parece interesado en sus atributos femeninos, lo cual es raro en un hombre de su edad. Extendió sus brazos y sujetó la misiva entre sus delgados dedos con suma delicadeza. —Pergamino, poco habitual nelle terre di Arabasta, pero comune aquí. En Arabasta se decantan más por el papiro o las tablillas de arcilla. La caligrafía está misurata al milímetro, buena imitazione, pero imitazione al fin y al cabo. El sello contiene tantos errores que parece uno scherzo di cattivo gusto. Pretende ser una imitación de la casa real de Alubarna. ¿Un encargo para la nobleza locale? Bueno, podría ser código para mantener un cierto anonimato, pero en conjunto con la carta sólo es mayor prova della sua falsità. —El librero devolvió la carta con la misma delicadeza con la que la había recibido y apoyó sus codos sobre la mesa, juntando las puntas de sus dedos con expresión pensativa.
—¿Algo más, signorina? —No parecían interesarle demasiado el como ni el por qué. Se limitó a dar la información sin más, como si fuera una tarea más en el día a día de su trabajo.
Datos
