22-11-2025, 11:46 AM
Si la duda hubiera tenido un rostro, sin duda este habría sido el suyo. Se hallaba meditabunda, luciendo esa expresión estándar que la humanidad adopta cuando pretende reflexionar sobre el sentido de la vida —aunque en realidad solo esté haciendo cálculos tan terrenales como averiguar si el dinero del bolsillo alcanza para algo más que una decepción. Su ceño fruncido, los labios apretados y ese aire de trascendencia filosófica no tenían nada que ver con metafísicas cósmicas, sino con sumas, restas y una pobre neurona que decidió trabajar un poco más de lo habitual.
Y entonces ocurrió: la mueca se transformó en una especie de eureka involuntaria, casi una pancarta luminosa que anunciaba al universo una revelación que ella, sinceramente, habría preferido mantener en estricta confidencialidad.
Esta era que, quizás, con los precios que se manejaban en ese lugar, ni siquiera le alcanzaría para pagar la idea que acababa de parir, mucho menos para saciar el estómago.
¿Había sido una ilusa? Posiblemente.
Pero, mientras volvía a pensar y adoptaba lentamente una pose pensativa, la puerta del restaurante se abrió de golpe y la sobresaltó.
Cuatro marines, cada uno distinto al anterior, que parecían estar alegres.
Bai los miró.
Su corazón latía veloz por el susto y su mente, acostumbrada al estrés, empezó a trabajar sin dirección alguna.
Primero, pensó que era obvio que los marines salían del restaurante. Y, solo por eso, por simple que pareciera, el hecho de que el aroma persistiera pegado a la ropa —como una evidencia material de un delito cometido— adquiría importancia.
Si al salir olían bien, y desde fuera también, entonces la comida debía de ser sabrosa.
Y si la comida es sabrosa, resulta difícil negar que se convierta en una forma hedonista de bienestar, pequeña e inmediata.
Su estómago gruñó.
Y si se obtiene ese tipo de bienestar, incluso hombres entrenados para la caza pueden permitirse, por unos minutos, la indecencia de la alegría.
Su cabeza asintió automáticamente al pensamiento.
Por lo tanto, era evidente: estaban felices por la comida.
Una conclusión sencilla, casi indiscutible, aunque perfectamente vulnerable a cualquier análisis serio.
Uno de los marines le devolvió el gesto, creyendo que se lo había dirigido a él.
Una conclusión perfecta, pensó ella, para justificar aunque fuera el intento de entrar en aquel lugar y negociar tanto como pudiera el coste de un único plato.
Y en eso estaba, justo en ese paso previo en el que uno se plantea mover el cuerpo —esa decisión titánica que casi siempre llega un segundo antes de que ocurra cualquier cosa importante— cuando, de la nada, una voz le hizo girar la cabeza.
Y fue entonces cuando los dioses, que llevaban discutiendo desde hacía días sobre si ese era el momento adecuado o no, finalmente se pusieron de acuerdo y decidieron que ambos destinos se cruzaran.
—Buenas… tardes —respondió en su inescrutable lenguaje, convencida de que la estaban saludando.
¿Por qué no «buenos días»? te preguntarás, lector atento.
Porque para alguien tan rígido con los números como ella, si el sol ya no está en su cénit, entonces el día ha dejado oficialmente de ser día. Es un criterio discutible, sí, pero las matemáticas emocionales suelen serlo.
Sin embargo, y aunque había estado observando al joven con chaqueta, otra voz a su espalda la hizo volver a girar.
Era uno de los marines hablándole directamente a ella, no el que le había saludado sino uno más bajito y de cuerpo delgado que parecía quererle comunicar algo.
—[Este] uhm... sitio uhm... [estar] muy bien.
Ella no lo entendía muy bien, pues sus palabras estaban entrecortadas por un seguido de ruidos que parecían cavilaciones y, para colmo, mezclaba su lengua con otra.
—¿Se refiere al restaurante?
El marine la miró, perplejo, esperando algo más, y Bai señaló al local.
—Oh, [sí]. Restaurante uhm... [bien].
Y Bai, agradecida por el torpe intento de comunicación, sonrió.
Tras ello, estallaron un par de risas ásperas entre el grupo. Soltaron palabras que ella no entendió y otras que, si las hubiera entendido, le habrían sentado como un golpe. Porque, mientras el joven de cabello bicolor se acercaba, los marines comentaron —con esa confianza brutal a la que algunos hombres de mar acostumbran— que, si lograban que ella hablara un poco más, quizá el muchacho terminaría acostándose con ella.
Por suerte, ella ya se había enajenado de esa conversación y volvía al joven que se había acercado.
—Oh, eh... —respondió a sus palabras mientras pensaba—. Bai —añadió llevándose la mano al pecho a forma de saludo.
Un acto del que últimamente estaba abusando demasiado y que denotaba que no había entendido nada.
Eso levantó unas pequeñas burlas por detrás.
Ella simplemente sonrió.
Después, cuando el chico le hizo el gesto con la mano, el marine que le había hablado anteriormente a Bai le comentó al joven que ella no le estaba entendiendo. Y sus compañeros, que desprendían testosterona, lo incitaron a que volviera a hablar a la muchacha.
—Eh, uhm... [¿hambre?] —preguntó el marine, haciendo un gesto hacia Uker –Él [pregunta] si tu [hambre].
Bai asintió.
—La verdad es que sí. Estaba dudando en si entrar o no, pero... suerte que os encontré —confesó para luego soltar una suave y jovial risa—. Si no fuera por ustedes, no me habría decidido.
Para este punto, el marine, más confundido que otra cosa, se limitó a reír y explicar que Uker la estaba invitando a sentarse.
—Ah, claro. ¡Era eso! —concluyó riéndose de sí—. Dile que muchas gracias de mi parte, por favor.
Y el marine tradujo torpemente sus palabras.
Sin embargo, los compañeros que los observaban hablar continuaron cuchicheando y riéndose del triste intento de ligar del marine. Pero Bai, que no sabía de qué hablaban, los obvió y volvió a centrarse en Uker para poder seguirle hasta una mesa.
Mientras tanto, en el camino, la oharanense intentó darle algo de conversación.
—Bai —repitió su nombre, volviéndose a tocar el pecho a modo de presentación—. Verte —añadió llevándose la mano a la altura de los ojos, cerrando la palma y manteniendo los dedos índice y medio extendidos y separados en forma de V—. Verte —volvió a repetir al tiempo que movía la mano desde el ojo hacia adelante, como si estuviera “proyectando” la vista hacia lo que estaba viendo—. A ti —sentenció finalmente, invadiendo su espacio y tocándole el hombro.
—Tu —le llamó mientras pasaba por delante de mesas servidas—. ¿Cocinas? —preguntó señalando un plato y luego su delantal.
Y entonces ocurrió: la mueca se transformó en una especie de eureka involuntaria, casi una pancarta luminosa que anunciaba al universo una revelación que ella, sinceramente, habría preferido mantener en estricta confidencialidad.
Esta era que, quizás, con los precios que se manejaban en ese lugar, ni siquiera le alcanzaría para pagar la idea que acababa de parir, mucho menos para saciar el estómago.
¿Había sido una ilusa? Posiblemente.
Pero, mientras volvía a pensar y adoptaba lentamente una pose pensativa, la puerta del restaurante se abrió de golpe y la sobresaltó.
Cuatro marines, cada uno distinto al anterior, que parecían estar alegres.
Bai los miró.
Su corazón latía veloz por el susto y su mente, acostumbrada al estrés, empezó a trabajar sin dirección alguna.
Primero, pensó que era obvio que los marines salían del restaurante. Y, solo por eso, por simple que pareciera, el hecho de que el aroma persistiera pegado a la ropa —como una evidencia material de un delito cometido— adquiría importancia.
Si al salir olían bien, y desde fuera también, entonces la comida debía de ser sabrosa.
Y si la comida es sabrosa, resulta difícil negar que se convierta en una forma hedonista de bienestar, pequeña e inmediata.
Su estómago gruñó.
Y si se obtiene ese tipo de bienestar, incluso hombres entrenados para la caza pueden permitirse, por unos minutos, la indecencia de la alegría.
Su cabeza asintió automáticamente al pensamiento.
Por lo tanto, era evidente: estaban felices por la comida.
Una conclusión sencilla, casi indiscutible, aunque perfectamente vulnerable a cualquier análisis serio.
Uno de los marines le devolvió el gesto, creyendo que se lo había dirigido a él.
Una conclusión perfecta, pensó ella, para justificar aunque fuera el intento de entrar en aquel lugar y negociar tanto como pudiera el coste de un único plato.
Y en eso estaba, justo en ese paso previo en el que uno se plantea mover el cuerpo —esa decisión titánica que casi siempre llega un segundo antes de que ocurra cualquier cosa importante— cuando, de la nada, una voz le hizo girar la cabeza.
Y fue entonces cuando los dioses, que llevaban discutiendo desde hacía días sobre si ese era el momento adecuado o no, finalmente se pusieron de acuerdo y decidieron que ambos destinos se cruzaran.
—Buenas… tardes —respondió en su inescrutable lenguaje, convencida de que la estaban saludando.
¿Por qué no «buenos días»? te preguntarás, lector atento.
Porque para alguien tan rígido con los números como ella, si el sol ya no está en su cénit, entonces el día ha dejado oficialmente de ser día. Es un criterio discutible, sí, pero las matemáticas emocionales suelen serlo.
Sin embargo, y aunque había estado observando al joven con chaqueta, otra voz a su espalda la hizo volver a girar.
Era uno de los marines hablándole directamente a ella, no el que le había saludado sino uno más bajito y de cuerpo delgado que parecía quererle comunicar algo.
—[Este] uhm... sitio uhm... [estar] muy bien.
Ella no lo entendía muy bien, pues sus palabras estaban entrecortadas por un seguido de ruidos que parecían cavilaciones y, para colmo, mezclaba su lengua con otra.
—¿Se refiere al restaurante?
El marine la miró, perplejo, esperando algo más, y Bai señaló al local.
—Oh, [sí]. Restaurante uhm... [bien].
Y Bai, agradecida por el torpe intento de comunicación, sonrió.
Tras ello, estallaron un par de risas ásperas entre el grupo. Soltaron palabras que ella no entendió y otras que, si las hubiera entendido, le habrían sentado como un golpe. Porque, mientras el joven de cabello bicolor se acercaba, los marines comentaron —con esa confianza brutal a la que algunos hombres de mar acostumbran— que, si lograban que ella hablara un poco más, quizá el muchacho terminaría acostándose con ella.
Por suerte, ella ya se había enajenado de esa conversación y volvía al joven que se había acercado.
—Oh, eh... —respondió a sus palabras mientras pensaba—. Bai —añadió llevándose la mano al pecho a forma de saludo.
Un acto del que últimamente estaba abusando demasiado y que denotaba que no había entendido nada.
Eso levantó unas pequeñas burlas por detrás.
Ella simplemente sonrió.
Después, cuando el chico le hizo el gesto con la mano, el marine que le había hablado anteriormente a Bai le comentó al joven que ella no le estaba entendiendo. Y sus compañeros, que desprendían testosterona, lo incitaron a que volviera a hablar a la muchacha.
—Eh, uhm... [¿hambre?] —preguntó el marine, haciendo un gesto hacia Uker –Él [pregunta] si tu [hambre].
Bai asintió.
—La verdad es que sí. Estaba dudando en si entrar o no, pero... suerte que os encontré —confesó para luego soltar una suave y jovial risa—. Si no fuera por ustedes, no me habría decidido.
Para este punto, el marine, más confundido que otra cosa, se limitó a reír y explicar que Uker la estaba invitando a sentarse.
—Ah, claro. ¡Era eso! —concluyó riéndose de sí—. Dile que muchas gracias de mi parte, por favor.
Y el marine tradujo torpemente sus palabras.
Sin embargo, los compañeros que los observaban hablar continuaron cuchicheando y riéndose del triste intento de ligar del marine. Pero Bai, que no sabía de qué hablaban, los obvió y volvió a centrarse en Uker para poder seguirle hasta una mesa.
Mientras tanto, en el camino, la oharanense intentó darle algo de conversación.
—Bai —repitió su nombre, volviéndose a tocar el pecho a modo de presentación—. Verte —añadió llevándose la mano a la altura de los ojos, cerrando la palma y manteniendo los dedos índice y medio extendidos y separados en forma de V—. Verte —volvió a repetir al tiempo que movía la mano desde el ojo hacia adelante, como si estuviera “proyectando” la vista hacia lo que estaba viendo—. A ti —sentenció finalmente, invadiendo su espacio y tocándole el hombro.
—Tu —le llamó mientras pasaba por delante de mesas servidas—. ¿Cocinas? —preguntó señalando un plato y luego su delantal.
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