23-11-2025, 01:20 AM
Madrugada del 26, Otono. Año 16
—Últimamente he estado pensando —anunció la magnánima mujer de cabello ondulado con voz cansada.
—En un sueño que estoy teniendo una y otra vez —añadió mientras vertía con cuidado una taza de té blanco frente a su acompañante.
—Soñaba que era un perro —continuó—. Uno que corría por una montaña reseca como un cadáver al sol —dijo al tiempo que los vapores del agua se retorcían en el aire como garras que tratan de huir del lugar.
—Hacía un calor insoportable y el suelo quemaba mis patas callosas.
Bai destapó brevemente la vieja tetera de porcelana y el aroma del té llenó el comedor vacío de un perfume tibio y casi hospitalario. Luego, observó su interior para ver si todavía quedaba agua y, tras el rápido vistazo, la volvió a tapar.
—Y esta mañana, cuando desperté… —se detuvo un instante como si su cerebro fatigado no pudiera más. Luego, se sirvió su propia taza y la mano le tembló — sentía las extremidades ardiendo.
Tras ello, Bai se hundió en la única silla grande del lugar; una mole de madera que había vivido mejores décadas y que, al recibirla, soltó un crujido resignado, como el suspiro de un anciano que sabe que no se librará del último esfuerzo del día.
—Eso me hizo pensar en algo, Lan —prosiguió la mujer, bajando la voz—. ¿Soy yo quien ha soñado con un perro… o es el perro soñando que es Bai?
Durante un latido entero, el silencio se dilató junto al tiempo como un hilo que está a punto de romperse.
Después, la propia Bai rió.
Lo hizo con una risa corta y desgastada —de esas que más que ser alegres parecen confirmar que algo dentro de ti ya está demasiado cansado para procesar cualquier evento.
—No me hagas caso, Lan —prosiguió mientras se llevaba una mano al puente de la nariz y con el dedo índice y gordo se lo masajeaba.
Como respuesta, una lágrima furtiva se escapó de su ojo izquierdo por el lagrimal. Y, esta, no llegó a recorrer mucho camino; apenas unos centímetros antes de que Bai la atrapara con la yema del dedo. Después vino un bostezo —largo y roto— que intentó sofocar con el dorso de la mano.
Mientras tanto, la luz entraba por la ventana de madera a regañadientes, filtrándose de forma torcidas y bañando el lugar con una claridad amarillenta, casi de color mantequilla rancia, se esforzaba por abrirse paso en la estancia, como si también ella estuviera agotada.
—Es sólo que... —soltó de repente.
—Le he estado dando vueltas y… Imagina, Lan, que nuestro cerebro no pudiera ver la realidad en absoluto. Que todo lo que creemos que percibimos no sea más que una serie de alucinaciones amaestradas. Un truco de feria, uno constante e interminable. Que en lugar de observar el mundo, lo fabriquemos… y luego lo vayamos corrigiendo sobre la marcha con lo poco que nos permiten sentir los ojos, la piel, los oídos... Predicción. Corrección. Otra predicción. Otra corrección. Y así sin parar. Una maquinaria de espejos que funcionaría sólo porque no puede dejar de hacerlo.
Bai levantó entonces la mirada hacia Lan. Tenía los ojos agrandados de preocupación, pero también llenos de una convicción febril que desvelaba ese brillo húmedo que sólo aparece en quienes llevan demasiadas noches conversando con algo que no está allí.
Y aunque era pronto, demasiado pronto como para que cualesquiera les interrumpiera, las dos medias lunas moradas que había ido adquiriendo durante los últimos días —profundas marcas bajo sus ojos— revelaban que las noches largas, los sueños intrusos y el cansancio que no dependía de horas dormidas —sino de lo que uno encuentra mientras duerme—, estaba empezando a afectarla más de lo que creía.
