24-11-2025, 11:41 PM
[personajeinvalido=2317]
Después de pegarme tremenda carrera detrás de Gwendy y del torbellino humano que es Owen, por fin todo ese caos llegó a un maldito respiro. Mis piernas ardían, tenía polvo hasta en lugares donde no debería haber polvo, y aun así ahí estábamos, frente a una formación rocosa que parecía sacada de un cuento viejo o de uno de esos mapas que uno se empeña en creer que entiende.
Quizá, solo quizá, este era el lugar exacto que el pelirrojo había estado buscando desde que salió disparado como un lunático con la chica en brazos. Porque claro, Owen no corre, se lanza. No piensa, actúa. Y yo, como idiota, terminé detrás para asegurarme de que ni él ni Gwendy terminen aplastados bajo una piedra del tamaño de un barco, pero esta vez, sentí que sí, que por fin había llegado al punto que él quería. Y yo solo pude soltar un suspiro, entre cansancio y alivio, preguntándome cuántas carreras más me tocaría vivir por culpa de estos dos.
No presté atención a lo que había a mi alrededor al principio, la verdad; estaba demasiado ocupada recuperando el aire y maldiciendo en silencio la carrera que me había pegado detrás de esos dos románticos suicidas. Pero entonces los vi, dos lunáticos de los buenos. Uno diciendo, muy tranquilo él, que podía quitar “los poderes del diablo”, y el otro asegurando que vendía esas mismas akumas que la gente se extraía. Ahí mismo supe de qué hablaban, Akuma no Mi.
Y te voy a ser sincera, porque para qué mentir: yo soy de esas personas que no está del todo conforme con la fruta que se comió. No me malinterpretes, la Mini Mini no Mi tiene lo suyo, me ha salvado unas cuantas veces y me permite meterme donde nadie más puede, pero a veces, solo a veces, me pregunto cómo sería tener un poder más escandaloso, más brillante, más digno del Cabaret. Algo que no solo me haga pequeña, sino que haga temblar el suelo cuando entro en escena.
Pero claro, una cosa es soñar y otra es pagar. La cantidad de dinero que esos tipos pedían por sus servicios no era algo que yo pudiera siquiera considerar ahora mismo. Ni trabajando doble turno en la cocina, ni vendiendo todos los banquetes que sé preparar. No me alcanzaba ni de chiste.
Así que me limité a cruzarme de brazos, mirarles con media sonrisa y pensar. “Algún día, quizás. Hoy no. Hoy me toca seguir siendo la diablesa en miniatura con presupuesto de pirata pobre.”
—Alcancé a ver a Giyuu correr hacia el barco, pero nada más —dije mientras terminaba de sacudirme el polvo de los hombros, aún con el corazón acelerado por toda la locura anterior —Aunque contigo aquí, y Eros por ahí rondando como sombra pegajosa, creo que solo faltarían Varo y Rosse. —Me giré por completo hacia Gwendy esta vez, dándole la atención que antes no había podido. Ya no había piedras cayendo, ni marines gritando, ni Owen saltándome por encima como si yo fuera su trampolín personal. Solo ella, respirando agitada como yo, intentando entender qué demonios acababa de pasar.
Le dediqué una media sonrisa cansada, algo sarcástica porque bueno, soy yo. —Parece que, con suerte, el grupito se vuelve a juntar sin tener que rescatar a nadie más. Porque si me toca correr otra vez detrás de ustedes, juro que los cargo a todos como sacos de harina y los tiro dentro del barco. —
Después de pegarme tremenda carrera detrás de Gwendy y del torbellino humano que es Owen, por fin todo ese caos llegó a un maldito respiro. Mis piernas ardían, tenía polvo hasta en lugares donde no debería haber polvo, y aun así ahí estábamos, frente a una formación rocosa que parecía sacada de un cuento viejo o de uno de esos mapas que uno se empeña en creer que entiende.
Quizá, solo quizá, este era el lugar exacto que el pelirrojo había estado buscando desde que salió disparado como un lunático con la chica en brazos. Porque claro, Owen no corre, se lanza. No piensa, actúa. Y yo, como idiota, terminé detrás para asegurarme de que ni él ni Gwendy terminen aplastados bajo una piedra del tamaño de un barco, pero esta vez, sentí que sí, que por fin había llegado al punto que él quería. Y yo solo pude soltar un suspiro, entre cansancio y alivio, preguntándome cuántas carreras más me tocaría vivir por culpa de estos dos.
No presté atención a lo que había a mi alrededor al principio, la verdad; estaba demasiado ocupada recuperando el aire y maldiciendo en silencio la carrera que me había pegado detrás de esos dos románticos suicidas. Pero entonces los vi, dos lunáticos de los buenos. Uno diciendo, muy tranquilo él, que podía quitar “los poderes del diablo”, y el otro asegurando que vendía esas mismas akumas que la gente se extraía. Ahí mismo supe de qué hablaban, Akuma no Mi.
Y te voy a ser sincera, porque para qué mentir: yo soy de esas personas que no está del todo conforme con la fruta que se comió. No me malinterpretes, la Mini Mini no Mi tiene lo suyo, me ha salvado unas cuantas veces y me permite meterme donde nadie más puede, pero a veces, solo a veces, me pregunto cómo sería tener un poder más escandaloso, más brillante, más digno del Cabaret. Algo que no solo me haga pequeña, sino que haga temblar el suelo cuando entro en escena.
Pero claro, una cosa es soñar y otra es pagar. La cantidad de dinero que esos tipos pedían por sus servicios no era algo que yo pudiera siquiera considerar ahora mismo. Ni trabajando doble turno en la cocina, ni vendiendo todos los banquetes que sé preparar. No me alcanzaba ni de chiste.
Así que me limité a cruzarme de brazos, mirarles con media sonrisa y pensar. “Algún día, quizás. Hoy no. Hoy me toca seguir siendo la diablesa en miniatura con presupuesto de pirata pobre.”
—Alcancé a ver a Giyuu correr hacia el barco, pero nada más —dije mientras terminaba de sacudirme el polvo de los hombros, aún con el corazón acelerado por toda la locura anterior —Aunque contigo aquí, y Eros por ahí rondando como sombra pegajosa, creo que solo faltarían Varo y Rosse. —Me giré por completo hacia Gwendy esta vez, dándole la atención que antes no había podido. Ya no había piedras cayendo, ni marines gritando, ni Owen saltándome por encima como si yo fuera su trampolín personal. Solo ella, respirando agitada como yo, intentando entender qué demonios acababa de pasar.
Le dediqué una media sonrisa cansada, algo sarcástica porque bueno, soy yo. —Parece que, con suerte, el grupito se vuelve a juntar sin tener que rescatar a nadie más. Porque si me toca correr otra vez detrás de ustedes, juro que los cargo a todos como sacos de harina y los tiro dentro del barco. —
Cajita
