25-11-2025, 03:19 PM
(Última modificación: 25-11-2025, 03:20 PM por Alana Sahiba.)
Día 20 de Invierno, Año 13
El puerto de Sorbet, un punto al sur de South Blue, se desplegaba ante mí como un mapa de olores nuevos para mí, y por un momento pensé que o me acostumbraba ya o iba a terminar mareándome otra vez. Para cualquiera de mi tamaño, un simple cordaje era una liana resbaladiza y las fisuras entre las tablas de los muelles parecían abismos a un mar que no perdonaba a ningún insesato. Pero para una Tontatta de Green Bit como yo, Alana Sahiba, la adaptación era una necesidad, no una virtud, y ahí aprendí las ventajas de pasar desapercibida, las ventajas de ser inexistente para aquellos gigantes que eran los humanos.
El puerto olía a hierro oxidado, a pescado que había conocido mejores horas y, sobre todo, a sal; una sal tan terca que me hizo pensar, por un segundo, en si algún día conseguiría quitarme ese olor del pelo a la par que una declaración de que llevaba semanas durmiendo en el camarote de un navío cuyo capitán me toleraba por mis dotes curativas, pero me temía por mi naturaleza extraña. El hombre aún no sabía si darme las gracias o tirarme por la borda, y la verdad es que tampoco le culpo. Las cuerdas eran gruesas como troncos para mí, y las maderas vibraban bajo mis pies. Estaba en el punto más humilde del reino, lejos de las grandes capitales comerciales, y eso me gustaba. Aquí la gente no miraba el oro, sino la necesidad, lo cual era lo que venía buscando: la necesidad.
Mi llegada fue discreta, como un grano de arena que cae sobre un montón de grava. Siempre era discreta. Había bajado del navío como un colibrí, asegurándome de que mis pasos, rápidos y ligeros, no fuesen detectados por la tripulación que descargaba a lo lejos su mercancía. Mis únicos equipajes eran una mochila de lona, con mis instrumentos de medición y mis frascos de almacenamiento, además de los guantes que llevaba guardados en el bolsillo.
Cuando el ancla cayó, la ciudad dormía pero el mercado ya gritaba, rompiendo la calma que el amanecer intentaba imponer. Estaba exhausta por el viaje. La sensación del balanceo en el mar aún hacía que el suelo bajo mis pies se moviera, una náusea persistente y terrible que incluso mis propios remedios habían fallado en mitigar completamente. Me imaginaba ya en un rincón tranquilo, con la espalda apoyada contra alguna piedra, bebiendo esa mezcla mágica que solo yo sé hacer: té de jengibre (por la náusea), manzanilla (por el estómago revuelto) y menta (por la claridad mental). Tres sabores del bosque, en este mundo de mar.
Una gaviota chilló encima y me acordé de mi hermana diciendo que eran solo ratas con alas. No sé por qué pensé en ella justo ahí.
Me centré. Estaba en Sorbet para una misión simple: un encargo pequeño y específico de un herborista de South Blue que necesitaba un ingrediente de una rara flor del reino de Sorbet. Cumplirlo me daría el dinero suficiente para lo que de verdad me traía aquí: una búsqueda vaga sobre un posible compañero, alguien que tal vez pudiera ayudarme a entender mejor el oficio que, pese a mi juventud, ya me reclamaba con insistencia. Curar. No solo heridas, sino el caos en un cuerpo malherido, encontrar un compañero de experimentos, alguien que no huyera al verme o, peor, quisiera usarme a mí como sujeto de experimentos.
Mientras buscaba ese rincón de paz, tuve que navegar entre muchos tobillos humanos. Evitaba las pisadas con reflejos, saltaba sobre charcos que eran para mí pequeños lagos y me cubría la nariz del hedor que, a pesar de todo, se sentía magnífico, vivo. La gente que me encontraba, si lo hacía, tardaba en reaccionar, y no les culpo; si yo me viera desde fuera, con ese tamaño ridículo y las botas llenas de polvo, probablemente también parpadearía un par de veces.. Primero era la sorpresa, luego la fascinación, sobre todo mujeres y niños; pero después llegaba el miedo o la aversión, en aquellos marineros borrachos. Pocas veces encontraba neutralidad, como a una igual. Solo había encontrado esa neutralidad en Green Bit, mi hogar. Allí, todos somos del mismo tamaño y la escala del mundo está equilibrada. El desdén o curiosidad que provocaba en algunos humanos era, francamente, agotador. Era el impuesto que pagaba por salir de la Isla de las Hadas.
Fue en medio de este torbellino de emociones y la necesidad imperiosa de asentarme que mi mirada se detuvo. Estaba sentado, apoyado contra una pila de barriles, usando un cajón de madera como asiento. El cajón era, para mí, una pequeña montaña que proyectaba sombra. Él estaba inmerso acompañado de una taza de café que reposaba a su lado. El libro tenía las tapas rotas y él era tan tan alto y ancho como se espera de un humano, con ese aire robusto de quien no ha pasado hambre pero tampoco ha conocido el lujo. Llevaba un abrigo largo, abierto, cuyo forro se movía ligeramente con la brisa marina. Era para protegerse, supuse, de la humedad constante del puerto. Su camisa blanca, sin embargo, estaba manchada, de hecho hacía tiempo que había dejado de ser blanca. Las mangas estaban subidas hasta los codos, revelando antebrazos fuertes y pequeñas cicatrices como si el trabajo nunca terminara para él.
Tenía ese aire distraído, la frente ligeramente arrugada y en sus ojos una expresión que no sabría definir, algo entre un “déjame en paz” y un “cuéntame tu vida” y una pinta de estar completamente harto del mundo que me hizo gracia en el peor momento posible... Cuando alzó la vista, por un instante, se posaron sobre mí, y brillaron. Era un brillo intenso, una mirada que no me escaneaba, sino que parecía sopesar mi presencia como una pieza más. No le di mayor importancia a la mirada. Estaba acostumbrada a ojos extraños. Pero esta no era ni fascinación ni miedo. Era... cálculo. El hombre no apartó del todo la mirada del libro, volviendo a su página, pero su voz cortó el aire salado con una pregunta tan directa que me hizo dar un respingo en el pecho.
— ¿Buscas barco o solo refugio? —preguntó al aire.
Casi sin mirarme, me veía. Lo sentí. Pese a mi estatura y la facilidad con la que podía pasar desapercibida, él me había visto por completo. Me acerqué unos pasos, apoyando una mano en la cadera con la mejor imitación de desinterés que pude reunir, aunque la postura resultara absurdamente pretenciosa para alguien a la altura de su pantorrilla—. Depende —respondí, intentando sonar más segura de lo que me sentía, porque por dentro me temblaba hasta la cola—. ¿Qué ofreces tú?
Él sonrió, no una sonrisa sincera de felicidad, sino un ligero ladeo de la cabeza y la comisura de los labios, una expresión de calma que me resultó molesta. Me sentí como si, a pesar de mi viaje y mis conocimientos, fuera simplemente una adolescente que se frustra cuando no se le presta la atención esperada—. Remedios, conocimientos, un café que sabe un tanto a tierra y una compañía decente si tengo a bien esa mañana, a veces me levanto de muy mal humor —la respuesta era honesta hasta la médula y tan extraña como su mirada. No admití mi reacción en voz alta, pero mi sonrisa me delató. ¿La habría visto? No. Sus ojos estaban fijos en el título del libro, que pude leer con facilidad debido a su tipografía desgastada: Botánica para novatos. Finalmente, cerró el libro, lo guardó en su bolso y alzó la taza para dar un sorbo antes de volver a mirarme—. Ashwin Lacroix. ¿Y tú?
— Alana Sahiba —mi nombre era simple. Después de eso, se presentó de corrido: médico de formación, marinero por necesidad, había servido en más barcos de los que recordaba y curado más heridas de las que un solo hombre debería haber visto. Yo, que me consideraba a mí misma una botánica practicante y médico de emergencia, aunque no de formación oficial, me vi reflejada en él con un par de centímetros de más (cien, para ser exactos).
Mi confianza fue instantánea y completa. Fue la rendición de quien ha estado buscando algo sin saber qué era, solo para encontrarlo inesperadamente. Ese fue mi primer gran error. Pero en ese momento, solo sentía la euforia del descubrimiento. Así que accedí a acompañarle.
Pasamos la mañana entre puestos del mercado y las olas de la marea que subían. Para él, era un simple paseo de revisión; para mí, una expedición a través de un paisaje lleno de peligros. Caminaba a su lado, asegurándome de mantener una distancia segura de sus botas, aunque cada vez que levantaba el pie yo pensaba “como me pise, me recoge con una espátula". Era fascinante ver cómo su paso lento era, para mí, una carrera constante. Ashwin revisaba frascos de hierbas secas que para mí eran pequeños árboles talados, frascos de alcohol etílico, de destilados caseros usados como antisépticos en esta parte del mundo.
— El mejor antiséptico casero —dijo, sosteniendo un frasco de líquido turbio contra el tenue sol—, lo reconoces no solo por el olor, sino por el color de la madre. Una buena fermentación siempre deja un tono ámbar claro, casi miel. Si es demasiado oscuro, es tierra; si es demasiado claro, es agua. Ambos inútiles.
Yo observaba aquella fermentación, que para mí era como un pequeño tapete. A mi escala, la observación microscópica de las partículas era más fácil que para él, pero él había aprendido a ver con el tacto y el olfato. Me explicó cómo distinguir una infección. No por la fiebre o el pulso, que eran síntomas tardíos, sino por el tono de la piel circundante, por el olor que emana de la herida, por la forma en que el cuerpo se rinde ante la infección. Había infecciones que aún podían salvarse con una purga y cauterización a tiempo, y otras que ya reclamaban despedida—. Nunca te enamores del deseo de salvar, Alana —me aconsejó, sin mirarme, mientras olfateaba una hoja seca de un puesto que vendía especias. Esa frase me cayó encima como un cubo de agua fría. No sé por qué. Quizá porque nunca nadie me había hablado así, sin endulzar nada—. Enamórate del proceso. El proceso es curar, no necesariamente salvar.
Le escuchaba fascinada, no tanto por lo que decía, que en gran parte coincidía con sus enseñanzas, sino por cómo lo decía. En su voz no había soberbia, sino una resignación. Compartimos nuestros conocimientos de manera indirecta. Él hablaba de grandes arterias y huesos humanos; yo pensaba en la delicada red capilar de las mariposas que usábamos para crear nuestros tónicos. Él mencionaba un injerto de piel; yo pensaba en la regeneración celular de mi propia gente. Nuestros mundos de escala eran diferentes, pero el respeto por el organismo era idéntico.
Mientras él negociaba el precio de una resina con un mercader, yo aproveché para cumplir mi pequeño encargo. Me deslicé hasta un área de cultivo de flores exóticas que el reino exportaba, tomé una muestra del polen de la flor, la guardé en mi frasco especial y volví a su lado en menos de un minuto. Mi tarea estaba lista.
Tras el mediodía, llegó el ofrecimiento del café con sabor a tierra. Era cierto que sabía a tierra. Habíamos vuelto a su puesto improvisado junto a los barriles. Hablamos de emociones como el miedo, de en dónde nacen y de cómo las heridas emocionales, a menudo, son más difíciles de suturar que un corte profundo. El sol estaba en su punto más alto. Ashwin tomó su taza, la llenó de una pócima aún más oscura de un termo oxidado, y me la tendió. No con un plato, sino directamente con la gran taza—. Tómatelo. Te pondrá los pies en la tierra. Literalmente.
El simple acto de beber de esa taza, que para mí era poco menos que un caldero, fue un reto. Tuve que usar ambas manos y beber del borde, casi como si me asomara a un pozo. El primer sorbo fue un shock. Un golpe directo a mis papilas gustativas, que chillaron “¡traición!”. Mi cara se agrió. Ashwin estalló en risa. Y con motivo. Debía haber parecido la caricatura de un ratón probando vinagre. Su risa fue contagiosa. Yo también reí, avergonzada y divertida a la vez—. Te lo dije —dijo, con esa sonrisa ladeada, cargada de picardía—. Es café para marineros. Si no te asienta, te despierta a patadas.
Después de ese primer sorbo, la bebida pareció transformarse. El amargor inicial se suavizó, dejando un regusto persistente que, curiosamente, limpiaba la náusea del mar. La cafeína me golpeó con una fuerza que no esperaba. Todo lo demás supo a gloria. No era dulce, no era suave, pero era café. Fue en ese momento de risa que mi confianza se cimentó. Primer gran error. Confié en un humano en un puerto aleatorio de South Blue, basándome puramente en la resonancia de su pasión por la curación y su risa. Había ignorado todas las advertencias de mi familia, todos los miedos heredados. Había dejado de lado la cautela que me enseñaron a tener con la mirada de los humanos. Lo que yo había interpretado como momentos junto a un compañero de oficio, bien podría ser otra cosa. Podría ser cinismo o algo peor. Pero en aquel momento supe que él era el compañero de experimentos que había buscado. Él tenía el conocimiento de la macrobiología, yo el de la micro. Podríamos crear algo importante.
— Necesito estabilidad —le dije, volviendo a la seriedad—. Un lugar donde poder ayudar a la gente sin tener que esconderme de los borrachos.
La tarde avanzó. El sol se hundió, pintando el agua con tonos rojos y malvas que se perdían en la bahía. El movimiento en el puerto se ralentizó, dejando solo el sonido de las ola golpeando a los barcos. Ashwin recogió su taza y su libro de Botánica para novatos—. Hay un lugar. No es un palacio, pero no tiene borrachos —me dijo—. Es mi consultorio.
Me ofreció quedarme en su pequeño consultorio, un refugio medio escondido de la vida pública. Se encontraba encajado entre una taberna ruidosa y un callejón de piedra húmeda que olía a moho. Un lugar perfecto para una Tontatta que necesita discreción. Me mostró el camino. La entrada tenía una puerta de madera vieja, casi invisible, que se abría a un único cuarto. Olía a hierbas secas y a humanidad enferma, un olor extraño, desagradable, y aun así… reconfortante, como si mi cuerpo hubiese decidido por mí que ese era mi sitio. Había una mesa de madera como escritorio, un catre simple para los pacientes y estanterías llenas de tarros y más libros destrozados. Era un caos ordenado, el caos de un hombre que sabía dónde estaba cada cosa aunque pareciera desorganizado.
— Instálate —dijo, encendiendo un pequeño farol de aceite—. Aquí puedes experimentar sin que nadie te moleste. Y puedes empezar a buscar pacientes. El puerto siempre necesita curación.
Mi corazón se infló con una esperanza feroz al escuchar sus palabras. Había encontrado refugio, un compañero y la oportunidad de poner en práctica todo lo que había aprendido. Desempaqué mi mochila, sacando mis herramientas y mi pequeño microscopio de bolsillo, que para él sería una lupa. Mientras Ashwin se preparaba para salir a buscar algo de cena, se detuvo en el umbral de la puerta—. El conocimiento tiene un precio, Alana —me advirtió, y ahí algo en mi estómago se retorció, como si fuese un presagio que prefería ignorar—. Yo no soy un hombre fácil de encariñar, ni mis lecciones son amables. Pero si te quedas, obtendrás más de lo que jamás soñaste.
Lo miré, sintiendo un escalofrío. Me recordó que mi primer error no era solo confiar, sino ignorar el peso que llevaba en sus hombros. Entonces me fijé en una mancha de polen que tenía en su camisa pero la ignoré, igual que todos los avisos que la gente de Green Bit me dieron—. Estoy lista para el precio, doctor Lacroix —respondí con firmeza. Con esa declaración, cerró la puerta, dejándome sola en la penumbra de su consultorio.
No tardé en descubrir que la mancha en su camisa no era polen inofensivo. Y que su sonrisa, aquella primera sonrisa, ocultaba un secreto que podría haberme costado mucho más que mi corazón. Pero eso, por ahora, era parte de la espera.
