26-11-2025, 10:54 PM
La respuesta de Urususu no llegó a pillar del todo desprevenido al Marine, que había contemplado la posibilidad de que reaccionase así. En casos como los de los comerciantes, especialmente, era frecuente que mostrasen cierta reticencia a colaborar con la Justicia, por una inquietud, un miedo de que esto pudiese afectar a sus negocios. No podía culparle. Stroud permaneció impasible ante las palabras del babuino, si bien un conversador avispado hubiera podido percibir señales de exasperación en su siempre impasible rostro. Un ligero torcer en la comisura derecha del labio, una ligera vibración en el párpado izquierdo cuando el mink agitó el dedito delante de él en un movimiento de negación. El dedito. Jamás fallaba. Urususu era exactamente el tipo de persona, tal vez el único, que lograba poner de los nervios al joven Marine. De esos pocos elegidos con el excepcional talento de subir la tensión arterial del contramaestre Redgrave con tan solo unas palabras, una de esas encarnaciones del caos que parecían creadas con el propósito exclusivo de exasperar al personal. El colmo fue cuando pareció estar al borde de babear ante las féminas presentes. Un observador avezado habría podido percibir cómo los engranajes del cerebro de Stroud trabajaban a toda máquina para bajar el pulso y no exasperarse más de la cuenta.
"Disculpe, caballero, pero no tengo interés ninguno en cerrarle el chiringuito. Ni a usted ni a su acompañante," puntualizó, echando una mirada al inquietante Pawurs. Era consciente de que no estaba en posición de nada de eso, y mucho menos con el lamentable aspecto que presentaba tras la pelea de minutos atrás, cubierto de sangre y polvo, y con su abrigo hecho jirones. Estaba lejos de ser intimidamente, y más para un tipo como Urususu, y lo sabía. "Entiendo que están aquí para hacer sus cosas, y la Justicia no tiene problemas con un negocio legítimo como el suyo. Pero, como comprenderá, la situación que se ha vivido aquí ha sido más que anómala, lo cual requiere una investigación. ¿Puedo convencerle de que me eche un cable entre venta y venta?," inquirió. Llevaba más bien poco dinero encima, pero sabía que aquel era, al menos, el único lenguaje que hablaría alguien como Urususu. Suspirando, rebuscó en el bolsillo interior de su maltratado abrigo de Marine y extrajo un puñadito de de billetes. Con cuidado, meticulosa y pausadamente, los unió todos en un fajo ordenadito de grosor uniforme, al tiempo que los contaba, y dejó que el mink lo viese. Un vistazo rápido sería suficiente, sobre todo para un comerciante tan experimentado como Urususu, para saber que contenía unos 40.000 berries.
Habiéndolo mostrado brevemente, volvió a guardar el fajo, poniéndolo a salvo mientras esperaba una respuesta del imprevisible babuino. Si el mink venía a hacer negocios, Stroud le ofrecería negocios; los berries eran el idioma común, una lengua que todo el mundo entendía, al fin y al cabo. Su única preocupación era, sin embargo, que aquello le pareciese insultantemente poco y acabase por resultar contraproducente. Por otro lado, el sueldo de un contramaestre tampoco era para tirar cohetes, así que bien valía el intento. Echó un rápido vistazo a su alrededor, siguiendo su constante instinto de mantener un control claro del espacio que lo rodeaba, de las distancias. Entornando los ojos, contempló con algo más de detalle las caras de algunos de los presentes, que se aseguraría de recordar. Algunas no serían complicadas, como la del pelirrojo o la peculiar mujer de las cicatrices. Otros, sin embargo, hacían evidente su deseo por pasar desapercibidos, como el birkaniano que había hablado con Kibai. Convenía no perder de vista a ninguno de ellos.
A su alrededor, los presentes parecían continuar arremolinándose, en sus distintas interacciones, en torno a los distintos elementos que conformaban esa suerte de maquiavélica grada de teatro que se encontraba sobre la torre. Los sillones, la comida, la carpa. Algunos parecían más interesados en saquear el lugar que otra cosa, pero, de nuevo, no podía culparlos. Su cerebro continuaba trabajando, de fondo, en intentar unir todos los cabos, todas las piezas de aquel endiablado puzle. Y estaba cerca de lograrlo, pero había cosas que se le escapaban, o que simplemente no podían ser. ¿No tenía constancia el Gobierno Mundial de una encerrona como aquella en la misma entrada al Grand Line, y justo en la precisa ocasión en que por fin abrían el paso desde el South Blue? ¿Quiénes habían sido los espectadores del sanguinario espectáculo, y de dónde habían sacado los medios para algo como aquello? Si el cubículo en que habían peleado, como sospechaba, era de origen antrópico, había incluso usuarios de frutas bastante poderosos de por medio. Era imprescindible que llegase al fondo de aquel asunto, y no solo por él, sino por quienes viniesen detrás y por el bien de la Justicia.
"Disculpe, caballero, pero no tengo interés ninguno en cerrarle el chiringuito. Ni a usted ni a su acompañante," puntualizó, echando una mirada al inquietante Pawurs. Era consciente de que no estaba en posición de nada de eso, y mucho menos con el lamentable aspecto que presentaba tras la pelea de minutos atrás, cubierto de sangre y polvo, y con su abrigo hecho jirones. Estaba lejos de ser intimidamente, y más para un tipo como Urususu, y lo sabía. "Entiendo que están aquí para hacer sus cosas, y la Justicia no tiene problemas con un negocio legítimo como el suyo. Pero, como comprenderá, la situación que se ha vivido aquí ha sido más que anómala, lo cual requiere una investigación. ¿Puedo convencerle de que me eche un cable entre venta y venta?," inquirió. Llevaba más bien poco dinero encima, pero sabía que aquel era, al menos, el único lenguaje que hablaría alguien como Urususu. Suspirando, rebuscó en el bolsillo interior de su maltratado abrigo de Marine y extrajo un puñadito de de billetes. Con cuidado, meticulosa y pausadamente, los unió todos en un fajo ordenadito de grosor uniforme, al tiempo que los contaba, y dejó que el mink lo viese. Un vistazo rápido sería suficiente, sobre todo para un comerciante tan experimentado como Urususu, para saber que contenía unos 40.000 berries.
Habiéndolo mostrado brevemente, volvió a guardar el fajo, poniéndolo a salvo mientras esperaba una respuesta del imprevisible babuino. Si el mink venía a hacer negocios, Stroud le ofrecería negocios; los berries eran el idioma común, una lengua que todo el mundo entendía, al fin y al cabo. Su única preocupación era, sin embargo, que aquello le pareciese insultantemente poco y acabase por resultar contraproducente. Por otro lado, el sueldo de un contramaestre tampoco era para tirar cohetes, así que bien valía el intento. Echó un rápido vistazo a su alrededor, siguiendo su constante instinto de mantener un control claro del espacio que lo rodeaba, de las distancias. Entornando los ojos, contempló con algo más de detalle las caras de algunos de los presentes, que se aseguraría de recordar. Algunas no serían complicadas, como la del pelirrojo o la peculiar mujer de las cicatrices. Otros, sin embargo, hacían evidente su deseo por pasar desapercibidos, como el birkaniano que había hablado con Kibai. Convenía no perder de vista a ninguno de ellos.
A su alrededor, los presentes parecían continuar arremolinándose, en sus distintas interacciones, en torno a los distintos elementos que conformaban esa suerte de maquiavélica grada de teatro que se encontraba sobre la torre. Los sillones, la comida, la carpa. Algunos parecían más interesados en saquear el lugar que otra cosa, pero, de nuevo, no podía culparlos. Su cerebro continuaba trabajando, de fondo, en intentar unir todos los cabos, todas las piezas de aquel endiablado puzle. Y estaba cerca de lograrlo, pero había cosas que se le escapaban, o que simplemente no podían ser. ¿No tenía constancia el Gobierno Mundial de una encerrona como aquella en la misma entrada al Grand Line, y justo en la precisa ocasión en que por fin abrían el paso desde el South Blue? ¿Quiénes habían sido los espectadores del sanguinario espectáculo, y de dónde habían sacado los medios para algo como aquello? Si el cubículo en que habían peleado, como sospechaba, era de origen antrópico, había incluso usuarios de frutas bastante poderosos de por medio. Era imprescindible que llegase al fondo de aquel asunto, y no solo por él, sino por quienes viniesen detrás y por el bien de la Justicia.
Información

![[Imagen: 7oac6oR.gif]](https://i.imgur.com/7oac6oR.gif)
![[Imagen: pDWijAU.png]](https://i.imgur.com/pDWijAU.png)