28-11-2025, 11:02 AM
Día 25 de Invierno, Año 16
Mystoria, Costa Sureste
12:00 PM (Mediodía)
El sol de mediodía colgaba sobre Mystoria como un juez observando el duelo que estaba por desarrollarse. Los animales de la isla, testigos de incontables batallas desde que la División 9 la reclamara para la Marina, parecían contener el aliento pues la zona donde se llevaría a cabo el combate había quedado completamente deshabitada tras la devastación del fuego dracónico. Las olas del mar rompían con un ritmo constante contra la costa, como tambores de guerra marcando el compás de lo que vendría. En el Nuevo Mundo, donde cada día podía ser el último y cada combate determinaba quién sobreviviría y quién caería en el olvido, los entrenamientos eran pruebas de fuego donde se forjaba el temple necesario para enfrentar a los monstruos que habitaban estas aguas. Hoy mediría mis habilidades contra uno de los espadachines más letales que navegaban los mares. Desde la derrota del dragón que había dominado estas tierras con su presencia ígnea, el calor extremo que antes hacía imposible respirar había cedido a temperaturas más tolerables. Aún hacía calor, a pesar del invierno, pero era un calor seco y manejable, muy distinto al infierno abrasador de semanas atrás.
Caminé por la playa de arena volcánica gris oscuro que se extendía a lo largo de 400 metros en la costa sureste de la isla, específicamente en la zona apodada como ‘la trompa del elefante’ (aunque en más de una taberna del Paraíso le hubieran llamado ‘la tanga de Garnet’), un nombre apropiado considerando la forma característica que Mystoria presentaba desde el aire. Mis pies descalzos se hundían ligeramente en la arena caliente con cada paso, dejando huellas claramente marcadas. La capa blanca del uniforme de la Marina ondeaba suavemente con las ráfagas de viento, sus bordes dorados colgando de mis hombros sobre mi camisa abierta que revelaba mi torso desnudo decorado con patrones tribales verde neón. Los guantes de combate que cubrían mis manos se ajustaban perfectamente a mis dedos. El faro blanco se alzaba a 120 metros tierra adentro desde donde me encontraba, su estructura de 25 metros de altura proyectando una sombra larga hacia el oeste. El terreno alrededor era completamente abierto, pues el fuego del dragón había consumido toda la vegetación que alguna vez creció aquí, dejando solo cenizas, rocas volcánicas negras dispersas y tierra quemada, el agua besando mis pies dejando una sensación familiar que me invitaba a nadar. Era el lugar perfecto para lo que tenía en mente.
Le había pedido este favor a Viktor hace tres días, después de observarlo entrenar con sus katanas cerca del campamento base de la División 9. Su reputación como espadachín era conocida en todo el mundo, sus hazañas alado de Sohem y Shoto siendo contadas por los periódicos desde mucho antes que me enlistara en la Marina. Yo necesitaba mejorar mi combate contra oponentes armados, mi estilo de lucha se basaba en golpes y técnicas de gyojin karate, pero enfrentar espadachines de alto nivel requería precisión, timing y una comprensión profunda de cómo leer movimientos de espada de la que carecía totalmente al no haber enfrentado a ninguno en un combate en igualdad de condiciones pues aquel espadachín de un solo brazo que enfrente en Sabaody apenas y soporto un par de golpes, su compañero alado-enmascarado de quien aún conservaba la pluma que me regalo tras el combate era quien en realidad había supuesto un peligro en aquella ocasión. Viktor había aceptado con una sonrisa tranquila que no revelaba si consideraba esto un entrenamiento casual o una oportunidad para vapulear a un Comodoro de la Marina. Me quede esperando a 120 metros del faro, donde la arena daba paso a tierra compacta y oscura. Desde aquí tenía una vista clara de todo el perímetro, el mar a mis espaldas a 2 metros, el faro delante, y espacio abierto en todas direcciones. Tres rocas volcánicas de 3 metros de radio esférico descansaban dispersas en el área, una a 15 metros en diagonal a mi izquierda, otra a 25 metros al frente de mí, y la tercera igual a 15 metros en diagonal, pero hacia el faro, formando un rombo entre las tres piedras y yo. El viento soplaba constante desde el oeste con la fuerza suficiente para hacer ondear mi capa hacia atrás.
El sol brillaba directamente sobre nosotros sin nubes que lo obstruyeran. La visibilidad era perfecta en todas direcciones, podía ver claramente hasta el horizonte marino al este y las montañas distantes al oeste a varios kilómetros. El silencio era casi absoluto excepto por el sonido rítmico de las olas rompiendo contra la playa cada 8 segundos y el ocasional graznido de gaviotas que volaban en círculos a 60 metros de altura sobre la bahía. Esperé, sintiendo cómo el calor de la arena se filtraba a través de mis pies mientras escaneaba el perímetro buscando la figura distintiva del hombre de pelo blanco como la nieve y su característica capa azul. Hoy no habría sangre ni muerte, pero la lección sería igual de valiosa pues la diferencia entre la vida y la muerte en estas aguas a menudo se reducía a segundos, a decisiones tomadas en fracciones de momento cuando el acero cortaba el aire y el instinto era lo único que separaba la victoria de la derrota, a la vida de la muerte. Porque en el fondo, cada combate - incluso entre aliados - era una danza con la mortalidad, un recordatorio de que, en cualquier momento, el próximo oponente podría no ser tan benevolente. Y por eso estaba aquí, bajo el sol implacable de Mystoria, listo para aprender lo que solo el filo de una espada podía enseñar.
Resumen
Mapa de la Zona
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