Día 3 de Otoño, año 16.
Ryoma, “El martillo”, estaba suelto en la Isla del Karate. La última comunicación vía Den Den Mushi con el cuartel general informó a Enji del problema con Ryoma, este estudiante de artes marciales descarrillado que ahora daba caza y apalizaba a otros peleadores a lo largo y ancho de la isla. Encontrarlo estaba siendo todo un problema. Elegía bien cuándo y cómo atacar, conocía los senderos escondidos, las entradas tapadas por el follaje, y se movía por la hierba alta con extremo sigilo. Una sombra difícil de alumbrar. La investigación oficial estaba parada.
La investigación extra oficial corría por cuenta suya.
La chispa del mechero encendió su fuego y la llama, brillante en la noche, dio vida al cigarro. Enji inspiró, prendido del filtro como un bebé del seno materno. El humo invadió sus pulmones, los llenó, y por un instante se sintió completo. Un efímero segundo de plenitud. Paz. Después, exhaló.
El mundo volvió a saber a mierda.
—Entonces, este es el lugar —dijo, parado frente a la puerta de un viejo bar ubicado en el más oscuro y desgastado pueblito de la isla. Una zona gris, demasiado alejada de los dojos principales como para tener presencia regular de sus guerreros—. Como no sea mínimamente útil, voy a matar el viejo idiota que me recomendó venir aquí.
La fuente de su información era igual de confiable que los elásticos de su ropa interior; sin embargo, no tenían muchas otras opciones. Era ese bar o salir a peinar los bosques, praderas y la gran montaña hasta dar, por cosa de suerte, con el luchador de los nudillos de hierro. Arrojarse a la pileta o saltar al río.
Enji pateó la puerta y la luz de la luna entró junto a él. Un rayo de luz que delineó su figura en el suelo y le hizo sombra a la barra. Estaba en boxers, pero la gorra de la marina permaneció sobre su cabeza. El cuerpo semi desnudo era lienzo de una docena de cicatrices pero una entre todas ellas destacaba, brillando como un sol en su costado derecho, entre la cadera y las costillas. La marca de una puñalada rodeada de quemaduras, que, como los rayos del astro, se expandían desde su epicentro.
—Oi —llamó la atención de los presentes, primero con su patada, después con su saludo y, por último, dando fuertes pasos hacia la barra. La madera crujía bajo sus pies.
Llegó a la barra, se acomodó en uno de los altos taburetes de madera y giró para encarar el salón. Subió los codos a la mesa detrás suya, reclinándose.
—Escuché que aquí hay “alguien” que me puede ayudar a encontrar a otro alguien —dijo—. Lo primero: mis ojos están arriba, hijos de puta. Segundo: sí, es el símbolo que creen que es en la puta gorra. Y tercero: me importa una mierda quienes sean o lo que hagan. Quiero información, no llevarme preso a nadie. ¿Nos entendemos? —Dio un rápido vistazo en derredor—. ¿Dónde está el “Misterioso señor”? No tengo toda la noche.
