El atardecer teñía todo de un dorado cálido que hacía parecer al mar como un enorme espejo líquido. El timón crujía bajo mis manos mientras lo sostenía con los dedos tensos, encorvado para no darle un tirón accidental; incluso agrandado, seguía siendo ridículamente pequeño para mí. A veces sentía que manejaba un juguete gigante. Llevaba mi camisa playera púrpura, esa con flores amarillas que tanto le gustaba a MM, abierta por el pecho para no morir de calor, y mi pantalón corto color crema ya tenía manchas de sal y sudor que contaban por sí solas todo el viaje. De fondo sonó el grito de Hyákinthos desde el puesto de vigía, emocionado como siempre: ¡había visto Little Garden! Las voces del resto empezaron a estallar como si el barco entero despertara, y en medio de ese caos feliz, Jensen me dio una palmada en la pierna que sentí como cuando te pisa un gato, pero más húmedo. Le respondí con un gruñido amistoso sin apartar los ojos del horizonte.
—¿Si sé lo que se viene…?— Repetí para Hyak, elevando la voz sobre el viento. —Pues te seré sincero, doc. He navegado por medio mundo, pero esta parte de la corriente Rakusei casi nunca la toqué.— Moví el timón con un giro suave, sintiendo el peso del barco reaccionar. —Lo único que puedo decirte es lo que veo: esa isla está llena de árboles, y parece mas espesa que mi barba cuando no me la peino. Selva pura… y si hay selva, hay bichos. Y si hay bichos, hay enfermedades. Así que apenas toquemos tierra prepárate para revisarnos a todos como si fuéramos ganado.— Lo dije medio en broma, medio en serio. Ya había lidiado con islas así y no tenía ni un poco de ganas de traerme fiebre de algún mosquito jurásico.
En medio de la conversación sentí unas pequeñas pataditas ascendiendo por mi costado, y antes de siquiera mirar ya sabía quién era. MM trepó como si fuera ardilla hasta acomodarse en mi hombro, sus piernitas colgando y su sonrisa. Giré los ojos hacia ella y le di una pequeña sonrisita agradecida por sus palabras. —Gracias, MM… lo intento — Murmuré por lo bajo, seguía concentrado en maniobrar el navío, aunque la voz salió igual de grande que siempre. Cuando preguntó si los árboles de la isla eran bonsáis como los del dojo, tuve que soltar una carcajada que hizo vibrar la barandilla. —No soy experto en plantas, pero estoy bastante seguro de que esos NO son bonsáis. —
Cada metro que avanzábamos hacia Little Garden hacía que el mar se volviera más caprichoso. Las olas tomaron fuerza, como si la isla rechazara nuestra llegada, y el casco comenzó a vibrar. Lo sentí primero en las piernas… y luego lo vi. Un cambio súbito en la textura del agua, un remolino pequeño, apenas perceptible… y allí, escondido entre el reflejo dorado del atardecer, un arrecife del tamaño de una casa. —¡AGÁRRENSE!— Grité, pegando un volantazo que hizo que el barco se inclinara peligrosamente hacia estribor. La madera gruñó como un animal herido y una lluvia de espuma salpicó la proa. Sentí el rasponazo del arrecife contra la quilla, un sonido chillón que me hizo apretar los dientes. Por poco. POR MUY poco.
El barco recuperó el equilibrio a los tumbos y solté un suspiro que podía haber desplazado una vela. —Ay, por mi barba… eso estuvo demasiado cerca…— Murmuré, golpeando suavemente el timón para felicitarlo por aguantar la maniobra. Miré hacia abajo a MM para asegurarme de que no se hubiera caído, y luego al resto. Todos seguían en pie, algunos blancos como la cera. —Tranquilos— Les dije con una sonrisa confiada que quizá no me creí del todo. —Seguro que solo arañó un poco el mascarón y la quilla. Nada que Jin no pueda arreglar después. Por ahora…— Miré la selva gigantesca y viva que se abría ante nosotros. —…Enfóquense en llegar enteros.—
Little Garden nos esperaba.
—¿Si sé lo que se viene…?— Repetí para Hyak, elevando la voz sobre el viento. —Pues te seré sincero, doc. He navegado por medio mundo, pero esta parte de la corriente Rakusei casi nunca la toqué.— Moví el timón con un giro suave, sintiendo el peso del barco reaccionar. —Lo único que puedo decirte es lo que veo: esa isla está llena de árboles, y parece mas espesa que mi barba cuando no me la peino. Selva pura… y si hay selva, hay bichos. Y si hay bichos, hay enfermedades. Así que apenas toquemos tierra prepárate para revisarnos a todos como si fuéramos ganado.— Lo dije medio en broma, medio en serio. Ya había lidiado con islas así y no tenía ni un poco de ganas de traerme fiebre de algún mosquito jurásico.
En medio de la conversación sentí unas pequeñas pataditas ascendiendo por mi costado, y antes de siquiera mirar ya sabía quién era. MM trepó como si fuera ardilla hasta acomodarse en mi hombro, sus piernitas colgando y su sonrisa. Giré los ojos hacia ella y le di una pequeña sonrisita agradecida por sus palabras. —Gracias, MM… lo intento — Murmuré por lo bajo, seguía concentrado en maniobrar el navío, aunque la voz salió igual de grande que siempre. Cuando preguntó si los árboles de la isla eran bonsáis como los del dojo, tuve que soltar una carcajada que hizo vibrar la barandilla. —No soy experto en plantas, pero estoy bastante seguro de que esos NO son bonsáis. —
Cada metro que avanzábamos hacia Little Garden hacía que el mar se volviera más caprichoso. Las olas tomaron fuerza, como si la isla rechazara nuestra llegada, y el casco comenzó a vibrar. Lo sentí primero en las piernas… y luego lo vi. Un cambio súbito en la textura del agua, un remolino pequeño, apenas perceptible… y allí, escondido entre el reflejo dorado del atardecer, un arrecife del tamaño de una casa. —¡AGÁRRENSE!— Grité, pegando un volantazo que hizo que el barco se inclinara peligrosamente hacia estribor. La madera gruñó como un animal herido y una lluvia de espuma salpicó la proa. Sentí el rasponazo del arrecife contra la quilla, un sonido chillón que me hizo apretar los dientes. Por poco. POR MUY poco.
El barco recuperó el equilibrio a los tumbos y solté un suspiro que podía haber desplazado una vela. —Ay, por mi barba… eso estuvo demasiado cerca…— Murmuré, golpeando suavemente el timón para felicitarlo por aguantar la maniobra. Miré hacia abajo a MM para asegurarme de que no se hubiera caído, y luego al resto. Todos seguían en pie, algunos blancos como la cera. —Tranquilos— Les dije con una sonrisa confiada que quizá no me creí del todo. —Seguro que solo arañó un poco el mascarón y la quilla. Nada que Jin no pueda arreglar después. Por ahora…— Miré la selva gigantesca y viva que se abría ante nosotros. —…Enfóquense en llegar enteros.—
Little Garden nos esperaba.
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