05-12-2025, 06:26 PM
El rostro de Bai se torció en una mueca que mezclaba perplejidad y desconcierto pues, si el «corazón» si significaba lo mismo que en su región —y por norma general solía significar exactamente eso allá a donde fuera—, implicaba cosas que jamás, bajo ninguna constelación, le habían pasado por la cabeza.
—¿Cómo? —logró articular, parpadeando como si tratara de ahuyentar mosquitos imaginarios—. No, no, no —repitió, moviendo los brazos en una torpe cruz defensiva, mientras sus mejillas adquirían el color exacto de una puesta de sol avergonzada.
¿Acaso los habrían escuchado?
Magnífico. Justo lo que necesitaba: un posible público para sus noches pasionales.
Luego, sacudió la cabeza para expulsarla, pero al hacerlo, aquella idea solo hizo espacio para otra completamente nueva, que apareció con un sonidito externo muy claro: «tu».
Era Kay, cediéndole una copa. Burbujeante y helada.
—Oh, gra—dijo mientras la observaba tomar la suya y empezar a beber—...cias.
E imitando a Kay —lo cual siempre es un riesgo—, tomó la propia y dio un sorbo. De inmediato, una estampida de burbujas chisporroteantes se lanzó de cabeza por sus fosas nasales, provocándole un cosquilleo que se debatía entre lo desagradable y un intento fallido de masaje nasal. Su paladar, mientras tanto, se llenó de un sabor que parecía haber intentado ser afrutado, pero que cambió de opinión a mitad de proceso.
Definitivamente, no era vino.
Y entonces la vio.
Al bajar la mirada, con la copa aún entre los labios yel líquido descendiendo por su garganta como un viajero apresurado, observó a la mujer nívea a cabar su taza… de un solo trago.
¿De verdad debía beberlo de una vez?
Bueno… lo intentaría.
Así, de pronto el sorbo se convirtió en un trago largo que parecía tender hacia la infinitud, pero, a mitad de camino, su dignidad decidió abandonarla. Se atragantó con el sabor, tosió y tuvo que dejar la copa sobre la mesa antes de que la situación escalara a tragedia húmeda no sexual.
Un hilo de alcohol se deslizó por la comisura de sus labios. Bai intentó limpiarse con el dorso de la mano, fallando ligeramente en la puntería emborronando sus labios.
El pecho le ardía. La garganta también. El estómago… ya estaba redactando una queja formal.
Y, sin embargo, sintió una calidez sospechosa empezar a subirle a la cabeza.
Oh, no.
¿Qué era eso?
No estaba del todo segura. De hecho, no tenía certeza alguna. Y aún así, la invitación al lugar y la sonrisa le hacía sentirse bien.
Aún así había algo que quería saber. ¿Qué llevaba esa cosa?
Se inclinó un poco hacia delante, examinando la copa con cautela y preguntándose por qué burbujeaba tanto si no había necesidad de ser tan… efervescente.
Inspiró hondo.
Entonces, una burbuja rebelde decidió lanzarse hacia su nariz como si se tratara de un acto suicida de espuma. Bai retrocedió, se frotó la cara y se preguntó, por primera vez, si aquella bebida tenía algún tipo de personalidad agresiva.
Bai entrecerró los ojos observándola.
—Muy bien —murmuró—. Si quieres pelear… peleemos.
La copa burbujeó más fuerte, como si aceptara el desafío.
Bai enderezó la espalda con dignidad —o lo que le quedaba de ella— y tomó una decisión que, en retrospectiva, no parecía la más inteligente, pero en ese momento le resultó completamente lógica: combatir la agresividad bebiéndosela.
Una estrategia valiente. O estúpida. Difícil distinguirlas cuando había alcohol de por medio.
Cogió la copa con ambas manos, la levantó y, con determinación, dio un trago largo; el líquido descendió por su garganta como si llevase prisa por explorar sus órganos internos. El sabor explotó, las burbujas chisporrotearon… y la bebida pareció emitir un diminuto «¡ha!» victorioso.
Bai golpeó suavemente la copa contra la mesa, triunfante.
—Ja —dijo, jadeando un poco y sintiéndose triunfal.
Había ganado la batalla y no deseaba otra más. Así que agarró la tablilla y, confundiendo la «×» con un «+», indicó a Kay entusiasmo que quería más pese a tratar de pedirle lo contrario.
—Kay —le llamó al tiempo que alzaba las manos a la altura del pecho y las desplazaba en un suave vaivén —¿Bailas?
—¿Cómo? —logró articular, parpadeando como si tratara de ahuyentar mosquitos imaginarios—. No, no, no —repitió, moviendo los brazos en una torpe cruz defensiva, mientras sus mejillas adquirían el color exacto de una puesta de sol avergonzada.
¿Acaso los habrían escuchado?
Magnífico. Justo lo que necesitaba: un posible público para sus noches pasionales.
Luego, sacudió la cabeza para expulsarla, pero al hacerlo, aquella idea solo hizo espacio para otra completamente nueva, que apareció con un sonidito externo muy claro: «tu».
Era Kay, cediéndole una copa. Burbujeante y helada.
—Oh, gra—dijo mientras la observaba tomar la suya y empezar a beber—...cias.
E imitando a Kay —lo cual siempre es un riesgo—, tomó la propia y dio un sorbo. De inmediato, una estampida de burbujas chisporroteantes se lanzó de cabeza por sus fosas nasales, provocándole un cosquilleo que se debatía entre lo desagradable y un intento fallido de masaje nasal. Su paladar, mientras tanto, se llenó de un sabor que parecía haber intentado ser afrutado, pero que cambió de opinión a mitad de proceso.
Definitivamente, no era vino.
Y entonces la vio.
Al bajar la mirada, con la copa aún entre los labios yel líquido descendiendo por su garganta como un viajero apresurado, observó a la mujer nívea a cabar su taza… de un solo trago.
¿De verdad debía beberlo de una vez?
Bueno… lo intentaría.
Así, de pronto el sorbo se convirtió en un trago largo que parecía tender hacia la infinitud, pero, a mitad de camino, su dignidad decidió abandonarla. Se atragantó con el sabor, tosió y tuvo que dejar la copa sobre la mesa antes de que la situación escalara a tragedia húmeda no sexual.
Un hilo de alcohol se deslizó por la comisura de sus labios. Bai intentó limpiarse con el dorso de la mano, fallando ligeramente en la puntería emborronando sus labios.
El pecho le ardía. La garganta también. El estómago… ya estaba redactando una queja formal.
Y, sin embargo, sintió una calidez sospechosa empezar a subirle a la cabeza.
Oh, no.
¿Qué era eso?
No estaba del todo segura. De hecho, no tenía certeza alguna. Y aún así, la invitación al lugar y la sonrisa le hacía sentirse bien.
Aún así había algo que quería saber. ¿Qué llevaba esa cosa?
Se inclinó un poco hacia delante, examinando la copa con cautela y preguntándose por qué burbujeaba tanto si no había necesidad de ser tan… efervescente.
Inspiró hondo.
Entonces, una burbuja rebelde decidió lanzarse hacia su nariz como si se tratara de un acto suicida de espuma. Bai retrocedió, se frotó la cara y se preguntó, por primera vez, si aquella bebida tenía algún tipo de personalidad agresiva.
Bai entrecerró los ojos observándola.
—Muy bien —murmuró—. Si quieres pelear… peleemos.
La copa burbujeó más fuerte, como si aceptara el desafío.
Bai enderezó la espalda con dignidad —o lo que le quedaba de ella— y tomó una decisión que, en retrospectiva, no parecía la más inteligente, pero en ese momento le resultó completamente lógica: combatir la agresividad bebiéndosela.
Una estrategia valiente. O estúpida. Difícil distinguirlas cuando había alcohol de por medio.
Cogió la copa con ambas manos, la levantó y, con determinación, dio un trago largo; el líquido descendió por su garganta como si llevase prisa por explorar sus órganos internos. El sabor explotó, las burbujas chisporrotearon… y la bebida pareció emitir un diminuto «¡ha!» victorioso.
Bai golpeó suavemente la copa contra la mesa, triunfante.
—Ja —dijo, jadeando un poco y sintiéndose triunfal.
Había ganado la batalla y no deseaba otra más. Así que agarró la tablilla y, confundiendo la «×» con un «+», indicó a Kay entusiasmo que quería más pese a tratar de pedirle lo contrario.
—Kay —le llamó al tiempo que alzaba las manos a la altura del pecho y las desplazaba en un suave vaivén —¿Bailas?
