05-12-2025, 11:04 PM
El frío del norte me sienta raro. No es que no lo tolere —mi cuerpo aguanta climas más feroces— pero hay algo en esa bruma húmeda que me despeina el ánimo y me baja de la tarima invisible donde suelo desfilar. El viento acá parece tener vocación de mayordomo: anuncia cosas, incomoda con elegancia, y después te deja pensando si deberías haber respondido con una reverencia o con una trompada.
Yo, con mis cuatro metros mal distribuidos entre alas opulentas, piernas largas y una espalda hecha a escala de tragedia griega, camino como quien está por apropiarse del reino o incendiarlo. No porque tenga ganas de hacerlo, sino porque es lo único que me enseñaron a hacer: existir en exceso.
Entonces ocurrió: el leve impacto, casi imperceptible para cualquier humano, en mi pantorrilla. La naranja me pegó en el empeine como un intento tímido de conversación, y cuando levanté la mirada, ella ya había construido el teatro entero: la sonrisa medida, la postura ensayada, las preguntas filosóficas que nadie responde pero todos dejan caer como si fueran oro, y el temblor sutil en las manos bien cuidadas.
Yo no respondí enseguida; no por timidez, sino por entretenimiento. Era raro ver a alguien tan empeñada en parecer interesante mientras se le caían las frutas como si el universo le estuviera escupiendo en cámara lenta.
Bajé un poco la cabeza para no intimidarla con la sombra que proyectaba mi cuerpo; exageración innecesaria, pero útil. Las alas en mi espalda se recogieron solas, como un reflejo, para no golpearle las bolsas. A veces olvido que la gente pregunta si son reales, pero aprendí que lo desconocido vale más si no lo explicás.
— El clima de esta isla es traicionero — murmuré, viendo cómo el viento le movía el pelo y le arruinaba un poco el drama — Te cambia el humor, te cambia la piel, y te arruina las compras... es todo un tema. Pero parece que hoy te tiró tres golpes bajos de una.
Los tomates muertos en el suelo parecían un crimen pasional.
La naranja, en cambio, expectante. Como un perro esperando dueño.
— Amigo especial, ¿eh? — no pude evitar sonreír — Siempre es gracioso pensar que una fruta puede salvar un romance. O arruinarlo, depende quién la cocine.
Me agaché. No para servirla, sino para rescatar la naranja antes de que otro peatón la pisara. La levanté con delicadeza, torpe para mi tamaño, y la dejé sobre la mesa del café que estaba abandonado a medio cerrar.
—A mí me da igual si te gusta el té frío — respondí finalmente, enderezándome — Pero la gente que toma algo caliente para arreglar un día malo suele terminar contando anécdotas que no pidió nadie. Y yo todavía no decidí si vine acá a escuchar confesiones o a tomar sol.
El viento empujó el aroma de su perfume hacia mí. Dulzón, ambicioso, disfrazado de elegancia cuando en realidad gritaba inseguridad. Me hizo acordarme de alguien, a cómo se escondía detrás de fragancias costosas para no admitir que temblaba cada vez que hablábamos de futuro.
El nombre me mordió la lengua, pero no lo dejé salir.
Ese capítulo lo mantenía lejos, incluso acá, antes de animarme a escaparme para siempre.
— Y sí, no soy de acá — contesté, sin rodeos, cuando ella lo preguntó con esa voz de melaza seductora, haciendo tintinear las pulseras mientras elevaba las manos para acomodar los lentes de sol — Tampoco vine a hacer amigos. Pero si querés que tus frutas lleguen enteras, vas a tener que cambiar de estrategia. El mundo no perdona a quien carga más de lo que puede sostener.
La miré, sin bajar los ojos, finalmente jaloneando mi blusa por la zona del pecho que siempre decide desacomodarse cada vez que hago un movimiento que amerite recordar las leyes de gravedad.
— Igual, gracias por el consejo. Lo tomaría, pero si pido algo fresco, seguro termino enamorándome del bartender, y ya tuve suficiente drama romántico para una temporada. Hhh-heh-hhh~
Me reí, porque si no me río me vuelvo peligrosa.
Y porque la tristeza ajena tiene esa forma bonita de invitarnos a jugar, aunque sepamos que ninguno quiere perder.
Un aleteo suave; polvo que se levanta.
Mi mirada baja un momento a los tomates hechos puré, después asciende otra vez hacia su rostro, evaluando la pose, el control, la tensión bajo esa máscara de vanidad.
— Puedo ayudarte a juntar lo que queda, si querés. — ofrezco, sin moverme todavía — O podemos fingir que no pasó nada, y dejar que alguien se resbale y amalgame su existencia con salsa casera.
Un chiste. Ligerito. Medio negro. Del tipo que uso cuando estoy incómoda y quiero que parezca que no.
— Y si querés caminar, te acompaño. Si querés llorar, te consigo un lugar donde no te vean. Si querés pelear, bueno… elegiste la peor o la mejor contrincante posible, según cómo lo mires.
La observé un segundo más, con una ternura que no anuncié.
— Vos decidís, bebé. Yo hoy vine liviana. Pero puedo cargar peso si hace falta.
Yo, con mis cuatro metros mal distribuidos entre alas opulentas, piernas largas y una espalda hecha a escala de tragedia griega, camino como quien está por apropiarse del reino o incendiarlo. No porque tenga ganas de hacerlo, sino porque es lo único que me enseñaron a hacer: existir en exceso.
Entonces ocurrió: el leve impacto, casi imperceptible para cualquier humano, en mi pantorrilla. La naranja me pegó en el empeine como un intento tímido de conversación, y cuando levanté la mirada, ella ya había construido el teatro entero: la sonrisa medida, la postura ensayada, las preguntas filosóficas que nadie responde pero todos dejan caer como si fueran oro, y el temblor sutil en las manos bien cuidadas.
Yo no respondí enseguida; no por timidez, sino por entretenimiento. Era raro ver a alguien tan empeñada en parecer interesante mientras se le caían las frutas como si el universo le estuviera escupiendo en cámara lenta.
Bajé un poco la cabeza para no intimidarla con la sombra que proyectaba mi cuerpo; exageración innecesaria, pero útil. Las alas en mi espalda se recogieron solas, como un reflejo, para no golpearle las bolsas. A veces olvido que la gente pregunta si son reales, pero aprendí que lo desconocido vale más si no lo explicás.
— El clima de esta isla es traicionero — murmuré, viendo cómo el viento le movía el pelo y le arruinaba un poco el drama — Te cambia el humor, te cambia la piel, y te arruina las compras... es todo un tema. Pero parece que hoy te tiró tres golpes bajos de una.
Los tomates muertos en el suelo parecían un crimen pasional.
La naranja, en cambio, expectante. Como un perro esperando dueño.
— Amigo especial, ¿eh? — no pude evitar sonreír — Siempre es gracioso pensar que una fruta puede salvar un romance. O arruinarlo, depende quién la cocine.
Me agaché. No para servirla, sino para rescatar la naranja antes de que otro peatón la pisara. La levanté con delicadeza, torpe para mi tamaño, y la dejé sobre la mesa del café que estaba abandonado a medio cerrar.
—A mí me da igual si te gusta el té frío — respondí finalmente, enderezándome — Pero la gente que toma algo caliente para arreglar un día malo suele terminar contando anécdotas que no pidió nadie. Y yo todavía no decidí si vine acá a escuchar confesiones o a tomar sol.
El viento empujó el aroma de su perfume hacia mí. Dulzón, ambicioso, disfrazado de elegancia cuando en realidad gritaba inseguridad. Me hizo acordarme de alguien, a cómo se escondía detrás de fragancias costosas para no admitir que temblaba cada vez que hablábamos de futuro.
El nombre me mordió la lengua, pero no lo dejé salir.
Ese capítulo lo mantenía lejos, incluso acá, antes de animarme a escaparme para siempre.
— Y sí, no soy de acá — contesté, sin rodeos, cuando ella lo preguntó con esa voz de melaza seductora, haciendo tintinear las pulseras mientras elevaba las manos para acomodar los lentes de sol — Tampoco vine a hacer amigos. Pero si querés que tus frutas lleguen enteras, vas a tener que cambiar de estrategia. El mundo no perdona a quien carga más de lo que puede sostener.
La miré, sin bajar los ojos, finalmente jaloneando mi blusa por la zona del pecho que siempre decide desacomodarse cada vez que hago un movimiento que amerite recordar las leyes de gravedad.
— Igual, gracias por el consejo. Lo tomaría, pero si pido algo fresco, seguro termino enamorándome del bartender, y ya tuve suficiente drama romántico para una temporada. Hhh-heh-hhh~
Me reí, porque si no me río me vuelvo peligrosa.
Y porque la tristeza ajena tiene esa forma bonita de invitarnos a jugar, aunque sepamos que ninguno quiere perder.
Un aleteo suave; polvo que se levanta.
Mi mirada baja un momento a los tomates hechos puré, después asciende otra vez hacia su rostro, evaluando la pose, el control, la tensión bajo esa máscara de vanidad.
— Puedo ayudarte a juntar lo que queda, si querés. — ofrezco, sin moverme todavía — O podemos fingir que no pasó nada, y dejar que alguien se resbale y amalgame su existencia con salsa casera.
Un chiste. Ligerito. Medio negro. Del tipo que uso cuando estoy incómoda y quiero que parezca que no.
— Y si querés caminar, te acompaño. Si querés llorar, te consigo un lugar donde no te vean. Si querés pelear, bueno… elegiste la peor o la mejor contrincante posible, según cómo lo mires.
La observé un segundo más, con una ternura que no anuncié.
— Vos decidís, bebé. Yo hoy vine liviana. Pero puedo cargar peso si hace falta.
Vestimenta
