El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.]
#5
Sus ojos, sorprendidos pero cargados de una curiosidad luminosa, se abrieron un poco más. Pues, le resultaba insólito descubrir que un hombre tan joven, libre y aparentemente despreocupado confesara con tanta naturalidad su relación con el arte culinario.
Había visto a otros cocinar en plazas y fogones públicos, sí, pero escuchar a alguien admitirlo con esa franqueza… eso era distinto.
En su mente, acostumbrada a una visión más tradicional de la vida, aquella sinceridad sólo podía corresponder a alguien que conocía de verdad su oficio. Un chef excepcional, pensó, o al menos uno cuya pasión hablaba por él antes incluso que sus manos.

—Curioso... —musitó sin advertirlo mientras inclinaba aoenas la cabeza en un gesto breve ycasi reverencial que, en su lengua, significaba comprendo, lo valoro y lo apruebo.
Era su forma silenciosa de honrar lo que había visto nacer en él con una sola seña.

Después tomó asiento junto al marine y se dispuso a conversar con él. Para una vez que encontraba a alguien con quien hacerlo, no pensaba dejar escapar la oportunidad.
¡Y por todos los dioses, que iba a aprovecharla!

Ella quería saber, entender, conocer. Tenía mil preguntas sobre la isla, sobre cómo viajar a los otros Blues y, sobre todo, ¿cómo demonios un marine tan escuálido había aprendido su lengua?

Pero él no pensaba ponérselo fácil.

Estaba tan nervioso que mezclaba idiomas, tartamudeaba y, por si fuera poco, una de sus piernas no dejaba de temblar. ¿Es que acaso no había hablado jamás con otra mujer? Por suerte para él, la calma aparente de Bai y la suavidad de su voz fueron relajándolo poco a poco, hasta convertir la conversación en un momento sorprendentemente agradable.

—Al final resulta que hablabas mejor el idioma de lo que pensaba —dijo Bai mientras cortaba un trozo del pescado que tenía frente a ella.

—Bueno, es que… no estoy acostumbrado a recibir tanta atención.

Bai llevó el bocado a la boca y sintió un estallido de sabores tan delicado que no pudo evitar un pequeño gemido.

—¡Está delicioso! ¿Quieres probar?

Le ofreció su plato. El marine, tímido, aceptó.

—¿Quieres tú también? —preguntó él, devolviéndole el gesto justo cuando Uker salía de la cocina.

—¡Claro! —respondió Bai, deleitándose con la cocina del joven chef—. Creo que… Creo que hoy he tenido una maravillosa coincidenci—
Se interrumpió al ver aparecer al moreno del mechón blanco.

Hubo entonces un silencio. Un intercambio de sinceras sonrisas y un gesto por parte del nuevo.

Bai observó entonced a Uker levantar los pulgares con esa clase de curiosidad que uno suele reservar para animales exóticos, excentricidades o eventos que se escapan a toda lógica conocida. Inclinó la cabeza, alzó una ceja y emitió un «Hmmm…» tan meditativo que habría hecho creer a cualquiera que estaba a punto de resolver un misterio cósmico de importancia moderada pese a que, en realidad, sólo estaba terminando de procesar sus gestos.

Entonces, sus ojos se iluminaron como una bombilla que pasa toda su vida sin encontrar el interruptor correcto y de repente... ¡ZAS!

—¡Claro! —exclamó con la seguridad de quien no tiene la más remota idea, pero está decidido a actuar como si la tuviera.

Y la bombilla se prendió.

A su vez, levantó las manos para imitar el gesto de Uker. Lo consiguió… más o menos. Pues, de algún modo, el gesto terminó siendo tan exagerado que cualquier espectador neutral podría haber pensado que estaba intentando dirigir el tráfico aéreo.

—¿Es un truco de cocina, verdad? —preguntó con solemnidad mientras el marine intercambiaba con Uker una mirada que oscilaba entre el desconcierto y la tentación de echarse a reir—. Algo así como un código secreto entre cocineros para decir que todo está bien.

Hubo una pausa.
El marine sucumbió.

La risa le explotó en el pecho y tuvo que sostenerse el estómago como si esperara que, en cualquier momento, pudiera caer al suelo y rodar lejos de él por pura vergüenza ajena.

—Perdona —logró decir entre jadeos— es que… —y volvió a reír, preso de un ataque que parecía un fenómeno natural inevitable—. Creía que era… algún tipo de espectáculo—Le informó a Uker mientras su mandíbula parecía desencajarse de la risa.

Bai no entendía nada.
Así que simplemente lo miró, luego miró a Uker, volvió a mirar al marine… y decidió que la opción más sensata era dejar que la gravedad actuara sobre sus brazos.

Bajó las manos muy despacio, como si temiera que pudieran causar más malentendidos por el camino y pensó.
Pensó en lo que diría, en la vergúenza subiendo por sus mejillas y que, si se abría la tierra para engullirla, se lo agradecería.

—Yo… ¿no era un espectáculo? —dijo al fin, intentando recuperar algo de dignidad, aunque esta se le había deslizado por los pies hacía un rato y probablemente ya estaba explorando otra habitación.

—No mujer —le dijo directamente el marine—Era solo eso —le explicó, muy serio, como quien revela la función de un dispositivo ancestral y peligrosamente inestable.

Bai lo observó con un silencio tan largo que el marine empezó a preguntarse si debía hacer algo. Algo responsable. Algo adulto. Algo que, claramente, ninguno de los tres estaba capacitado para ofrecer. ¿O sí?

—¿Entonces… no es un código culinario? —preguntó por fin Bai, en voz baja, como si admitirlo muy alto pudiera espantar a algún espíritu del protocolo social.

—No —respondió el marine, tajante… aunque luego frunció el ceño—. Bueno, creo que no. No sé. ¿Tú cocinas? —añadió, ahora dirigiendose a Uker directamente, por si él pudiera confirmar algo sobre la relación entre alimentos y pulgares—. ¿Es esto algún tipo código culinario? —le preguntó al cocinero el marine alzando los pulgares.

—Está bien —dijo, enderezándose Bai—. ¡Entonces lo adoptaré como signo de aprovación! Mucho menos peligroso que inclinarse y terminar golpeando una mesa. Otra vez...

Y Bai alzó sus pulgares otra vez, esta vez con una gran concentración.
A lo que gesto quedó tan perfectamente estático que cualquiera diría que estaba posando para una estatua.

—¿Así está bien? —preguntó.

Hubo un silencio.

El marine se lo tradujo a Uker.
—Solo una cosa —dijo el marine, levantando un dedo—. Creo que… podríamos hacer esto sin abrir los ojos tan grande—añadió y lo repitió de nuevo para Uker.

Bai parpadeó. Dos veces. Dejó los pulgares en su sitio, pero relajó los ojos hasta parecer menos alarmadamente consciente de su propia existencia.

—¿Así?

—Mucho mejor —dijo el marine, con un pulgar arriba… y luego se apresuró a aclarar—. Pero no es un código de cocina. Por si quedaba alguna duda.
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RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - por Bai Mudan - 06-12-2025, 02:31 AM

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