06-12-2025, 08:46 PM
El salón olía a citrus y vanidad, un perfume Deportivo-Luxe que jamás admitirían vender, pero que flotaba en el aire como una promesa de cuerpos esbeltos y sudor elegante. Había venido a este centro de danza por capricho y tedio, intentando llenar un hueco que ni la pelea ni la fe podían completar. La isla de Samba no tenía la solemnidad de mis tierras previas ni la violencia disfrazada de cortesía de mis maestros; aquí, todo era ritmo y descaro, cuerpos que aprendían a expresarse sin pedir permiso.
Y en algún punto —entre la disciplina estructurada de los ejercicios y la libertad insolente de los movimientos— descubrí que mi cuerpo, ese monumento de cuatro metros de carne y contradicciones, podía aprender algo nuevo: coordinación, cadencia, control. Me gustaba eso: la idea de diseñarme, de no ser una estatua sino una fuerza que se construye a sí misma.
Ese día llevaba lo mínimo: un corpiño deportivo blanco y unas bragas del mismo tono, que dejaban mi piel morena casi desnuda. Y, por supuesto, el tatuaje —ese mapa de tinta que trepa desde mi espalda, baja serpenteando por la columna y se abre sobre las caderas para abrazar los glúteos, perdiéndose apenas debajo de la curva de los muslos. Había quienes creían que lo llevaba para seducir; yo sabía la verdad: lo llevaba para recordar que sobreviví a algo que intentó poseerme.
Estaba preocupada en estirar adecuadamente, en mantener las alas recogidas —ese par de sombras pesadas y orgullosas— sin golpear a nadie, cuando la puerta se abrió con un estruendo teatral.
Entró él.
Delgado, desgarbado, con esa clase de elegancia rota que sólo quienes no temen al ridículo pueden sostener. Pelo teñido de morado, eyeliner perfectamente trazado sobre una cara que parecía pedir una siesta y un whisky al mismo tiempo, vestido como si hubiese robado el vestuario de un videoclip setentoso y hubiese dormido en él varias noches seguidas. El tipo de basura glam rock que en cualquier otra circunstancia me daría alergia, pero aquí…
Ese tipo de presencia que no pide perdón y tampoco da explicaciones.
La isla de Samba lo adoptaba sin cuestionar; yo, con cautela estética, también.
Percibía un acento demasiado exagerado para ser real, demasiado seguro para ser accidental. Hablaba como quien juega a ser estrella, y quizá, en su cabeza, lo era. No me importaba si mentía. La mayoría de quienes pisan este salón mienten; mienten con el cuerpo, con la sonrisa, con las expectativas de convertirse en algo.
Pidió que tocáramos los pies sin doblar rodillas. Ejercicio básico, humillante si se hace mal. Yo bajé con calma, deslizando la espalda en una línea larga, dejando que el tatuaje se expandiera y mis alas se cerraran como una capa nocturna. El suelo estaba lejos, pero mi flexibilidad había mejorado tanto que recién ahora la sentía parte de mi identidad y no un accidente anatómico.
Fue entonces que noté su mirada.
No la mirada invasiva que ya conozco.
No la evaluación técnica que a veces tolero.
Era una curiosidad sin vergüenza, una fascinación transparente, una atracción sin cálculo.
Y aunque mi primer reflejo pudo haber sido el fastidio, o el clásico repliegue defensivo, algo distinto ocurrió:
me divertí.
Me recordó que, pese a todo, sigo siendo animal social, criatura de ego, superviviente que aprendió a disfrutar ser vista cuando no se siente amenazada.
No cambié mi postura para complacerlo, ni “posicioné” mi cuerpo para conquistar.
Simplemente mantuve el movimiento, consciente de que mi presencia generaba efecto sin esfuerzo suplementario.
Alcé la mirada cuando habló de ayudar, sin darle todavía la cortesía de un gesto explícito.
— Espero que tengás escalera, Ernesto Guzmán del Valle — dije, seca, elegante, con ese filo que es defensa y humor a la vez — Si piensas ayudarme a estirar, tendrás que alcanzarme primero... es todo un tema.
No sonó a desafío sexual ni a invitación.
Sonó a declaración de altura. Literal y simbólica.
Me incorporé, dejando que las alas se abrieran apenas, ese mínimo gesto que hace ruido y reclama espacio. Noté su atención. Pero no respondí con total coquetería sino con neutralidad firme en mi mirada.
Le di la espalda para volver al ejercicio, dejando que el tatuaje hablara por mí, extendido, palpitante en cada curva, como un aviso escrito en la carne:
No toques sin permiso.
No sueñes con domesticar lo que es libre.
Y en algún punto —entre la disciplina estructurada de los ejercicios y la libertad insolente de los movimientos— descubrí que mi cuerpo, ese monumento de cuatro metros de carne y contradicciones, podía aprender algo nuevo: coordinación, cadencia, control. Me gustaba eso: la idea de diseñarme, de no ser una estatua sino una fuerza que se construye a sí misma.
Ese día llevaba lo mínimo: un corpiño deportivo blanco y unas bragas del mismo tono, que dejaban mi piel morena casi desnuda. Y, por supuesto, el tatuaje —ese mapa de tinta que trepa desde mi espalda, baja serpenteando por la columna y se abre sobre las caderas para abrazar los glúteos, perdiéndose apenas debajo de la curva de los muslos. Había quienes creían que lo llevaba para seducir; yo sabía la verdad: lo llevaba para recordar que sobreviví a algo que intentó poseerme.
Estaba preocupada en estirar adecuadamente, en mantener las alas recogidas —ese par de sombras pesadas y orgullosas— sin golpear a nadie, cuando la puerta se abrió con un estruendo teatral.
Entró él.
Delgado, desgarbado, con esa clase de elegancia rota que sólo quienes no temen al ridículo pueden sostener. Pelo teñido de morado, eyeliner perfectamente trazado sobre una cara que parecía pedir una siesta y un whisky al mismo tiempo, vestido como si hubiese robado el vestuario de un videoclip setentoso y hubiese dormido en él varias noches seguidas. El tipo de basura glam rock que en cualquier otra circunstancia me daría alergia, pero aquí…
Ese tipo de presencia que no pide perdón y tampoco da explicaciones.
La isla de Samba lo adoptaba sin cuestionar; yo, con cautela estética, también.
Percibía un acento demasiado exagerado para ser real, demasiado seguro para ser accidental. Hablaba como quien juega a ser estrella, y quizá, en su cabeza, lo era. No me importaba si mentía. La mayoría de quienes pisan este salón mienten; mienten con el cuerpo, con la sonrisa, con las expectativas de convertirse en algo.
Pidió que tocáramos los pies sin doblar rodillas. Ejercicio básico, humillante si se hace mal. Yo bajé con calma, deslizando la espalda en una línea larga, dejando que el tatuaje se expandiera y mis alas se cerraran como una capa nocturna. El suelo estaba lejos, pero mi flexibilidad había mejorado tanto que recién ahora la sentía parte de mi identidad y no un accidente anatómico.
Fue entonces que noté su mirada.
No la mirada invasiva que ya conozco.
No la evaluación técnica que a veces tolero.
Era una curiosidad sin vergüenza, una fascinación transparente, una atracción sin cálculo.
Y aunque mi primer reflejo pudo haber sido el fastidio, o el clásico repliegue defensivo, algo distinto ocurrió:
me divertí.
Me recordó que, pese a todo, sigo siendo animal social, criatura de ego, superviviente que aprendió a disfrutar ser vista cuando no se siente amenazada.
No cambié mi postura para complacerlo, ni “posicioné” mi cuerpo para conquistar.
Simplemente mantuve el movimiento, consciente de que mi presencia generaba efecto sin esfuerzo suplementario.
Alcé la mirada cuando habló de ayudar, sin darle todavía la cortesía de un gesto explícito.
— Espero que tengás escalera, Ernesto Guzmán del Valle — dije, seca, elegante, con ese filo que es defensa y humor a la vez — Si piensas ayudarme a estirar, tendrás que alcanzarme primero... es todo un tema.
No sonó a desafío sexual ni a invitación.
Sonó a declaración de altura. Literal y simbólica.
Me incorporé, dejando que las alas se abrieran apenas, ese mínimo gesto que hace ruido y reclama espacio. Noté su atención. Pero no respondí con total coquetería sino con neutralidad firme en mi mirada.
Le di la espalda para volver al ejercicio, dejando que el tatuaje hablara por mí, extendido, palpitante en cada curva, como un aviso escrito en la carne:
No toques sin permiso.
No sueñes con domesticar lo que es libre.
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