07-12-2025, 01:38 PM
(Última modificación: 07-12-2025, 01:44 PM por Akira Raito.)
La mano arrugada de aquel anciano no le dio un apretón fuerte, no como recordaba la energía de aquel buen hombre. Y no nos referimos a fuerza física, dado que por edad era obvio que ya no tenía la masa muscular que pudo haber tenido de joven, sino a la manera de transmitir un mensaje con aquel saludo. El recuerdo que tenía del anciano era el de una persona decidida, de ideas firmes. Pero este saludo lo que le hacía sentir era todo lo contrario, era compasión, tristeza, empatía si le miraba a los ojos al joven marine. Pronto Juan tomó la iniciativa en el asunto.
Después de la pregunta de su amigo sobre qué era lo que acababa de pasar, el anciano recorrió las caras de ambos con la mirada, manteniendo los ojos fijos, con esa seriedad que lo caracterizada, pero a su vez transmitiendo lástima. Y así fue. “Vuestro compañero el gigante… murió ahogado”. Akira se quedó paralizado, todos los músculos de su cuerpo se tensaron al mismo tiempo, y en su cara, sus ojos se abrieron como platos y perdieron la vista en el horizonte. La boca se le había medio arqueado, permitiendo que se vieran sus dientes de la fila inferior, y sus puños se habían cerrado tan fuerte que ni con una palanca se podían separar sus dedos.
De repente, el barullo de la gente dejó de escucharse para el rubio marine. El sonido le resonaba como un eco lejano, como si de verdad se encontrara debajo del mar, como si estuviera recreando aquello que pudo haber vivido Develio en sus últimos minutos de vida. El haber pasado tanto tiempo en el agua no sabía si le estaba siendo contraproducente en estos momentos. Notaba como se quedaba sin aire, como al intentar respirar sus pulmones se llenaban de agua, haciéndole sentir una presión y un picor insoportables, haciéndole sentir como se hundía lentamente hasta dejar de percibir la luz y que todo se volviera oscuridad. Akira desconocía tener ese nivel de empatía, nunca se le había muerto un amigo, y aunque le conociera de apenas unos días, tanto él como Juan habían congeniado tanto que tantas horas juntas hablando en el cuartel se habían convertido en su rutina diaria. Seguía inmóvil y con cara de estupefacción.
No fue hasta que Juan volvió a hablar, esta vez para darle las gracias al anciano, que Akira pudo salir de aquel foso marino en el que le habían metido sus pensamientos. Giró levemente la cabeza, notando como su compañero, a pesar de ser firme, tenía los ojos más brillantes de lo normal. El anciano le dio a Akira un par de palmadas en el hombro a modo de despedida, pero la promesa de navegante ni siquiera pudo reaccionar para decirle nada. Simplemente se limitaba a ver lo que sucedía y a escuchar lo que tenían que decirles. Pronto el compañero que estaba allí cuando llegaron les informó sobre la hora y el día que se llevaría acabo el funeral. Akira no podía creer que todo aquello estaba pasando de verdad, pero siendo Develio, era inconfundible y fácilmente reconocible, así que no debía haber ningún tipo de error en esa información que estaba intentando procesar.
Siguió a Juan en dirección a la playa, ya liberado de aquella tensión muscular, pero todavía atónito y sin decir palabra. Y cuando su amigo rompió a llorar, sintió que podía hacerlo él también—. Lo siento… —le respondió también con lágrimas en los ojos, regalándole un abrazo en el que prácticamente dejó caer todo su peso sobre Juan. Ambos estaban rotos, pero tenían que seguir adelante—. ¿Crees que Develio se habrá comido una fruta sin saberlo? —le dijo a su compañero mientras se limpiaba como podía las lágrimas y el moqueo que le caía de la nariz—. Vayamos al cuartel… —cogió la muñeca del brazo de la pinza de su amigo y se encaminó con decisión al cuartel. Si era el equipo médico el que se estaba encargando de la recuperación del cuerpo, ellos sabrían decirles el resultado de la autopsia y podrían saber realmente que había pasado con su amigo.
Una vez en el cuartel, se encaminó directamente a la morgue, a la sala de autopsias. “TOC, TOC”, y abrió la puerta sin esperar respuesta del otro lado. El tamaño de Develio era tal que era imposible no verlo, pero por suerte o por desgracia de aquel par, ya no estaba allí—. ¿Qué le pasó a Dev? —preguntó a los médicos presentes, ya sin vergüenza de que se le llenaran nuevamente los ojos de lágrimas.
—Hola chicos, veréis… —les explicaron con detalle las debilidades que podían tener las frutas del diablo en función de su condición, con una que era inevitable para cualquier usuario, el agua del mar. Tras la explicación, Akira miró fijamente a Juan, con miedo. Ahora, además de la tristeza que estaba sintiendo por la pérdida de su amigo, su corazón se llenó de nuevas emociones. Ahora no solo estaba experimentando el miedo de poder perder a otro amigo si se caía al mar, sino también una sensación que le hacía sentir que, como navegante, su responsabilidad era todavía aún mayor—. No basta con saber leer las mareas… Necesitamos un barco capaz de resistirlas —pensó.
Después de la pregunta de su amigo sobre qué era lo que acababa de pasar, el anciano recorrió las caras de ambos con la mirada, manteniendo los ojos fijos, con esa seriedad que lo caracterizada, pero a su vez transmitiendo lástima. Y así fue. “Vuestro compañero el gigante… murió ahogado”. Akira se quedó paralizado, todos los músculos de su cuerpo se tensaron al mismo tiempo, y en su cara, sus ojos se abrieron como platos y perdieron la vista en el horizonte. La boca se le había medio arqueado, permitiendo que se vieran sus dientes de la fila inferior, y sus puños se habían cerrado tan fuerte que ni con una palanca se podían separar sus dedos.
De repente, el barullo de la gente dejó de escucharse para el rubio marine. El sonido le resonaba como un eco lejano, como si de verdad se encontrara debajo del mar, como si estuviera recreando aquello que pudo haber vivido Develio en sus últimos minutos de vida. El haber pasado tanto tiempo en el agua no sabía si le estaba siendo contraproducente en estos momentos. Notaba como se quedaba sin aire, como al intentar respirar sus pulmones se llenaban de agua, haciéndole sentir una presión y un picor insoportables, haciéndole sentir como se hundía lentamente hasta dejar de percibir la luz y que todo se volviera oscuridad. Akira desconocía tener ese nivel de empatía, nunca se le había muerto un amigo, y aunque le conociera de apenas unos días, tanto él como Juan habían congeniado tanto que tantas horas juntas hablando en el cuartel se habían convertido en su rutina diaria. Seguía inmóvil y con cara de estupefacción.
No fue hasta que Juan volvió a hablar, esta vez para darle las gracias al anciano, que Akira pudo salir de aquel foso marino en el que le habían metido sus pensamientos. Giró levemente la cabeza, notando como su compañero, a pesar de ser firme, tenía los ojos más brillantes de lo normal. El anciano le dio a Akira un par de palmadas en el hombro a modo de despedida, pero la promesa de navegante ni siquiera pudo reaccionar para decirle nada. Simplemente se limitaba a ver lo que sucedía y a escuchar lo que tenían que decirles. Pronto el compañero que estaba allí cuando llegaron les informó sobre la hora y el día que se llevaría acabo el funeral. Akira no podía creer que todo aquello estaba pasando de verdad, pero siendo Develio, era inconfundible y fácilmente reconocible, así que no debía haber ningún tipo de error en esa información que estaba intentando procesar.
Siguió a Juan en dirección a la playa, ya liberado de aquella tensión muscular, pero todavía atónito y sin decir palabra. Y cuando su amigo rompió a llorar, sintió que podía hacerlo él también—. Lo siento… —le respondió también con lágrimas en los ojos, regalándole un abrazo en el que prácticamente dejó caer todo su peso sobre Juan. Ambos estaban rotos, pero tenían que seguir adelante—. ¿Crees que Develio se habrá comido una fruta sin saberlo? —le dijo a su compañero mientras se limpiaba como podía las lágrimas y el moqueo que le caía de la nariz—. Vayamos al cuartel… —cogió la muñeca del brazo de la pinza de su amigo y se encaminó con decisión al cuartel. Si era el equipo médico el que se estaba encargando de la recuperación del cuerpo, ellos sabrían decirles el resultado de la autopsia y podrían saber realmente que había pasado con su amigo.
Una vez en el cuartel, se encaminó directamente a la morgue, a la sala de autopsias. “TOC, TOC”, y abrió la puerta sin esperar respuesta del otro lado. El tamaño de Develio era tal que era imposible no verlo, pero por suerte o por desgracia de aquel par, ya no estaba allí—. ¿Qué le pasó a Dev? —preguntó a los médicos presentes, ya sin vergüenza de que se le llenaran nuevamente los ojos de lágrimas.
—Hola chicos, veréis… —les explicaron con detalle las debilidades que podían tener las frutas del diablo en función de su condición, con una que era inevitable para cualquier usuario, el agua del mar. Tras la explicación, Akira miró fijamente a Juan, con miedo. Ahora, además de la tristeza que estaba sintiendo por la pérdida de su amigo, su corazón se llenó de nuevas emociones. Ahora no solo estaba experimentando el miedo de poder perder a otro amigo si se caía al mar, sino también una sensación que le hacía sentir que, como navegante, su responsabilidad era todavía aún mayor—. No basta con saber leer las mareas… Necesitamos un barco capaz de resistirlas —pensó.

