09-12-2025, 06:53 PM
Día 48 de invierno, año 16
Amaneció el día con resaca como solía pasarle a Eoghan. Iba a pasar otro día en la playa, tumbado, haciendo castillos de arena a escondidas para pasar el tiempo, tomando el sol y pegándose algún baño que otro. Logró pescar durante toda la mañana unos cuantos peces, entre ellos arenques, alguna dorada junto algunas caballas...
Seguido prepararía un fuego con ramas secas y una piedra que usaría como pedernal. Con las chispas no tardaría en prender el fuego, la columna de humo ascendiendo alto. Prepararía una estructura de madera, esta vez algo humedecida que parecía ser capaz de sostener comida y atravesó los peces de punta a punta con estacas de largo tamaño.
Colocó el pescado sobre el fuego con cuidado y se sentó al lado de la hoguera, palmas sobre la arena mientras se apoyaba hacia atrás. De vez en cuando daba la vuelta a la comida para cocinarla de forma igual por ambos lados, hambriento por la recompensa que todo el día había estado recolectando.
Aprovechando el rato de cocción se levantó y buscó algunas frutas cercanas. Cocos y plátanos. Esperaba encontrar alguna piña, pero se conformaba. Al volver a la hoguera se quedó pasmado: no quedaba nada.
—¿¡Qué diablos!? ¿¡Quién ha sido el maldito!? ¡Mis espetos!
Se le cayeron las frutas al suelo del impacto y empezó a mirar alrededor de la zona, visiblemente indignado. No habría disfrutado casi la comida pero le habría saciado el hambre.
Amaneció el día con resaca como solía pasarle a Eoghan. Iba a pasar otro día en la playa, tumbado, haciendo castillos de arena a escondidas para pasar el tiempo, tomando el sol y pegándose algún baño que otro. Logró pescar durante toda la mañana unos cuantos peces, entre ellos arenques, alguna dorada junto algunas caballas...
Seguido prepararía un fuego con ramas secas y una piedra que usaría como pedernal. Con las chispas no tardaría en prender el fuego, la columna de humo ascendiendo alto. Prepararía una estructura de madera, esta vez algo humedecida que parecía ser capaz de sostener comida y atravesó los peces de punta a punta con estacas de largo tamaño.
Colocó el pescado sobre el fuego con cuidado y se sentó al lado de la hoguera, palmas sobre la arena mientras se apoyaba hacia atrás. De vez en cuando daba la vuelta a la comida para cocinarla de forma igual por ambos lados, hambriento por la recompensa que todo el día había estado recolectando.
Aprovechando el rato de cocción se levantó y buscó algunas frutas cercanas. Cocos y plátanos. Esperaba encontrar alguna piña, pero se conformaba. Al volver a la hoguera se quedó pasmado: no quedaba nada.
—¿¡Qué diablos!? ¿¡Quién ha sido el maldito!? ¡Mis espetos!
Se le cayeron las frutas al suelo del impacto y empezó a mirar alrededor de la zona, visiblemente indignado. No habría disfrutado casi la comida pero le habría saciado el hambre.
