11-12-2025, 01:14 AM
La mansión siempre había sido un lugar extraño para Ubbe. Creció entre paredes impecables, jardines demasiado cuidados y salones donde nunca se podía correr, pero aun así nunca llegó a sentir que perteneciera allí. Sus padres y hermanos, todos de estatura normal y rostro fino, caminaban por la casa como si flotaran, mientras él avanzaba como una sombra demasiado grande, una nota discordante en una familia que parecía sacada de un cuadro perfectamente simétrico. Tenía nueve años y ya medía un metro ochenta, y a veces tenía la impresión de que la casa empequeñecía a su alrededor, incapaz de contenerlo sin que algo crujiera o alguien suspirara.
No era habitual que lo llevaran a eventos formales; de hecho, era una de las primeras ocasiones en las que su familia decidió presentarlo en sociedad con la esperanza, tal vez, de que aprendiera a comportarse, o de que la gente dejara de especular sobre él. Pero el resultado, para Ubbe, era el mismo de siempre: incomodidad, ruido y la sensación de que estaba ocupando demasiado espacio en un mundo que no quería hacerle hueco.
Hacía apenas unos días, Ubbe había intentado escaparse de casa por primera vez, una “gran aventura” que en realidad no lo llevó más lejos que los jardines laterales antes de que un guardia lo encontrara acurrucado detrás de un seto. Aun así, la familia había reaccionado como si el mundo se viniera abajo, y su padre insistió en llevarlo a aquel evento formal para que “aprendiera disciplina” y “entendiera su lugar”. Para Ubbe, en cambio, aquello solo había significado otra sala llena de reglas que no entendía y un traje que le apretaba demasiado.
Al entrar en el salón principal, las luces lo cegaron durante unos segundos. Había candelabros suspendidos como constelaciones artificiales, velas flotantes que brillaban con colores dorados y azules, cristales que multiplicaban cada destello. El aire olía a perfume, vino y especias que no reconocía, y todas esas fragancias juntas le irritaban la nariz. Su madre, impecable como siempre, ni siquiera le dedicó una mirada mientras murmuraba un “por favor, no te encorves” que Ubbe obedeció solo por reflejo.
Trató de caminar erguido, con la espalda recta, como le habían enseñado, pero eso solo consiguió que se sintiera aún más extraño, sobresaliendo entre un mar de invitados que parecían piezas delicadas. Sus hermanos desaparecieron enseguida entre conversaciones que él no entendía. Su padre estrechaba manos que olían a oro y negocio. Ubbe, en cambio, se dedicó a observar, buscando algo que no le hiciera sentir tan fuera de lugar.
Fue entonces cuando la vio.
No la vio llegar, ni la escuchó, porque se movía con una gracia natural que contrastaba dolorosamente con su torpeza, pero su mirada la encontró como si la hubiera estado esperando. Era una niña de su edad, quizá un poco mayor, vestida con un vestido blanco adornado con detalles azules y dorados que brillaban con cada giro de luz. Su piel oscura hacía que esos colores resaltaran aún más, y su pelo blanco, tan blanco como la luna que se veía por las ventanas altas, parecía iluminarla desde dentro.
Pero lo que más lo dejó sin aliento fueron las alas negras. No las había visto desplegadas, solo recogidas a su espalda, pero incluso así se intuía una presencia majestuosa, casi secreta. Ubbe había visto lunarians antes, siempre adultos, siempre rodeados de respeto y distancia. Pero nunca una niña. Nunca alguien de su tamaño. Nunca alguien que pareciera tan diferente y a la vez tan… igual.
Ella no sonreía, ni parecía interesada en el baile. Su expresión decía otra cosa: cansancio, incomodidad, el deseo silencioso de estar en cualquier otro sitio. Ubbe reconoció esa sensación de inmediato porque era la misma que llevaba pegada desde que entraron al salón.
La observó alejarse apenas unos pasos, casi como si buscara una salida que no existía. Sus ojos se movieron por la sala, y durante un instante Ubbe creyó que lo había mirado… pero él apartó la vista demasiado rápido como para comprobarlo. Luego ella hizo algo que él no habría imaginado jamás: se inclinó con naturalidad, levantó apenas el borde de un gran mantel blanco y se deslizó bajo la mesa central, desapareciendo de la vista de todos.
Ubbe se quedó paralizado.
No sabía que alguien como ella pudiera querer esconderse.
No sabía que él pudiera querer seguirla.
La curiosidad le explotó en el pecho como un latido demasiado grande. ¿Las lunarian también huían de las fiestas? ¿También se escondían cuando nadie las veía? ¿También querían desaparecer del ruido y de la gente que hablaba raro? ¿Era posible que…?
No terminó la frase en su cabeza, porque ni él sabía cómo seguirla.
Aprovechando que sus padres estaban distraídos, su madre ajustándose un pendiente, su padre saludando con una reverencia exagerada, Ubbe avanzó hacia la mesa, tratando de no llamar la atención, aunque por su tamaño aquello fuera misión imposible.
El mantel blanco parecía una cortina que ocultaba un mundo secreto, un lugar donde él podía dejar de ser observado por un momento.
Se agachó con torpeza, primero metiendo la cabeza y chocando ligeramente contra el borde de madera. Maldijo en silencio, frunció el ceño, y lo volvió a intentar metiéndose de lado, empujando el mantel sin querer. Sus rodillas crujieron contra su traje, el chaleco se tensó en un punto incómodo, pero finalmente consiguió colarse dentro.
La oscuridad lo envolvió como un abrazo inesperado. Se sentó encogido, las piernas dobladas, los hombros inclinados para no chocar contra la madera. Era un espacio demasiado pequeño para él, pero aun así se sintió más libre allí que en toda la gran sala iluminada.
Y entonces la vio.
Una silueta, recogida, con el brillo leve de una joya azul en el cuello y el contorno suave de unas alas plegadas que ocupaban parte del espacio reducido. Era ella. La niña del pelo blanco. Tan cerca que podía escuchar su respiración tranquila y sentir la presencia cálida que desprendía incluso en la sombra.
- …Hola - murmuró Ubbe, casi sin darse cuenta, la voz baja, nerviosa y sincera.
Y en ese instante silencioso, esperando respuesta, Ubbe notó un nerviosismo que nunca antes había sentido.
No era habitual que lo llevaran a eventos formales; de hecho, era una de las primeras ocasiones en las que su familia decidió presentarlo en sociedad con la esperanza, tal vez, de que aprendiera a comportarse, o de que la gente dejara de especular sobre él. Pero el resultado, para Ubbe, era el mismo de siempre: incomodidad, ruido y la sensación de que estaba ocupando demasiado espacio en un mundo que no quería hacerle hueco.
Hacía apenas unos días, Ubbe había intentado escaparse de casa por primera vez, una “gran aventura” que en realidad no lo llevó más lejos que los jardines laterales antes de que un guardia lo encontrara acurrucado detrás de un seto. Aun así, la familia había reaccionado como si el mundo se viniera abajo, y su padre insistió en llevarlo a aquel evento formal para que “aprendiera disciplina” y “entendiera su lugar”. Para Ubbe, en cambio, aquello solo había significado otra sala llena de reglas que no entendía y un traje que le apretaba demasiado.
Al entrar en el salón principal, las luces lo cegaron durante unos segundos. Había candelabros suspendidos como constelaciones artificiales, velas flotantes que brillaban con colores dorados y azules, cristales que multiplicaban cada destello. El aire olía a perfume, vino y especias que no reconocía, y todas esas fragancias juntas le irritaban la nariz. Su madre, impecable como siempre, ni siquiera le dedicó una mirada mientras murmuraba un “por favor, no te encorves” que Ubbe obedeció solo por reflejo.
Trató de caminar erguido, con la espalda recta, como le habían enseñado, pero eso solo consiguió que se sintiera aún más extraño, sobresaliendo entre un mar de invitados que parecían piezas delicadas. Sus hermanos desaparecieron enseguida entre conversaciones que él no entendía. Su padre estrechaba manos que olían a oro y negocio. Ubbe, en cambio, se dedicó a observar, buscando algo que no le hiciera sentir tan fuera de lugar.
Fue entonces cuando la vio.
No la vio llegar, ni la escuchó, porque se movía con una gracia natural que contrastaba dolorosamente con su torpeza, pero su mirada la encontró como si la hubiera estado esperando. Era una niña de su edad, quizá un poco mayor, vestida con un vestido blanco adornado con detalles azules y dorados que brillaban con cada giro de luz. Su piel oscura hacía que esos colores resaltaran aún más, y su pelo blanco, tan blanco como la luna que se veía por las ventanas altas, parecía iluminarla desde dentro.
Pero lo que más lo dejó sin aliento fueron las alas negras. No las había visto desplegadas, solo recogidas a su espalda, pero incluso así se intuía una presencia majestuosa, casi secreta. Ubbe había visto lunarians antes, siempre adultos, siempre rodeados de respeto y distancia. Pero nunca una niña. Nunca alguien de su tamaño. Nunca alguien que pareciera tan diferente y a la vez tan… igual.
Ella no sonreía, ni parecía interesada en el baile. Su expresión decía otra cosa: cansancio, incomodidad, el deseo silencioso de estar en cualquier otro sitio. Ubbe reconoció esa sensación de inmediato porque era la misma que llevaba pegada desde que entraron al salón.
La observó alejarse apenas unos pasos, casi como si buscara una salida que no existía. Sus ojos se movieron por la sala, y durante un instante Ubbe creyó que lo había mirado… pero él apartó la vista demasiado rápido como para comprobarlo. Luego ella hizo algo que él no habría imaginado jamás: se inclinó con naturalidad, levantó apenas el borde de un gran mantel blanco y se deslizó bajo la mesa central, desapareciendo de la vista de todos.
Ubbe se quedó paralizado.
No sabía que alguien como ella pudiera querer esconderse.
No sabía que él pudiera querer seguirla.
La curiosidad le explotó en el pecho como un latido demasiado grande. ¿Las lunarian también huían de las fiestas? ¿También se escondían cuando nadie las veía? ¿También querían desaparecer del ruido y de la gente que hablaba raro? ¿Era posible que…?
No terminó la frase en su cabeza, porque ni él sabía cómo seguirla.
Aprovechando que sus padres estaban distraídos, su madre ajustándose un pendiente, su padre saludando con una reverencia exagerada, Ubbe avanzó hacia la mesa, tratando de no llamar la atención, aunque por su tamaño aquello fuera misión imposible.
El mantel blanco parecía una cortina que ocultaba un mundo secreto, un lugar donde él podía dejar de ser observado por un momento.
Se agachó con torpeza, primero metiendo la cabeza y chocando ligeramente contra el borde de madera. Maldijo en silencio, frunció el ceño, y lo volvió a intentar metiéndose de lado, empujando el mantel sin querer. Sus rodillas crujieron contra su traje, el chaleco se tensó en un punto incómodo, pero finalmente consiguió colarse dentro.
La oscuridad lo envolvió como un abrazo inesperado. Se sentó encogido, las piernas dobladas, los hombros inclinados para no chocar contra la madera. Era un espacio demasiado pequeño para él, pero aun así se sintió más libre allí que en toda la gran sala iluminada.
Y entonces la vio.
Una silueta, recogida, con el brillo leve de una joya azul en el cuello y el contorno suave de unas alas plegadas que ocupaban parte del espacio reducido. Era ella. La niña del pelo blanco. Tan cerca que podía escuchar su respiración tranquila y sentir la presencia cálida que desprendía incluso en la sombra.
- …Hola - murmuró Ubbe, casi sin darse cuenta, la voz baja, nerviosa y sincera.
Y en ese instante silencioso, esperando respuesta, Ubbe notó un nerviosismo que nunca antes había sentido.
Ubbe "petit"

![[Imagen: hWvWnEH.png]](https://i.imgur.com/hWvWnEH.png)