15-12-2025, 09:37 AM
Me instalé en el consultorio con una mezcla de cautela y entusiasmo. Cada rincón me resultaba fascinante: los frascos polvorientos alineados en las estanterías, los tarros de hierbas que olían a bosque húmedo, los libros gastados abiertos en páginas aleatorias para mí. Para un ojo humano, todo parecía caos; para mí, era un mapa de conocimiento esperando ser explorado. Para mí era notorio que cada instrumento estaba colocado con precisión, cada microscopio y frasco tenían su hueco elegido con una meticulosidad casi obsesiva, asegurándome de que nada se perdiera ni quedara fuera de alcance. Ashwin había dejado instrucciones vagas y, honestamente, me sentí liberada por la autonomía que eso me otorgaba. Podía experimentar, organizar y curar sin que nadie interfiriera… al menos por ahora.
Los primeros días fueron un torbellino. Sorbet era un puerto pequeño, sí, pero con suficientes heridos, enfermos y marineros mareados como para mantenerme ocupada. Aprendí rápidamente que no todos los que venían buscando ayuda eran nobles ni siquiera decentes. Algunos olían a ron y a rencor, otros llegaban con cortes que parecían recordatorios de peleas anteriores, y los más jóvenes lloraban con una mezcla de miedo y asombro al verme. Para ellos, era difícil comprender que alguien tan pequeño pudiera manejar bisturís, aplicar ungüentos o limpiar una herida infectada. Muchos desconfiaban de mi pericia y siempre debía explicar con paciencia, mostrar la eficacia de mis manos y, a menudo, soportar exclamaciones exageradas de “¡pero eres tan pequeña!” y yo tener que exclamar un poderoso “¡no subestime el poder de mis quince centímetros, señora!”. Lo aceptaban con una sonrisa ligera, casi una carcajada contenida; conocía el efecto que causaba en los demás y aprendí a usar la risa a mi favor, aunque a veces lo sintiera casi como una burla a mí misma.
Ashwin volvía cada tarde, a menudo con el pelo húmedo por la lluvia o el mar, y su presencia llenaba la habitación aunque no me vigilaba, me dejaba libre albedrío, lo cierto era que tampoco necesitaba tenerme vigilada, pero su sombra larga al cruzar la puerta me recordaba constantemente que no estaba sola, que aunque él no me vigilase, yo sí me sentía así. A veces me dejaba sola para experimentar con sus fármacos o mezclar extractos de hierbas con químicos médicos, combinando técnicas de South Blue con el conocimiento que traía de Green Bit. Mi microscopio se convirtió en mi mejor aliado, y mi cuaderno, en un territorio sagrado donde anotaba fórmulas, observaciones y pequeñas anotaciones sobre cada paciente.
Nos comunicábamos con un equilibrio curioso. Él hablaba de infecciones y enfermedades con la calma de un hombre que ha visto demasiado sufrimiento, y yo respondía con soluciones híbridas, remedios Tontatta combinados con métodos de purificación que él aprendía en segundos. A veces discutíamos; Ashwin era humano, testarudo y directo, y yo, Tontatta, orgullosa y minuciosa. Sin embargo, a pesar de los roces, la relación crecía en una especie de simbiosis profesional: yo le enseñaba a mirar lo pequeño, y él me mostraba cómo entender lo grande. Esa colaboración fue intoxicante, casi adictiva me atrevería a afirmar.
Los días pasaban y la rutina se asentó entre nosotros como un equipo. Curábamos, probábamos fórmulas, experimentábamos con mezclas que a ningún otro se le podría haber ocurrido, pues nadie tenía la perfecta simbiosis entre el mundo humano y el mundo de los Tontatta. Ashwin comenzaba a confiar en mí, y yo, peligrosamente, confiaba en él. Me enseñaba trucos para diagnosticar enfermedades antes de que se manifestaran, técnicas de sutura que requerían precisión y fuerza humana, y estrategias para lidiar con pacientes difíciles. Aprendí a anticipar sus movimientos, a saber cuándo se irritaba o cuándo estaba complacido. Su voz, incluso cuando era firme, tenía matices que me ayudaban a interpretar su humor. Él, por su parte, empezó a anticipar los míos, intuyo que en las posiciones de mi cola y el estado del pelo.
Algunas noches, después de cerrar el consultorio, compartíamos historias. Hablábamos de viajes, de barcos que casi se hunden, de tormentas y enfermedades que recordaban la fragilidad de la vida. Yo contaba historias de Green Bit, de las plantas que crecían bajo hojas gigantes, de la poca necesidad de precisión de mis manos para extraer polen o crear ungüentos curativos dado su tamaño en comparación al mío, aunque siempre, recelosa, procuraba no contarle acerca de la ubicación de mi hogar, pues no todos los gigantes tenían buena fe y a pesar de que Ashwin fuese mi amigo más fiel, no tenía que ser el amigo de los demás Tontatta.
Él, a su vez, hablaba de médicos que lo despreciaban, de la arrogancia de los nobles que subestimaban a los marineros, y de los pacientes a los que había salvado, aunque a veces fuera demasiado tarde. Yo, ingenua, me reía de aquellos médicos que le hacían de menos. Las conversaciones eran largas, mezcladas con risas y silencios, discusiones y amabilidad.
Pasaron semanas y la confianza mutua se convirtió también en rutina. Ashwin comenzó a dejarme acceder a sus notas y fórmulas más delicadas, y yo compartía sin miedo los secretos de mis propios experimentos. Un día, mientras mezclábamos un extracto de flor con un compuesto desinfectante, sus ojos brillaron con un entusiasmo inesperado—. Esto… podría cambiar la forma en que tratamos las infecciones resistentes —dijo, y yo asentí, orgullosa de mi contribución. Fue un momento efímero de triunfo compartido, y por un instante me sentí menos pequeña, menos invisible.
Sin embargo, con el tiempo el aire se volvió tenso, tan solo cuando empecé a notar detalles que antes pasaban desapercibidos. Ashwin comenzó a preguntar más sobre mis experimentos, insistiendo en tomar notas que parecían personales, intentando hacer que documentara cada combinación realizada por mí. Al principio, creí que era interés profesional; después, la curiosidad se volvió insistencia. Mi intuición, la que me había mantenido segura en tantos puertos y barcos, comenzó a alertarme. Algo se estaba moviendo bajo la superficie, y gracias a mi cercanía, lo sentía en cada gesto que él hacía cuando creía que no lo estaba mirando.
Un viernes, tras un día especialmente largo con un marinero con fiebre tifoidea, Ashwin me pidió que revisara su última combinación de ungüento y compuestos químicos—. Necesito que observes cómo reacciona la mezcla a la luz del sol —dijo, y yo lo hice, inclinándome sobre el frasco, midiendo cada partícula. Mientras lo hacía, noté que tomaba mis notas, que copiaba mis observaciones sin mencionarlas ni siquiera una sola vez. El frío que recorrió mi espalda fue instantáneo.
— Ashwin… —me atreví a decir, intentando que mi voz no temblara pero creo que los nervios me hicieron flaquear—. ¿Vas a usar esto… en tus propios experimentos sin mencionarlo?
Él se quedó en silencio unos segundos, demasiado largos, y luego sonrió con la calma de siempre, esa que de repente, más que admirable, me produjo terror—. Es para la ciencia, Alana —respondió. La sonrisa no alcanzó sus ojos, y por primera vez noté la distancia entre nosotros. Fue el primer indicio claro de la traición que se gestaba; traición que yo decidí ignorar en un primer momento. Así de ingenua o confiada era, decidí no reaccionar en ese momento, pensar que era tan solo un momento puntual, que todos tenemos derecho a equivocarnos o a diferir los unos de los otros, que para eso trabajamos juntos. Juntos. Con esa premisa, seguimos (o más bien seguí) trabajando, compartiendo momentos de camaradería, enseñanzas y pequeñas bromas, como si nada hubiera cambiado. Era un equilibrio peligroso: sabiendo que algo estaba mal, pero sin tener pruebas más que un mal presagio, sin tener un camino claro hacia la defensa de mi trabajo y mi integridad.
Los días siguientes, mis sospechas se confirmaron gradualmente. Ashwin comenzó a presentar conferencias sobre métodos que yo había desarrollado, usando mis combinaciones de plantas y químicos como ejemplos. Mis aportaciones aparecían siempre bajo su nombre. Intenté confrontarlo de manera sutil, mencionando mis métodos de forma casual frente a él. Su respuesta siempre era un encogimiento de hombros o un comentario sarcástico—. La ciencia no tiene dueños, Alana. Solo resultados.
— ¡Es cierto! No lo hacemos por orgullo propio, sino por el bien de nuestros pacientes. Pero si eso es así… —hice una pausa, pensando y ordenando en mi cabeza cada palabra que iba a pronunciar después, palabras que herían mi corazón— ...tampoco herirías a una compañera de trabajo, ni su autoestima ni subestimarías su trabajo e investigación como si fuese cualquier cosa. ¡Tal y como haces conmigo!
— ¡Oh, vamos, Alana! Creía que tú, de entre todas las personas, podrías entenderme mejor que nadie.
Esa frase me golpeó como un mazo. Nunca habían jugado conmigo la baza de nuestra relación profesional e informal. La ciencia, para mí, siempre había sido un acto de cuidado, no un escenario para la arrogancia humana, tal y como se estaba convirtiendo. Sentí la rabia crecer, silenciosa, caliente y constante. Mi corazón, por otro lado, chillaba horrorizado de cómo jugaban con él, tal vez por su diminuto tamaño. Pero aún estaba atrapada en la rutina del consultorio, donde él tenía la autoridad y el reconocimiento que yo, pequeña y Tontatta, difícilmente podría disputar. Quise llorar.
Durante meses, la relación se volvió un juego de tensiones y silencios. Ashwin me enseñaba, pero también observaba con atención, registrando mis movimientos y decisiones. Yo aprendía, pero vigilaba cada gesto suyo, cada anotación que hacía, cada frasco que tomaba. A veces encontraba sus ojos sobre mí, y aunque su sonrisa seguía intacta, había un filo en la mirada que no podía ignorar, un terrible escrutinio, una amenaza difícil de etiquetar. En otras ocasiones, como trampa, apuntaba decisiones erróneas dándolas por correctas. Curiosamente en esos momentos la culpa siempre recaía en mí. Conveniente.
Finalmente, la traición llegó como un golpe inevitable. Fue una tarde lluviosa; el puerto estaba desierto, con marineros refugiados en tabernas y calles empapadas que reflejaban luces amarillas. Ashwin presentó un manuscrito a un grupo de médicos de South Blue: un compendio completo sobre fármacos híbridos, combinando botánica Tontatta y química médica. Mis descubrimientos, mis anotaciones, mis experimentos, todo bajo su nombre. Me llamaron a la reunión, y cuando le pregunté directamente por mis contribuciones, él sonrió, esa sonrisa que ahora era siniestra, y murmuró—. Tus ideas son brillantes, Alana. Pero este es mi mundo, y los humanos miran hacia arriba, no hacia abajo.
Sentí el mundo temblar bajo mis pies, no había aire a mi alrededor. No por su tamaño, no por su fuerza, sino por la traición de quien había llamado mentor y amigo. No hubo gritos, no hubo escenas; solo un silencio que rugía dentro de mí, un vacío que llenaba cada rincón de aquel consultorio que una vez había sido mi refugio.
Me retiré sin palabras, guardando cada frasco, cada nota, cada recuerdo que era mío. Me defendí huyendo de aquel lugar. No iba a robarle nada, no iba a usar su fama para humillarlo. Pero la rabia creció y se convirtió en decisión. Aprendí que mi tamaño no era debilidad, que mis manos podían hacer más que escribir, que curar era solo la primera parte de mi poder. Ashwin se había llevado reconocimiento; yo me llevaría respeto, miedo y el conocimiento de que nadie podía subestimarme otra vez… ¿no?
Desde aquel día, decidí continuar sola. Dejé de lado a Ashwin. Se hundiría por su propio pie. Aunque Sorbet ya no era un refugio seguro, también era un lugar lleno de vida, de dolor, de enfermedades que necesitaban mi cuidado. Empecé a trabajar en secreto para quienes nadie más se atrevía a ayudar: criminales buscados, marineros heridos en combates ilegales, contrabandistas con fiebre y pulmones rotos. No preguntaba por sus delitos; solo aplicaba mi ciencia, mi conocimiento, mi delicadeza y precisión. No buscaba gloria, no quería fama. Quería respeto, reconocimiento de mis manos, mi voz, mi capacidad de curar y crear sin que nadie se aprovechara de mí. Quería todo aquello que Ashwin me había arrebatado como si no valiera nada.
Al principio, algunos intentaron aprovecharse de mí, creyendo que mi tamaño implicaba debilidad, tal y como Ashwin quiso creer al verme. Pero a diferencia de él, todos aprendieron rápido que mis bisturís y mis hierbas eran más afilados y poderosos de lo que aparentaban. La leyenda de la pequeña curandera de Sorbet comenzó a crecer en susurros, en rumores, en miradas temerosas hacia un callejón húmedo donde nadie se atrevía a preguntar demasiado. Yo curaba y desaparecía, dejando atrás soluciones y advertencias: no subestimen a quienes parecen pequeños. La gente creería que se trataba de un humano pequeño, jamás pensarían en la existencia de un Tontatta y eso me protegería de más maldad,
Flashbacks de Green Bit aparecían a menudo: mi madre, mi abuelo, todos aquellos que me enseñaron a medir, observar y respetar la vida en cada tamaño. Recordaba la ética que mi abuelo me inculcó, el orgullo de mis manos y el cuidado con cada paciente. Era mi brújula mientras navegaba en un mundo que no comprendía nuestra escala, que ignoraba nuestra ciencia. Pero también recordaba la maldad del mundo exterior que mi madre me advirtió.
Los años pasaron y mi reputación creció. Aprendí a moverme en las sombras, a seleccionar cuidadosamente a quienes ayudaba, a mantener el equilibrio entre discreción y eficacia. Mis fórmulas se hicieron más complejas, mis tratamientos más precisos, mis intervenciones más audaces. Siempre con un ojo en el puerto, siempre recordando a Ashwin, siempre recordando que la traición podía venir del lado más cercano. ¿Qué sería de él? ¿Habría crecido como médico a costa de otros ingenuos como yo? A pesar de esas preguntas que a veces aparecían en mi mente, nunca dejé que la traición me robara el corazón, ni el deseo de ayudar. Curar seguía siendo mi pasión, mi proceso, mi acto de poder. La ciencia seguía siendo mi terreno, y esta vez, nadie la reclamaba por encima de mí. Y si alguien lo intentaba… mis bisturís hablarían por mí. Nadie conocía mi rostro completamente, nadie sabía mi nombre completo, pero todos sabían que si sufrías, si estabas herido, había una que te curaría sin pedir nada a cambio, salvo respeto por sus manos y su ciencia.
En otras ocasiones, cuando algún viejo conocido mencionaba a Ashwin Lacroix, sonreía ligeramente, recordando la lección más dura e importante de mi vida: la confianza puede ser traicionera, pero el conocimiento y la precisión no mienten. Seguía vivo, seguía ejerciendo, pero nunca supe si su supervivencia se debía a la honradez o a los malos actos. Ya confié una vez en él, no lo haría una segunda. Yo, por el contrario, ahora caminaba por los muelles con seguridad, pequeña pero imponente a mi manera. Sorbet era mío, no por control, sino por respeto. La rabia que una vez me consumió se había transformado en determinación. Y mientras la brisa marina me traía los olores de sal y madera vieja, supe que ningún humano, por alto, listo o fuerte que fuera, podría subestimarme de nuevo, aunque pudieran enojarme con sus malas palabras o acciones.
Los primeros días fueron un torbellino. Sorbet era un puerto pequeño, sí, pero con suficientes heridos, enfermos y marineros mareados como para mantenerme ocupada. Aprendí rápidamente que no todos los que venían buscando ayuda eran nobles ni siquiera decentes. Algunos olían a ron y a rencor, otros llegaban con cortes que parecían recordatorios de peleas anteriores, y los más jóvenes lloraban con una mezcla de miedo y asombro al verme. Para ellos, era difícil comprender que alguien tan pequeño pudiera manejar bisturís, aplicar ungüentos o limpiar una herida infectada. Muchos desconfiaban de mi pericia y siempre debía explicar con paciencia, mostrar la eficacia de mis manos y, a menudo, soportar exclamaciones exageradas de “¡pero eres tan pequeña!” y yo tener que exclamar un poderoso “¡no subestime el poder de mis quince centímetros, señora!”. Lo aceptaban con una sonrisa ligera, casi una carcajada contenida; conocía el efecto que causaba en los demás y aprendí a usar la risa a mi favor, aunque a veces lo sintiera casi como una burla a mí misma.
Ashwin volvía cada tarde, a menudo con el pelo húmedo por la lluvia o el mar, y su presencia llenaba la habitación aunque no me vigilaba, me dejaba libre albedrío, lo cierto era que tampoco necesitaba tenerme vigilada, pero su sombra larga al cruzar la puerta me recordaba constantemente que no estaba sola, que aunque él no me vigilase, yo sí me sentía así. A veces me dejaba sola para experimentar con sus fármacos o mezclar extractos de hierbas con químicos médicos, combinando técnicas de South Blue con el conocimiento que traía de Green Bit. Mi microscopio se convirtió en mi mejor aliado, y mi cuaderno, en un territorio sagrado donde anotaba fórmulas, observaciones y pequeñas anotaciones sobre cada paciente.
Nos comunicábamos con un equilibrio curioso. Él hablaba de infecciones y enfermedades con la calma de un hombre que ha visto demasiado sufrimiento, y yo respondía con soluciones híbridas, remedios Tontatta combinados con métodos de purificación que él aprendía en segundos. A veces discutíamos; Ashwin era humano, testarudo y directo, y yo, Tontatta, orgullosa y minuciosa. Sin embargo, a pesar de los roces, la relación crecía en una especie de simbiosis profesional: yo le enseñaba a mirar lo pequeño, y él me mostraba cómo entender lo grande. Esa colaboración fue intoxicante, casi adictiva me atrevería a afirmar.
Los días pasaban y la rutina se asentó entre nosotros como un equipo. Curábamos, probábamos fórmulas, experimentábamos con mezclas que a ningún otro se le podría haber ocurrido, pues nadie tenía la perfecta simbiosis entre el mundo humano y el mundo de los Tontatta. Ashwin comenzaba a confiar en mí, y yo, peligrosamente, confiaba en él. Me enseñaba trucos para diagnosticar enfermedades antes de que se manifestaran, técnicas de sutura que requerían precisión y fuerza humana, y estrategias para lidiar con pacientes difíciles. Aprendí a anticipar sus movimientos, a saber cuándo se irritaba o cuándo estaba complacido. Su voz, incluso cuando era firme, tenía matices que me ayudaban a interpretar su humor. Él, por su parte, empezó a anticipar los míos, intuyo que en las posiciones de mi cola y el estado del pelo.
Algunas noches, después de cerrar el consultorio, compartíamos historias. Hablábamos de viajes, de barcos que casi se hunden, de tormentas y enfermedades que recordaban la fragilidad de la vida. Yo contaba historias de Green Bit, de las plantas que crecían bajo hojas gigantes, de la poca necesidad de precisión de mis manos para extraer polen o crear ungüentos curativos dado su tamaño en comparación al mío, aunque siempre, recelosa, procuraba no contarle acerca de la ubicación de mi hogar, pues no todos los gigantes tenían buena fe y a pesar de que Ashwin fuese mi amigo más fiel, no tenía que ser el amigo de los demás Tontatta.
Él, a su vez, hablaba de médicos que lo despreciaban, de la arrogancia de los nobles que subestimaban a los marineros, y de los pacientes a los que había salvado, aunque a veces fuera demasiado tarde. Yo, ingenua, me reía de aquellos médicos que le hacían de menos. Las conversaciones eran largas, mezcladas con risas y silencios, discusiones y amabilidad.
Pasaron semanas y la confianza mutua se convirtió también en rutina. Ashwin comenzó a dejarme acceder a sus notas y fórmulas más delicadas, y yo compartía sin miedo los secretos de mis propios experimentos. Un día, mientras mezclábamos un extracto de flor con un compuesto desinfectante, sus ojos brillaron con un entusiasmo inesperado—. Esto… podría cambiar la forma en que tratamos las infecciones resistentes —dijo, y yo asentí, orgullosa de mi contribución. Fue un momento efímero de triunfo compartido, y por un instante me sentí menos pequeña, menos invisible.
Sin embargo, con el tiempo el aire se volvió tenso, tan solo cuando empecé a notar detalles que antes pasaban desapercibidos. Ashwin comenzó a preguntar más sobre mis experimentos, insistiendo en tomar notas que parecían personales, intentando hacer que documentara cada combinación realizada por mí. Al principio, creí que era interés profesional; después, la curiosidad se volvió insistencia. Mi intuición, la que me había mantenido segura en tantos puertos y barcos, comenzó a alertarme. Algo se estaba moviendo bajo la superficie, y gracias a mi cercanía, lo sentía en cada gesto que él hacía cuando creía que no lo estaba mirando.
Un viernes, tras un día especialmente largo con un marinero con fiebre tifoidea, Ashwin me pidió que revisara su última combinación de ungüento y compuestos químicos—. Necesito que observes cómo reacciona la mezcla a la luz del sol —dijo, y yo lo hice, inclinándome sobre el frasco, midiendo cada partícula. Mientras lo hacía, noté que tomaba mis notas, que copiaba mis observaciones sin mencionarlas ni siquiera una sola vez. El frío que recorrió mi espalda fue instantáneo.
— Ashwin… —me atreví a decir, intentando que mi voz no temblara pero creo que los nervios me hicieron flaquear—. ¿Vas a usar esto… en tus propios experimentos sin mencionarlo?
Él se quedó en silencio unos segundos, demasiado largos, y luego sonrió con la calma de siempre, esa que de repente, más que admirable, me produjo terror—. Es para la ciencia, Alana —respondió. La sonrisa no alcanzó sus ojos, y por primera vez noté la distancia entre nosotros. Fue el primer indicio claro de la traición que se gestaba; traición que yo decidí ignorar en un primer momento. Así de ingenua o confiada era, decidí no reaccionar en ese momento, pensar que era tan solo un momento puntual, que todos tenemos derecho a equivocarnos o a diferir los unos de los otros, que para eso trabajamos juntos. Juntos. Con esa premisa, seguimos (o más bien seguí) trabajando, compartiendo momentos de camaradería, enseñanzas y pequeñas bromas, como si nada hubiera cambiado. Era un equilibrio peligroso: sabiendo que algo estaba mal, pero sin tener pruebas más que un mal presagio, sin tener un camino claro hacia la defensa de mi trabajo y mi integridad.
Los días siguientes, mis sospechas se confirmaron gradualmente. Ashwin comenzó a presentar conferencias sobre métodos que yo había desarrollado, usando mis combinaciones de plantas y químicos como ejemplos. Mis aportaciones aparecían siempre bajo su nombre. Intenté confrontarlo de manera sutil, mencionando mis métodos de forma casual frente a él. Su respuesta siempre era un encogimiento de hombros o un comentario sarcástico—. La ciencia no tiene dueños, Alana. Solo resultados.
— ¡Es cierto! No lo hacemos por orgullo propio, sino por el bien de nuestros pacientes. Pero si eso es así… —hice una pausa, pensando y ordenando en mi cabeza cada palabra que iba a pronunciar después, palabras que herían mi corazón— ...tampoco herirías a una compañera de trabajo, ni su autoestima ni subestimarías su trabajo e investigación como si fuese cualquier cosa. ¡Tal y como haces conmigo!
— ¡Oh, vamos, Alana! Creía que tú, de entre todas las personas, podrías entenderme mejor que nadie.
Esa frase me golpeó como un mazo. Nunca habían jugado conmigo la baza de nuestra relación profesional e informal. La ciencia, para mí, siempre había sido un acto de cuidado, no un escenario para la arrogancia humana, tal y como se estaba convirtiendo. Sentí la rabia crecer, silenciosa, caliente y constante. Mi corazón, por otro lado, chillaba horrorizado de cómo jugaban con él, tal vez por su diminuto tamaño. Pero aún estaba atrapada en la rutina del consultorio, donde él tenía la autoridad y el reconocimiento que yo, pequeña y Tontatta, difícilmente podría disputar. Quise llorar.
Durante meses, la relación se volvió un juego de tensiones y silencios. Ashwin me enseñaba, pero también observaba con atención, registrando mis movimientos y decisiones. Yo aprendía, pero vigilaba cada gesto suyo, cada anotación que hacía, cada frasco que tomaba. A veces encontraba sus ojos sobre mí, y aunque su sonrisa seguía intacta, había un filo en la mirada que no podía ignorar, un terrible escrutinio, una amenaza difícil de etiquetar. En otras ocasiones, como trampa, apuntaba decisiones erróneas dándolas por correctas. Curiosamente en esos momentos la culpa siempre recaía en mí. Conveniente.
Finalmente, la traición llegó como un golpe inevitable. Fue una tarde lluviosa; el puerto estaba desierto, con marineros refugiados en tabernas y calles empapadas que reflejaban luces amarillas. Ashwin presentó un manuscrito a un grupo de médicos de South Blue: un compendio completo sobre fármacos híbridos, combinando botánica Tontatta y química médica. Mis descubrimientos, mis anotaciones, mis experimentos, todo bajo su nombre. Me llamaron a la reunión, y cuando le pregunté directamente por mis contribuciones, él sonrió, esa sonrisa que ahora era siniestra, y murmuró—. Tus ideas son brillantes, Alana. Pero este es mi mundo, y los humanos miran hacia arriba, no hacia abajo.
Sentí el mundo temblar bajo mis pies, no había aire a mi alrededor. No por su tamaño, no por su fuerza, sino por la traición de quien había llamado mentor y amigo. No hubo gritos, no hubo escenas; solo un silencio que rugía dentro de mí, un vacío que llenaba cada rincón de aquel consultorio que una vez había sido mi refugio.
Me retiré sin palabras, guardando cada frasco, cada nota, cada recuerdo que era mío. Me defendí huyendo de aquel lugar. No iba a robarle nada, no iba a usar su fama para humillarlo. Pero la rabia creció y se convirtió en decisión. Aprendí que mi tamaño no era debilidad, que mis manos podían hacer más que escribir, que curar era solo la primera parte de mi poder. Ashwin se había llevado reconocimiento; yo me llevaría respeto, miedo y el conocimiento de que nadie podía subestimarme otra vez… ¿no?
Desde aquel día, decidí continuar sola. Dejé de lado a Ashwin. Se hundiría por su propio pie. Aunque Sorbet ya no era un refugio seguro, también era un lugar lleno de vida, de dolor, de enfermedades que necesitaban mi cuidado. Empecé a trabajar en secreto para quienes nadie más se atrevía a ayudar: criminales buscados, marineros heridos en combates ilegales, contrabandistas con fiebre y pulmones rotos. No preguntaba por sus delitos; solo aplicaba mi ciencia, mi conocimiento, mi delicadeza y precisión. No buscaba gloria, no quería fama. Quería respeto, reconocimiento de mis manos, mi voz, mi capacidad de curar y crear sin que nadie se aprovechara de mí. Quería todo aquello que Ashwin me había arrebatado como si no valiera nada.
Al principio, algunos intentaron aprovecharse de mí, creyendo que mi tamaño implicaba debilidad, tal y como Ashwin quiso creer al verme. Pero a diferencia de él, todos aprendieron rápido que mis bisturís y mis hierbas eran más afilados y poderosos de lo que aparentaban. La leyenda de la pequeña curandera de Sorbet comenzó a crecer en susurros, en rumores, en miradas temerosas hacia un callejón húmedo donde nadie se atrevía a preguntar demasiado. Yo curaba y desaparecía, dejando atrás soluciones y advertencias: no subestimen a quienes parecen pequeños. La gente creería que se trataba de un humano pequeño, jamás pensarían en la existencia de un Tontatta y eso me protegería de más maldad,
Flashbacks de Green Bit aparecían a menudo: mi madre, mi abuelo, todos aquellos que me enseñaron a medir, observar y respetar la vida en cada tamaño. Recordaba la ética que mi abuelo me inculcó, el orgullo de mis manos y el cuidado con cada paciente. Era mi brújula mientras navegaba en un mundo que no comprendía nuestra escala, que ignoraba nuestra ciencia. Pero también recordaba la maldad del mundo exterior que mi madre me advirtió.
Los años pasaron y mi reputación creció. Aprendí a moverme en las sombras, a seleccionar cuidadosamente a quienes ayudaba, a mantener el equilibrio entre discreción y eficacia. Mis fórmulas se hicieron más complejas, mis tratamientos más precisos, mis intervenciones más audaces. Siempre con un ojo en el puerto, siempre recordando a Ashwin, siempre recordando que la traición podía venir del lado más cercano. ¿Qué sería de él? ¿Habría crecido como médico a costa de otros ingenuos como yo? A pesar de esas preguntas que a veces aparecían en mi mente, nunca dejé que la traición me robara el corazón, ni el deseo de ayudar. Curar seguía siendo mi pasión, mi proceso, mi acto de poder. La ciencia seguía siendo mi terreno, y esta vez, nadie la reclamaba por encima de mí. Y si alguien lo intentaba… mis bisturís hablarían por mí. Nadie conocía mi rostro completamente, nadie sabía mi nombre completo, pero todos sabían que si sufrías, si estabas herido, había una que te curaría sin pedir nada a cambio, salvo respeto por sus manos y su ciencia.
En otras ocasiones, cuando algún viejo conocido mencionaba a Ashwin Lacroix, sonreía ligeramente, recordando la lección más dura e importante de mi vida: la confianza puede ser traicionera, pero el conocimiento y la precisión no mienten. Seguía vivo, seguía ejerciendo, pero nunca supe si su supervivencia se debía a la honradez o a los malos actos. Ya confié una vez en él, no lo haría una segunda. Yo, por el contrario, ahora caminaba por los muelles con seguridad, pequeña pero imponente a mi manera. Sorbet era mío, no por control, sino por respeto. La rabia que una vez me consumió se había transformado en determinación. Y mientras la brisa marina me traía los olores de sal y madera vieja, supe que ningún humano, por alto, listo o fuerte que fuera, podría subestimarme de nuevo, aunque pudieran enojarme con sus malas palabras o acciones.
