15-12-2025, 03:21 PM
Demasiadas emociones, pensó en silencio mientras se acercaba a quienes observaban la isla. Demasiadas emociones a la vez, se corrigió, consciente de que aquel cúmulo comenzaba a sobrepasarla por momentos.
Quizá por eso, de manera instintiva, sus manos se buscaron y se entrelazaron, como si así pudiera contener algo que ni siquiera sabía nombrar.
Quizás por eso, al primer contacto se apretaron hasta que los nudillos se emblanquezieron.
Y, quizás por eso, su mirada, en cambio, vibraba inquieta, como las chispas de una fogata, saltando de uno a otro de los presentes e intentando comprender qué era exactamente lo que se estaba gestando frente a ellos.
Todos parecían absortos en la maleza, en la selva frondosa que se alzaba ante el grupo con fauces verdosas, amenazando con engullirlos sin esfuerzo. Y, aun así, de alguna forma retoecida, ella también la admiraba: aquel pulmón desmesurado, aquel latido antiguo que parecía acompasarse con cada respiración de las criaturas ocultas en su interior.
Era simplemente hipnótico.
—Parece que cualquier paso en falso será un problema...
De repente un ave graznó a la lejanía y su mirada volvió a saltar. Esta vez hacia el cielo. A su vez, una ráfaga de aire agitó su cabello, trayendo consigo un olor denso a savia y a lo desconocido.
Bai llevó la mano hacia su cabello para impedir que este le tapara la vista, esperó a que el aire cesara y dio un paso al frente obligándose a recomponerse. ¿Por qué se sentía tan inquieta?, se preguntó mientras apartaba un mechón rebelde del rostro, como si en ese gesto sencillo pudiera hallar una respuesta. ¿Era la quietud? ¿La ausencia de miedo por parte de aquello que habitaba en aquel lugar?
Sí. Debía de ser eso.
Al fin y al cabo, no ser una amenaza implicaba, en sí mismo, un peligro.
—Voy a por mis cosas, Lan.
Su mirada descendió desde el firmamento hasta la tierra.
Demasiado salvaje, se dijo para luego buscar la recortada costa con su mirada.
—Ahora vuelvo.
Tras ello, se dio media vuelta y se dirigió a su estancia. Pero no parecía haber sido la única con esa idea: Mahou también se encaminaba hacia los aposentos. Su energía vibrante se dejaba escuchar incluso desde la distancia, un contraste agradable con la calma silenciosa de Bai.
Ella, en cambio, se movía como una sombra entre los pasillos del Wu Wey. Sus pasos, medidos y decididos, apenas rozaban la madera. El mayor ruido se produjo al girar el pomo de su habitación, un leve clak que resonó en el silencio.
Dentro, sacó su zurrón y comenzó a recoger lo que consideraba esencial: vendas, hierbas, su libreta de bocetos, la bitácora y varias cajitas planas para guardar objetos pequeños. Organizó cada elemento con cuidado, colocándolo en los bolsillos y compartimentos adecuados, antes de ajustarse la correa del zurrón sobre el hombro.
Se acercó a su nueva arma, fijó el cinturón a la cadera y guardó la espada. Respiró hondo, llenándose del aroma salado del mar que entraba por la ventana abierta.
—Ya estás lista —murmuró, exhalando y dando un paso firme hacia la salida.
Pero no era del todo cierto. Un objeto importante le había pasado desapercibido hasta que casi abandonaba los recovecos del Wu Wey.
—Mierda —masculló, volviendo rápidamente a por su dial—. Ahora sí —añadió, guardándolo en el bolsillo del pantalón, finalmente lista para reunirse con sus compañeros.
Una vez ya sobre la cubierta, Bai se detuvo un instante, dejando que el peso del zurrón y el cinturón con su arma se acomodaran correctamente. Ciertamente eran objetos voluminosos, pero nada que no pudiera arreglarse con un suave saltito. A continuación, apoyó la mano sobre la empuñadura y suspiró, sintiéndose menos inquieta que antes.
Y es que ¿quién no se sentiría mejor portando armas en medio de un entorno hostil?
Echó a andar, notando cómo, poco a poco, la tensión inicial comenzaba a ceder ante la creciente sensación de seguridad y control que le otorgaban sus pertenencias.
Aun así, sus ojos volvieron a escudriñar la costa: las raíces que se enroscaban como serpientes dormidas y los claros de tierra que podrían servir de camino. Debía, al menos, intentar memorizar las marcas, las sombras y las curvas del terreno; necesitaba ser capaz de regresar al Wu Wey en caso de emergencia y no podía confiar únicamente en la memoria de los demás.
Entonces, una voz captó su atención. Alguien del grupo había hablado, distrayéndola en pleno proceso.
¿Acaso habría sido Han?
No estaba del todo segura, pues no había prestado demasiada atención, pero pronto se encontró observando de nuevo a sus entusiasmados compañeros y, esta vez sí, dejándose contagiar por el ánimo general, una sonrisa floreció en su rostro. Al fin y al cabo, si se mantenían unidos, nada malo podía pasar… ¿o sí?
Tratando de no pensar de más Bai avanzó hacia la pasarela.
A su espalda la quedaba la relativa seguridad de la cubierta.
La madera crujió suavemente bajo sus pies al descender unos peldaños pero, al no escuchar el andar de Dong, se detuvo antes de continuar. Algo no encajaba.
Alzó la vista y buscó a moreno entre los suyos.
Él permanecía en su lugar, inmóvil, anclado al barco como si aquel fuera su límite por ahora. Sus miradas se encontraron por un instante.
¿Vienes?, preguntó con un gesto de cabeza y una pregunta muda dibujándose en sus ojos.
Entonces entendió que no.
Y en silencio, se giró de nuevo hacia la pasarela y retomó el descenso.
El olor a tierra húmeda se hacía cada vez más intenso y, al final, los aromas de la selva la abrazaron.
Bajo sus pies ya no había madera alguna, solo tierra firme y la sensación de que no había marcha atrás.
Bai avanzó entonces unos pasos más, alejándose lo justo del barco, y volvió a alzar la mirada hacia la selva.
Quizá por eso, de manera instintiva, sus manos se buscaron y se entrelazaron, como si así pudiera contener algo que ni siquiera sabía nombrar.
Quizás por eso, al primer contacto se apretaron hasta que los nudillos se emblanquezieron.
Y, quizás por eso, su mirada, en cambio, vibraba inquieta, como las chispas de una fogata, saltando de uno a otro de los presentes e intentando comprender qué era exactamente lo que se estaba gestando frente a ellos.
Todos parecían absortos en la maleza, en la selva frondosa que se alzaba ante el grupo con fauces verdosas, amenazando con engullirlos sin esfuerzo. Y, aun así, de alguna forma retoecida, ella también la admiraba: aquel pulmón desmesurado, aquel latido antiguo que parecía acompasarse con cada respiración de las criaturas ocultas en su interior.
Era simplemente hipnótico.
—Parece que cualquier paso en falso será un problema...
De repente un ave graznó a la lejanía y su mirada volvió a saltar. Esta vez hacia el cielo. A su vez, una ráfaga de aire agitó su cabello, trayendo consigo un olor denso a savia y a lo desconocido.
Bai llevó la mano hacia su cabello para impedir que este le tapara la vista, esperó a que el aire cesara y dio un paso al frente obligándose a recomponerse. ¿Por qué se sentía tan inquieta?, se preguntó mientras apartaba un mechón rebelde del rostro, como si en ese gesto sencillo pudiera hallar una respuesta. ¿Era la quietud? ¿La ausencia de miedo por parte de aquello que habitaba en aquel lugar?
Sí. Debía de ser eso.
Al fin y al cabo, no ser una amenaza implicaba, en sí mismo, un peligro.
—Voy a por mis cosas, Lan.
Su mirada descendió desde el firmamento hasta la tierra.
Demasiado salvaje, se dijo para luego buscar la recortada costa con su mirada.
—Ahora vuelvo.
Tras ello, se dio media vuelta y se dirigió a su estancia. Pero no parecía haber sido la única con esa idea: Mahou también se encaminaba hacia los aposentos. Su energía vibrante se dejaba escuchar incluso desde la distancia, un contraste agradable con la calma silenciosa de Bai.
Ella, en cambio, se movía como una sombra entre los pasillos del Wu Wey. Sus pasos, medidos y decididos, apenas rozaban la madera. El mayor ruido se produjo al girar el pomo de su habitación, un leve clak que resonó en el silencio.
Dentro, sacó su zurrón y comenzó a recoger lo que consideraba esencial: vendas, hierbas, su libreta de bocetos, la bitácora y varias cajitas planas para guardar objetos pequeños. Organizó cada elemento con cuidado, colocándolo en los bolsillos y compartimentos adecuados, antes de ajustarse la correa del zurrón sobre el hombro.
Se acercó a su nueva arma, fijó el cinturón a la cadera y guardó la espada. Respiró hondo, llenándose del aroma salado del mar que entraba por la ventana abierta.
—Ya estás lista —murmuró, exhalando y dando un paso firme hacia la salida.
Pero no era del todo cierto. Un objeto importante le había pasado desapercibido hasta que casi abandonaba los recovecos del Wu Wey.
—Mierda —masculló, volviendo rápidamente a por su dial—. Ahora sí —añadió, guardándolo en el bolsillo del pantalón, finalmente lista para reunirse con sus compañeros.
Una vez ya sobre la cubierta, Bai se detuvo un instante, dejando que el peso del zurrón y el cinturón con su arma se acomodaran correctamente. Ciertamente eran objetos voluminosos, pero nada que no pudiera arreglarse con un suave saltito. A continuación, apoyó la mano sobre la empuñadura y suspiró, sintiéndose menos inquieta que antes.
Y es que ¿quién no se sentiría mejor portando armas en medio de un entorno hostil?
Echó a andar, notando cómo, poco a poco, la tensión inicial comenzaba a ceder ante la creciente sensación de seguridad y control que le otorgaban sus pertenencias.
Aun así, sus ojos volvieron a escudriñar la costa: las raíces que se enroscaban como serpientes dormidas y los claros de tierra que podrían servir de camino. Debía, al menos, intentar memorizar las marcas, las sombras y las curvas del terreno; necesitaba ser capaz de regresar al Wu Wey en caso de emergencia y no podía confiar únicamente en la memoria de los demás.
Entonces, una voz captó su atención. Alguien del grupo había hablado, distrayéndola en pleno proceso.
¿Acaso habría sido Han?
No estaba del todo segura, pues no había prestado demasiada atención, pero pronto se encontró observando de nuevo a sus entusiasmados compañeros y, esta vez sí, dejándose contagiar por el ánimo general, una sonrisa floreció en su rostro. Al fin y al cabo, si se mantenían unidos, nada malo podía pasar… ¿o sí?
Tratando de no pensar de más Bai avanzó hacia la pasarela.
A su espalda la quedaba la relativa seguridad de la cubierta.
La madera crujió suavemente bajo sus pies al descender unos peldaños pero, al no escuchar el andar de Dong, se detuvo antes de continuar. Algo no encajaba.
Alzó la vista y buscó a moreno entre los suyos.
Él permanecía en su lugar, inmóvil, anclado al barco como si aquel fuera su límite por ahora. Sus miradas se encontraron por un instante.
¿Vienes?, preguntó con un gesto de cabeza y una pregunta muda dibujándose en sus ojos.
Entonces entendió que no.
Y en silencio, se giró de nuevo hacia la pasarela y retomó el descenso.
El olor a tierra húmeda se hacía cada vez más intenso y, al final, los aromas de la selva la abrazaron.
Bajo sus pies ya no había madera alguna, solo tierra firme y la sensación de que no había marcha atrás.
Bai avanzó entonces unos pasos más, alejándose lo justo del barco, y volvió a alzar la mirada hacia la selva.
