17-12-2025, 03:08 PM
Ella me volvió a preocupar, más aún cuando en la cercanía puede verlas. Unas cicatrices que llamaron del todo mi atención. Me puse a disposición para ayudarle a conservar el equilibrio. Eran unas cortadas leves que no dejaban de llamar mi atención. Me quedé casi congelado cuando la escuché, parecía destruida como si hubiera perdido algo invaluable.
—Oie.— Mi voz es suave, le devuelvo el abrazo con calidez. —Tranquila, seguro seguirá allí afue…— Mi oración sentenciada, incompleta, me dejó con el aliento cortado verla salir sin más palabras que poder usar o qué decir para retenerla que se escapa de mis brazos me hizo acelerar. —Oye, ¡Oye!— Entonces es cuando terminé por caer. No fue una caída física, pero fui tras ella, pensé que la podría alcanzar pero tras la puerta había una oscuridad que me forzaba un poco la vista. No mucho, lo molesto era a la lluvia, la flora que molesta para caminar, para seguirla.
Dejé mis cosas atrás siguiendo a una mujer de la que no sé ni su nombre. Solo planeaba ser su ayuda ahora que estaba cautiva. Me hace pensar que a lo mejor tomé una mala decisión. Pero cuando yo estuve cautivo alguien quiso ayudarme y yo solo quería devolverle esa oportunidad a esta mujer. Creí oír sus pasos, seguir sus huellas pero estaba totalmente equivocado. Corrí hasta que me encontré lo que eran una especie emboscada, al darme cuenta ya era tarde, me vi rodeado de unos hombres de piel canela, cabello liso y largo, facciones demasiado marcadas, portaban taparrabos y armas de asta y algunos antorchas que ocultan de la lluvia.
No puedo entender que significan los ruidos que emiten, parecen chimpancés sorprendidos, gritan, rebuznan, chillan y me apuntan con esas armas y puedo notar sus claras intenciones de empalar. No puedo hablar, si hablo seguro terminaré como un colador para la pasta. Evadir por aquí, por allá, un movimiento suelto evadiendo las picaduras de esas rocas bien afiladas. Verme rodeado por unos cuantos salvajes me hizo entender que yo no la iba a tener nada fácil para escapar de aquí. Mis manos apretadas de inmediato formaron puños.
Ya entiendo por que ella estaba tan asustada, si estos tipos son unos salvajes, no podría darme el gusto de contenerme así que no di el mínimo lugar a las dudas. Cargué contra ellos inmediatamente. Aprovechando mi altura que era considerablemente más fuerte que ellos fui aplastándolos uno por uno. Con mi manos, golpeandolos atrapando sus cabezas para impactarse entre ellas, patadas que iban directo a los testículos. Sin usar armas, ya que no las ocupo y que no las se usar.
Unos tras vinieron contra mí, algunos cortándome con las puntas cerca del abdomen, otros en los brazos, desatando cada vez más una furia que se contenía dentro de mi. Dejé de medir y dejé de pensar siendo una bestia que un ser pensante. Los golpes llovían y la sangre manchaba mis manos, los dientes volaban de sus bocas. Algunos recibían rodillazos repetidas veces hasta que su respiración era tan débil que no exhalaban sobre mi piel. Huesos crujieron de los macizos de los puñetazos que sonaban como si su mazo quisiera derribar una pared de concreto armado.
Cómo un oso sediento grité a la lluvia mientras un trueno opacaba mi rugido. Maldije de todas las formas posibles pues mi apetito por seguir luchando no se vió del todo aplacado. Todo por una mujer, por eso son las más peligrosas. Mi cuerpo me decía en sus músculos que hay dolor y no me quedó otra opción que seguir caminando bajo la lluvia, ahora sin rumbo hasta encontrarme con lo que parecían unas cabañas en el medio de la nada.
—Oie.— Mi voz es suave, le devuelvo el abrazo con calidez. —Tranquila, seguro seguirá allí afue…— Mi oración sentenciada, incompleta, me dejó con el aliento cortado verla salir sin más palabras que poder usar o qué decir para retenerla que se escapa de mis brazos me hizo acelerar. —Oye, ¡Oye!— Entonces es cuando terminé por caer. No fue una caída física, pero fui tras ella, pensé que la podría alcanzar pero tras la puerta había una oscuridad que me forzaba un poco la vista. No mucho, lo molesto era a la lluvia, la flora que molesta para caminar, para seguirla.
Dejé mis cosas atrás siguiendo a una mujer de la que no sé ni su nombre. Solo planeaba ser su ayuda ahora que estaba cautiva. Me hace pensar que a lo mejor tomé una mala decisión. Pero cuando yo estuve cautivo alguien quiso ayudarme y yo solo quería devolverle esa oportunidad a esta mujer. Creí oír sus pasos, seguir sus huellas pero estaba totalmente equivocado. Corrí hasta que me encontré lo que eran una especie emboscada, al darme cuenta ya era tarde, me vi rodeado de unos hombres de piel canela, cabello liso y largo, facciones demasiado marcadas, portaban taparrabos y armas de asta y algunos antorchas que ocultan de la lluvia.
No puedo entender que significan los ruidos que emiten, parecen chimpancés sorprendidos, gritan, rebuznan, chillan y me apuntan con esas armas y puedo notar sus claras intenciones de empalar. No puedo hablar, si hablo seguro terminaré como un colador para la pasta. Evadir por aquí, por allá, un movimiento suelto evadiendo las picaduras de esas rocas bien afiladas. Verme rodeado por unos cuantos salvajes me hizo entender que yo no la iba a tener nada fácil para escapar de aquí. Mis manos apretadas de inmediato formaron puños.
Ya entiendo por que ella estaba tan asustada, si estos tipos son unos salvajes, no podría darme el gusto de contenerme así que no di el mínimo lugar a las dudas. Cargué contra ellos inmediatamente. Aprovechando mi altura que era considerablemente más fuerte que ellos fui aplastándolos uno por uno. Con mi manos, golpeandolos atrapando sus cabezas para impactarse entre ellas, patadas que iban directo a los testículos. Sin usar armas, ya que no las ocupo y que no las se usar.
Unos tras vinieron contra mí, algunos cortándome con las puntas cerca del abdomen, otros en los brazos, desatando cada vez más una furia que se contenía dentro de mi. Dejé de medir y dejé de pensar siendo una bestia que un ser pensante. Los golpes llovían y la sangre manchaba mis manos, los dientes volaban de sus bocas. Algunos recibían rodillazos repetidas veces hasta que su respiración era tan débil que no exhalaban sobre mi piel. Huesos crujieron de los macizos de los puñetazos que sonaban como si su mazo quisiera derribar una pared de concreto armado.
Cómo un oso sediento grité a la lluvia mientras un trueno opacaba mi rugido. Maldije de todas las formas posibles pues mi apetito por seguir luchando no se vió del todo aplacado. Todo por una mujer, por eso son las más peligrosas. Mi cuerpo me decía en sus músculos que hay dolor y no me quedó otra opción que seguir caminando bajo la lluvia, ahora sin rumbo hasta encontrarme con lo que parecían unas cabañas en el medio de la nada.
