Obsesión [Priv. Tezca] [Pasado]
#1
Día 3 de verano, Año 14

Se detuvo en la rampa, frente al calmo mar teñido de tonos naranjas.

El día empezó a morir y con él el bullicio de las personas que, al ver al rey de los cielos ocultarse en el horizonte, preferían el refugio que significaban las paredes cálidas de sus hogares que la brisa fría que calaba los huesos al, sin pedir permiso, colarse bajo la ropa.

En el puerto era más notable, el ir y venir tan continuo durante las horas en las que el sol brillaba sobre sus cabezas, disminuyó a tal punto que apenas se escuchaban pies arrastrándose al compás de redes que, a estas horas, habían sido vaciadas por sus dueños quienes se despedían de otros marineros que, por una noche, dejaban atrás el mar para despejar su mente en tierra; sin embargo, unos pocos osados reían mientras metían sus embarcaciones al agua, saludando al futuro océano nocturno con una sonrisa que declaraba que, pasara lo que pasara, no tenían miedo de saludar a unas cuantas olas necias en medio de la penumbra de la inevitable noche.

Visto desde afuera, la cotidianidad de la escena serviría para inspirar a un pintor o a un fotógrafo que busca capturar la belleza de la vida en la simpleza del día a día.

El mundo parece tan calmo, tan apacible…Tan contrario a su mente.

Sus ojos dorados mirando al horizonte, los que normalmente se perderían en el espectáculo que la coloridas nubes de la tarde pudieran ofrecerle, esta vez no les prestaban atención, pues sus pensamientos se resbalaban hacia un abismo rojo del que, fácilmente, no saldría.

El poco bullicio del muelle o los comentarios al azar de algunos pescadores que notaron su presencia a la orilla de la rampa del puerto, no fueron suficiente para despertarlo de la ensoñación en la que él mismo se había metido, de hecho, ni siquiera el frío viento, del que normalmente se quejaría, parecía importarle, no cuando su cuerpo empezaba a entrar el calor.

Su bolsa, en la que solía llevar insumos médicos, esta vez era ocupada en su mayoría por un par de grandes botellas de el ron más puro y concentrado que pudo encontrar en la licorería más cercana…una licorería barata, absurdamente barata, en la que en otro momento no habría pisado ni aunque le pagaran, pero que hoy…hoy fue su salvación.

Por supuesto, las botellas no estaban en su bolsa de adorno y las dos que aún permanecían cerradas solo eran un repuesto para la que yacía en una de sus manos, temblorosa, frágil, como si su perfecto pulso de cirujano hubiera desaparecido para mostrar ahora a un manojo de nervios que apenas podría sujetar con propiedad un bisturí si se lo propusiera en este instante.

—¿Por qué tuvo que hacerlo? —La pregunta se deslizó de sus labios con el mismo dejo tembloroso que la mano que sostenía la botella de ron y con un tono quebradizo digno de alguien que intenta contener el llanto pero que está llegando a su límite.

Tomó una gran bocanada de aire, pero el aire frío del crepúsculo solo le hizo recordar la fragilidad de la existencia de todos los que lo rodeaban, le hizo recordar la razón por la que la persona a la que tanto se había apegado, a la que tanto quiso, había dejado de respirar cuando, poniendo las cosas sobre una balanza, merecía más estar vivo de lo que él mismo lo merecía.

No pudo evitarlo más y de su garganta escapó un sollozo que mitigó al llevar, casi enseguida, la botella de ron a su boca, bebiendo un gran trago de una sola sentada. Una pésima idea para alguien tan poco resistente al alcohol.

El mareo y esa sensación nauseabunda de querer devolver todo lo bebido no se hicieron esperar, eran síntomas claros de que debía detener su arrebato. En otro momento habría escuchado a su cuerpo, pero ahora no podía, no cuando el calor de la bebida activó esas mismas memorias que estaba intentando borrar con un poco de ron.

Escuchó casi con claridad el momento en el que el cuerpo de su amado cayó al suelo, los músculos chocando con la madera fría, los huesos de la cabeza rompiéndose con el impacto, la sangre resbalando de su cráneo y manchando los hermosos rizos dorados que adornaban su cabeza, regándose hasta formar un charco que alcanzaron sus botas negras, las mismas que ahora llevaba puestas y en las que poco o nada se podían notar los restos rojizos del líquido que en su momento las mancharon.

—¿Por qué tuvo que decir eso? Todo iba tan bien, todo era perfecto… ¿Por qué son tan frágiles? ¿Por qué son tan emocionales? —Un nudo empezó a formarse en su garganta y ningún trago del ron que tomaba le resultaba más amargo que tener que tragarse el dolor de la pérdida de alguien a quien quería tanto…una pérdida que se pudo haber evitado.

Por un segundo dejó a un lado la botella de ron y se fijó en sus manos, la rojez de la tez de sus palmas solo sirvió para recordarle sus guantes blancos manchados de rojo; le hicieron ver, como si aún lo tuviera en frente, las pinzas, cuchillas, sierras y bisturíes cortando la carne de su amor con la facilidad con la que una tijera corta un trozo de papel. Cerró sus puños y, por un instante, percibió el calor de los órganos frescos siendo sostenidos, medidos y pesados, para ser dispuestos en esas frías cajas en las que se conservarían para la venta que él mismo había cuadrado para esa tarde.

¿Por qué tenía que ser la víctima perfecta?

¿Por qué lo eligió a él?

Simple, no debía sentir tanto por nadie y aquel hombre de rizados cabellos del color del oro, se estaba colando demasiado en su mente, en su corazón, un detalle del que se dio cuenta cuando este le dijo que lo amaba.

Soltó una risa amarga en medio del llanto que empezaba a aflorar.

Amor…un error que no puede permitirse, un error que debe eliminar de raíz cuando aparece.

Pero, si sabía que así eran las cosas consigo mismo… ¿Por qué le dolía tanto?

Sin pensarlo dos veces llevó una de sus manos a su pecho a la vez que mordía con fuerza sus labios, haciendo que estos sangraran en el proceso, pero todo con tal de evitar que los sonidos lastimeros que amenazaban con salir de su boca se escucharan en voz alta, aunque eso no quitaba el hecho de que su estado deplorable era más que notable, ahora aun más, ya que la fuerza con la que apretó la tela de su yukata roja hizo que esta se desajustara… ¿Le importó? No, no ahora.

Volvió a respirar hondo y, en consecuencia, aflojó los dedos de su yukata; poco le importó que una de las mangas de su ropa cediera revelando parte de su hombro, de todos modos, ya las luces de la tarde se habían desvanecido y ahora solo quedaba la penumbra de la noche… ¿Quién lo juzgaría? Cualquiera que estuviera por ese sitio a esas horas tal vez estuviera igual de borracho que él, así que, su único juez y verdugo sería él mismo.

Agachó la cabeza, notando por primera vez lo desarreglada que estaba su ropa, prestó especial atención a su pecho y ahí murió su concentración del presente. El pasado, las horas anteriores, volvieron a golpearlo y sintió con facilidad el peso de un corazón ajeno entre sus manos. Un corazón que, a diferencia del resto de órganos, no vendería…uno de los pocos corazones que conservaría.

Por un momento, a pesar de su mal olfato, sintió en sus narices el penetrante olor picoso del formol que usó para tratar de conservar aquel órgano que ahora debía reposar en lo alto de alguna de sus repisas. El único recuerdo que le quedaría de esa persona.

—Idiota —. La palabra simplemente salió de su boca y no sabía si se lo decía a él mismo o al difunto, después de todo, sus sentidos no estaban trabajando bien y la botella de ron que volvió a tomar entre sus manos y que llevó a su boca se encargaría de que así siguieran.

No quería prestarle atención al mundo, a nada, a nadie, quería vivir su “duelo” tranquilo y esperaba que así lo dejaran, a fin de cuentas, visto desde lejos era un desastre…uno que, a pesar de todo, mostraba la belleza que la tristeza solía esconder.

La melancolía le sentaba bien.

Sus ojos se volvieron más brillosos, sus mejillas, producto de la borrachera y del llanto, ardían con un rubor que parecía competir con la tela de su yukata y su rostro, a pesar de la aflicción evidente y de la sangre que resbalaba en un hilillo por su labio producto de la mordida que él mismo se hizo, seguro que, al igual que el atardecer de antes, podría inspirar a un artista o dos.

Pero ahí, en la rampa del puerto, cuando la mayoría había abandonado el lugar, seguro que podría gozar de algo de tranquilidad…daba igual su apariencia, daba igual su estado, dudaba que alguien se le acercaría.

Bueno…eso creyó hasta que los pasos de alguien más en la madera de la rampa lo hicieron girar su cabeza, con evidente molestia, para insultar de mil y un maneras a quien sea que se atreviera a incordiarlo, aunque ninguna palabra logró salir de su boca cuando sus ojos pasaron de la molestia al asombro y del asombro a la fascinación cuando observaron a quien interrumpió su “despecho”, después de todo, ni siquiera todo el alcohol que había bebido lo podía hacer sentir igual que el simple hecho de mirar al hombre a quien tenía ahora en frente.

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Obsesión [Priv. Tezca] [Pasado] - por Hyákinthos - 19-12-2025, 09:56 AM

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