21-12-2025, 07:30 AM
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Diálogos: Así
Pensamientos: Así
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Diálogos: Así
Pensamientos: Así
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Libertad.
Las palabras que promulga el hombre que se hace llamar capitán no tienen sentido para él.
¿Qué es la libertad?
El mundo es cruel.
La vida es cruel.
El pez más grande al pequeño se traga.
Así funciona la naturaleza y también la sociedad.
Es lo que conocía, es el mundo que lo había criado y en el que, activamente, participaba.
Por eso no podía entender las acciones del capitán.
“Cuídala”
Esa simple orden le provocó un cortocircuito a su cerebro. ¿Cómo alguien podía confiar en él para cuidar a otra persona? Claro, se supone que ahora era el médico de abordo.
Que extraño era regresar a la época en donde de verdad velaba por el bienestar de una tripulación, pero… ¿Esa chica era parte de ellos?
Sabía que tenía mala memoria, pero, aun así, algo le decía que era la primera vez que se veían.
—¿Quién…?
No tuvo tiempo de recriminar nada, cuando sintió la mirada del castaño sobre él, una mirada decidida y que parecía no tener intenciones de discutir su orden.
—Bien, haré lo que pueda por ella.
Y con esas palabras, el hombre más bajito le entregó el cuerpo de la completa desconocida, aun envuelto en una manta que la cubría casi en su totalidad y, sin más que decir, el castaño salió de la habitación dejándolo a solas con la extraña.
—¿Qué voy a hacer contigo? Ni siquiera me dijo que es lo que padeces —. Con la mujer en brazos se movió hasta quedar frente a una camilla sobre la que intentó acostar a la chica, aun sin quitarle la manta de encima, para poder examinarla con detenimiento, aunque con solo ver su rostro teñido de rojo y esa mirada perdida podía darse una pequeña idea: ella estaba intoxicada.
—¿Puedes hablar? ¿Puedes decirme que tomaste? Alguna pastilla, un brebaje, una planta o, tal vez, algo más —. Quiso mirarla a los ojos, dándose cuenta del brillo lacrimoso que empañaba los dorados ojos desorbitados. Ella no hablaría, lo supo en ese instante y, en el caso de que lo hiciera, nada coherente saldría de su boca. —Jmmm, olvida la pregunta, no es necesario que la respondas, mejor recuéstate ¿Puedes hacer es…?
Su pregunta quedó a medias cuando la mujer le dedicó una seductora sonrisa, eso sí, no de esas sinceras, si no de las fingidas, lo supo porque en ningún momento dejó de verla a los ojos que, aunque brillantes, parecían los de alguien que está muerto en vida, los de alguien que actúa por inercia…esa no es la mirada de alguien que actúa por deseo propio.
Escuchó un par de palabras halagando su apariencia, otras más hablando sobre “servirle de la forma en la que él quisiera” y, antes de que pudiera reaccionar para obligar a la chica a alejarse de él y acostarla sobre la camilla, sintió unos brazos rodeando su cuello y el aliento cálido de la muchacha cerca de su oído, nuevamente, susurrando promesas atrevidas, pero casi inentendibles.
Frunció el ceño, mientras que sus brazos permanecieron a sus costados, sin intención alguna de tocar a la muchacha de ninguna de las maneras en las que ella pudiera sugerir y, aunque la acción lo incomodó, fue suficiente para que su mente terminara de armar el rompecabezas sobre el estado de la chica, no solo estaba intoxicadas, debía haber tomado drogas sexuales que se quedaban chicas al lado de cualquier tipo de afrodisíaco.
—¿De dónde te sacó ese muchacho? —Aun se le dificultaba recordar el nombre del capitán, pero no venía al caso. Su mente empezó a trabajar para llenar los fragmentos de historia que aún no le cuadraban del todo, tal vez debería llamar al moreno y preguntarle directamente, eso sería de más ayuda que trabajar a ciegas, pero, justo cuando lo pensó, su idea fue interrumpida por una mano que quería colarse bajo la tela de su camisa.
Esa acción lo hizo reaccionar y mirar hacia abajo para encontrarse de nuevo con la muchacha de cabellos celestes. —No, no lo hagas —. Esta vez fue su mano la que se movió, tomando la de la chica entre sus dedos y alejándola con delicadeza, algo que lo hizo notar algo más, la manta que, hasta ahora, cubría a la desconocida se había movido lo suficiente para que notara la escasa ropa, si es que se le podía llamar así, que ella llevaba puesta.
—¿Una prostituta? —No era inocente como para no darse cuenta de lo obvio, después de todo, varios prostíbulos visitó cuando era más joven, siendo arrastrado por los piratas con los que viajaba en cada ocasión y, cada vez, odiando más esos lugares de mala muerte que solían frecuentar sus antiguos compañeros. No era lo suyo, pero lo que vio, por más mala memoria que tuviera, se quedó guardado en su cerebro. No era raro ver a algunos “trabajadores” intoxicados para cumplir con su labor. Nunca se metió, nunca les prestó atención, nunca intentó ayudarlos…seria hipócrita de su parte cuando suponía que la razón por la que estaban ahí seguro era por esclavistas como lo era su tripulación de aquel entonces.
Pero ahora…la orden del capitán volvió a dar vueltas en su cabeza y supo que, al menos a esta chica, no podía dejarla a su suerte, aunque, primero tenía que pensar en como sacársela de encima sin ser demasiado brusco.
Entendiendo que era su estado y quizá el que siguiera pensando que estaba en el burdel, desechó con rapidez la idea de apartarla a la fuerza, debía ser más delicado, dejar que confiara, pero al mismo tiempo, seguirle un poco el juego, no con acciones, si no con palabras.
—¿En verdad quieres hacer algo por mí? —Su pregunta salió en un susurro grave pronunciado cerca de la oreja de la chica, tal como ella había hecho con él. —Entonces recuéstate en la camilla y haz lo que te pido ¿Sí? —No hubo resistencia, era como un robot al que podías darle una orden y la cumpliría de inmediato. Casi le dio lástima.
—Para que quede claro, no tengo intenciones de hacer nada de esas cosas que dijiste antes ¿Me entiendes? Solo quiero examinarte —. Sabía que eso último podía malinterpretarse por la circunstancia, pero lo decía del modo más profesional posible. —¿Me lo permites? —Ella asintió. —Bien —. En ese momento el doctor aprovechó para hacerse a un lado y abrir la ventanilla de la habitación, dejando que el viento frio de la noche entrara al cuarto para ser el acompañante que se encargaría de refrescarlos y, de paso, mantener airada a la muchacha.
Se encargó de cubrirla con la manta, no hasta el cuello, no quería asfixiarla, pero al menos cubría desde su torso hasta la mitad de sus muslos y así, tapada, el médico la giró hacia su costado, dejando que la cabeza de la chica quedara mirando hacia el borde de la camilla, aquel que daba al suelo, luego le acercó un balde. Sabía que el cuerpo de ella podía llegar a querer expulsar aquella droga a través del vómito, aunque no sabía cuanto podía tomarle eso…ni siquiera sabía cuando fue la última vez que la drogaron…era difícil trabajar así.
—¿Sabes? Si sientes nauseas no tienes que contenerte, puedes vomitar, no soy un cliente —. Con delicadeza movió algunos mechones de cabello del rostro de la chica, dándose cuenta de que el largo pelo celeste podría atravesarse y ensuciarse si ella decidía vomitar…eso sería desagradable, así que prefirió sacrificar una de las ligas del cabello que tenía en su muñeca y, como pudo, amarró en una coleta el cabello de la muchacha. —Así está mejor ¿No crees? —. Le sonrió, pero no sabía si ella podía entenderlo.
—¿Tienes un nombre? —No quería que se durmiera, no ahora, eso sería malo, así que siguió hablándole, aunque realmente ella no pudiera responderle con claridad y a él se le olvidaran sus respuestas. —¿Cómo fue que conociste al capitán “chibi”?
—Recuerda respirar hondo, sé que me estas escuchando y sé que puedes hacer eso, toma todo el aire que puedas —. Ella así lo hizo y, con eso, los minutos pasaron hasta que el pelirosa notó como el cuerpo de ella se removía un poco antes de que una arcada llegara y con ella, el vómito empezó a salir.
No supo cuando tiempo estuvo sosteniendo el balde frente a la cara de la chica, pero para el final, de la garganta de la desconocida solo salía un líquido transparente que indicaba que ya no había más nada en su estómago que pudiera devolver, aún así, por precaución, dejó el balde frente a la muchacha hasta que ella misma se retiró de su lado y volvió a recostar su cabeza sobre la almohada de la camilla.
—¿Te sientes mejor? —Dejó a un lado el balde y se apartó un poco para buscar un vaso con agua, intentando no quitarle a la chica los ojos de encima por demasiado tiempo. Cuando consiguió el vaso con agua y un pequeño frasco con un polvo negro, se acercó de nuevo a la muchacha. —¿Ahora podrías hablar con más claridad? Aunque, bueno…no importa si no puedes, con que me des una señal de que estas mejor que antes me ayudarías —. Volvió a sonreírle y notó como ella sudaba.
Dejó a un lado el vaso con agua y le acercó un pañuelo para secarla lo más posible antes de agarrar de nuevo el vaso y acercarlo a la boca de la chica. —Sé que puede ser muy pronto, pero bebe un poco, a pequeños sorbos ¿Sí? —La obligó a dar al menos un sorbo del agua, aunque ella terminó pidiendo más y él no tuvo más remedio que complacerla, pero respetando esa misma regla que él había colocado: nada de beberse el agua de una sola sentada.
—Ah…pensé que no querrías tomar tanto después de todo lo que vomitaste, ahora tendré que buscar más para diluir el remedio —. Suspiró y se levantó de nuevo de su silla, para repetir el proceso de antes y regresar con rapidez al lado de la chica.
—Espero que no seas remilgosa para tomar medicinas, porque debo darte algo que terminará de absorber los químicos que tienes en tu estómago, eso te librará más rápido del malestar de la intoxicación —. No sabía si ella entendía de lo que él estaba hablando, pero empezó a preparar una pequeña dosis de carbón activado. —Aunque admito que sería más fácil si supiera que fue lo que te obligaron a tomar —. Sí, usó la palabra obligación porque sabía que ella no podría haberlo hecho por su cuenta. —Así podría darte algo más adecuado…
Terminó la preparación y, como antes, acercó el vaso a la cara de la chica, haciendo que bebiera poco a poco la mezcla hasta que no quedó nada en el vaso.
—Bien…con eso deberías empezar a mejorar —. La miró con esa expresión que parecía la de un ángel, nadie podría sospechar, si lo vieran ahora, la mente tan desequilibrada que tenía aquel médico, pues sus ojos inocentes y esa sonrisa de amabilidad no podían ser dignas de un demonio ¿o sí? Bueno, al menos había sido de ayuda para la chica frente a él, eso era algo no tan negativo en su hoja de vida.
