22-12-2025, 08:19 AM
(Última modificación: 22-12-2025, 08:20 AM por Hyákinthos.)
—Duerme —. Una voz que tiene el mismo tono delicado que el que tendría alguien que pretende acunar a un bebe. —Lo necesitas, ahora puedes descansar. Debo cuidarte.
Ella aún no le respondía, pero antes siguió sus órdenes al pie de la letra y con eso podía deducir que, al menos, lo estaba escuchando, aunque, si realmente comprendía la intención de sus palabras, eso era aún un misterio.
—¿En qué lío nos habrá metido en capitán “chibi” por haberte rescatado? —Sabía que la presencia de la mujer significaban problemas, sabía que quizá la había arrebatado de alguien que tenía la influencia suficiente para tener este tipo de negocios sin que nadie lo cuestionara o ¿Sólo la había ayudado a escapar son sigilo? No podía decirlo con exactitud, aun no se acostumbraba lo suficiente a la personalidad del castaño como para suponer que hizo en verdad y, aunque quisiera preguntarle ¿de qué serviría? De todos modos, se le olvidaría al día siguiente.
Suspiró y en ese momento sintió el cansancio que había estado ignorando en su cuerpo, después de todo, el día había sido largo de por si al estar arreglando su “consultorio” y, no conforme con eso, la llegada de la muchacha de cabellos celestes solo había retrasado su posible descanso. Se quitó los lentes, esos que usaba como accesorio y no por necesidad, y se refregó los ojos para después lanzarle una fugaz mirada a la chica que ahora parecía más adormilada que antes.
—Al menos conseguiste relajarte —. Se levantó de su silla y arregló la manta que la chica tenía encima para que pudiera cubrirla mejor y darle el calor que necesitaba en esa noche y, mientras lo hacía, pensó que, cuando ella despertara y estuviera más consciente, debía hacerle exámenes más precisos, solo para descartar cualquier tipo de daño interno, aunque antes de eso, también tendría que limpiarla y, por supuesto, traerle ropa…ropa de verdad y no esa desgracia de tela que apenas y la cubría.
Notó como se fue durmiendo poco a poco hasta que, al acercar su mano a su nariz, sintió la respiración mucho más acompasada y, mirándola por encima, se dio cuenta de que su cuerpo se había relajado lo suficiente. Por fin estaba dormida.
Entonces, el médico se levantó de su asiento y, aunque no planeaba dejar a la chica sola, pues debía seguir en observación, aprovechó el sueño de ella para salir un momento a la cubierta del barco, no solo necesitaba respirar aire puro, tenía que buscar esa ropa que la muchacha de pelos celestes necesitaba con urgencia…al menos para cuando despertara.
Tuvo suerte de encontrarse con una mujer de cabellos verdes y piel con quemaduras cicatrizadas. No podía recordar su nombre…nunca lo recordaba, pero al menos estaba consciente de que era parte de ese mismo barco o eso quería creer al verla moverse por la cubierta como si el navío fuera su hogar.
La saludó con una mano y, con esa misma sonrisa “angelical” que le dedicó a la chica intoxicada, se dirigió a la otra tripulante para pedirle algo de ropa femenina…lo que fuera…lo que fuera estaría bien.
Fue sometido a un leve interrogatorio que él respondió con un tono bastante neutro y casi aburrido, nada que le molestara, pero al menos, al final de todo, obtuvo lo que fue a buscar y así, siendo guiado por esa misma chica peliverde, a petición de él mismo, regresó al improvisado consultorio en donde encontró a la chica aún dormida y en paz…menos mal…parecía que todo estaría en orden.
Ahora, lo único que tenía que hacer, era hacer de guardia para la muchacha, mantenerla vigilada en caso de cualquier complicación.
Sencillo ¿no?
***
En algún momento de la noche la silla giratoria desde la que estaba vigilando a la chica “sin nombre” empezó a hacerse demasiado cómoda y en más de una ocasión se encontró a si mismo levantándose para ir hasta la cocina a servirse café…amargo, puro, sin leche. Lo detestaba, pero se obligó a tomarlo para mantenerse despierto.
Se supone que la cafeína debía haberlo ayudado, pero, pronto se encontró a sí mismo mordiéndose el labio con fuerza tal como para romperlo y que un hilillo de sangre resbalara desde este hasta su barbilla. Llegó a darse palmaditas en la cara para mantenerse activo, intentó leer, incluso empezó a caminar de un lado a otro de la habitación.
¿Cuántas horas habían pasado? Imposible de saber, pero de un momento a otro, al alzar su cabeza hacia la ventanilla que había permanecido abierta toda la noche, notó que la oscuridad empezaba a quedar atrás y que el sol comenzaba a pintar la infinita bóveda sus cabezas de tonos claros, de luces amarillas y blanquecinas.
Al menos se había mantenido despierto toda la noche, por más que ahora oliera a café y a menta fresca que había optado por mascar para “reactivar” su cerebro…sea como sea, pensó que tal vez, a esta hora, lo mejor sería decirle a alguien más que vigilara a la chica mientras el cerraba sus ojos al menos por una hora.
Una lástima que ni siquiera alcanzara a salir de la habitación.
Fue solo un instante. Toda la noche la había pasado en vela para vigilar a la chica, pero ahora, justo ahora que le daba la espalda y que pretendía salir del “consultorio” para pedir una ayuda momentánea, un grito lo descolocó y, seguido de este, o casi al mismo tiempo, el sonido de alguien cayendo sobre el piso de madera del barco.
Sus ojos se abrieron de par en par mientras se giró lo más rápido que pudo para notar que la mujer a la que había vigilado sin descansar, se había dado un buen golpe, uno que tal vez le dejaría un moretón por días si no se aplicaba a tiempo alguna pomada…menos mal que él tenía lo necesario para ayudarla si ella le decía donde le dolía.
—O…oye —. Al verla levantarse, tartamudeó antes de tragar saliva, nervioso…se supone que debía cuidarla y ahora pasaba esto…no…no solo era el golpe. La analizó, desde su postura a la manera de moverse, para luego pasar a su cara y detenerse en sus ojos. No tenía que acercarse demasiado ni preguntar nada para saber el sentimiento que, en ese instante, gobernaba a aquella mujer: el miedo.
—No te muevas con brusquedad, podrías lastimarte —dijo con voz suave, delicada, buscando llegar a su mente para que no se alejara ni hiciera algún otro movimiento que pudiera poner en peligro su integridad, todo esto mientras se mantenía alejado de ella, a una distancia en la que ella pudiera entender que él no tenía intenciones de lastimarla, no mientras tuviera órdenes de hacer justo lo contrario. —¿Recuerdas que pasó ayer?, ¿sabes dónde estás?
No quería ser insistente, pero debía preguntar, debía saber si acaso la chica gozaba ya de la lucidez suficiente para al menos ubicarse en un sitio, para que pudiera sentirse segura…por supuesto, como lo supuso cuando vio antes su actitud de animalito asustado: no funcionó.
Un rayo de sol se colaba por la ventana abierta y la luz de este se reflejó en el metal afilado que se movió, en cuestión de segundos, desde uno de sus escritorios hasta la mano de la peliceleste, algo que hizo que el médico ahogara un sonido de sorpresa mientras que sus ojos escaneaban la figura que ahora, despierta, de pie y, aparentemente, más consciente, se veía, desde su punto de vista, como una muñeca rota, un ser sin alma.
Alguien que había perdido por completo las ganas de vivir.
Conocía bien esa mirada, después de todo, era esa misma la que disfrutaba ver en los ojos de los desgraciados que caían entre sus redes y terminaban quebrándose como una figura de porcelana.
Sí, en otro momento se habría regocijado de ver uno ojos así, apagados como los de un pez muerto…sí, lo habría disfrutado si tan solo hubiera sido él el causante de ese desanimo.
De nuevo la voz del pequeño capitán resonó en su cabeza, la simple orden de aquel al que se había unido buscando protección, fue suficiente para que su cuerpo se moviera por si solo al mismo tiempo que veía como la desconocida llevaba el bisturí hasta su delgado cuello.
Tal vez debía agradecer a algún ser superior por permitirse actuar tan rápido, pues su mano enguantada fue lo suficientemente rápida para atravesarse entre el filo del bisturí y la carne del cuello…Sí, en específico la carne, pues no llegó a tiempo para evitar que el metal lograra cortar la piel que ahora era adornada por una roja raya horizontal de la cual brotaban pequeñas gotas rojas de sangre fresca…así como la que salía de su propia mano.
El guante de latex negro no era lo suficientemente grueso ni resistente para contrarrestar el bisturí que, si mal no recordaba, había afilado la noche anterior en medio de su aburrimiento y sus intentos por quedarse dormido.
Sintió el ardor del corte en su piel, pero eso no separó su mano del bisturí que alejó de la chica para tirarlo a una mesa que estaba al otro lado de la habitación.
—¿Qué crees que haces? No te cuidé toda la noche para que te suicides —. Sostuvo las manos de la chica entre las suyas, con firmeza suficiente para no dejarla escapar, a fin de cuentas, entendía que ella le temía, no podía culparla, sabía cómo funcionaba ese mundo, pero ahora que él no tenía nada que ver, no podía evitar sentir cierta amargura al ver el miedo retratado en los ambarinos ojos de la chica.
Suspiró y soltó una de las manos de la chica, para que su propia mano pudiera subir hasta el rostro de ella y quitarle unos mechones rebeldes que le caían por la cara.
—No recuerdas nada de la noche anterior ¿No es así? —Era una retórica, pues él mismo intuía bien la respuesta. —¿No recuerdas que un chico de cabello castaño y ojos dorados te trajo hasta aquí? Me dijo que te cuidara y eso hago…te cuido —. En un gesto rápido volvió a tomar la mano que antes había soltado. —Llegaste intoxicada por un coctel de drogas afrodisiacas…no te preocupes por ellas, deberían haber salido de tu sistema…en su mayoría. Vomitaste y, después de eso, dormiste toda la noche —. De nuevo, no sabía si ella lo estaba entendiendo, pero tenía que intentar comunicarle que él no era su enemigo.
—No sé que fue lo que pasó antes o como terminaste en ese estado —Podía intuirlo, pero no le diría eso. —, pero aquí ya no estas en peligro. Nadie te va a hacer daño…yo no te voy a hacer daño —. Porque lo tenía prohibido, aunque, viéndola bien…en especial viendo las escamas azules que tenía en parte de su espalda y hombros, él mismo la habría seleccionado como mercancía en otro tiempo
—¿Tienes un nombre? —Le preguntó con el tono suave que no había dejado de lado desde que le quitó el bisturí. —Yo soy Hyákinthos, sé que es complicado de pronunciar, así que puedes llamarme Hyak o Cherry, así me llaman algunos porque dicen que mi cabello es del mismo color que las flores de los árboles de cerezo…aunque, si tienes otro apodo en mente por el que quieras llamarme, también será bien recibido —. Su voz era amigable, buscaba encantar, crear un lazo de distancia…lo que sea con tal de que la chica no intentara de nuevo echar por la borda todo el esfuerzo que puso en mantenerla con vida después de semejante sobredosis.
Sí, su bondad no era generosidad, era el simple hecho de que, ahora, esa chica se había convertido en su nuevo proyecto de ciencias…y muerta no le servía de nada.
