[Presente Relativo] Sin Vasos Vacíos | Social | Hiiragi
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》Día 77 de Invierno, Año 16


Llegué al Centro de Danza cuando el día todavía estaba tibio, como si el sol no se hubiera decidido del todo a irse y prefiriera quedarse mirando. Entré descalza, con la planta del pie cargada de arena y calle caliente, ese polvo fino que se mete en la piel y después no se va. El piso de madera respondió con un crujido conocido, casi íntimo. Este lugar me reconoce antes de que yo diga quién soy.

El Centro es grande, pero no intimida. El gran salón y principal es ancho, abierto, imperfecto. Maderas marcadas por años de pasos, telas colgando a los costados —ex cortinas, ahora frontera blanda— y ventanas abiertas sin pedir permiso, dejando que el aire circule como quiere. Acá el calor no se pelea: se baila.

Dejé el bolsito en el rincón de siempre, ese que nadie ocupa porque, sin decirlo, quedó entendido. Me até el cabello con los dedos, sin espejo ni ceremonia. No vine a verme linda, vine a moverme. Saludé a algunos con una inclinación de cabeza, a otros con una sonrisa ladeada, de esas que no interrumpen nada. Aquí se funciona mejor cuando nadie siente que tiene que cortar su propio ritmo.

Antes de que arranque la música, ayudé un poco. Barrí el borde del salón, corrí bancos hacia la pared, acomodé botellas de agua y fruta sobre la gran mesa de madera que siempre está ahí, como un corazón quieto esperando latidos. Alrededor flotaban voces mezcladas: risas, comentarios sueltos, historias que se repiten porque siempre hay alguien nuevo escuchando.

AMBIENTACIÓN

La primera trompeta entró baja, casi tímida. Una nota larga, arrastrada, y después otra que se le montó encima. El cuerpo respondió solo. Aflojé los hombros, dejé que el peso caiga, que las rodillas se doblen apenas. El movimiento nació en la cadera, lento, circular, como si estuviera siguiendo una línea invisible que la melodía iba marcando en el aire.

Bailar acá no es marcar una coreografía cerrada. Es proponer. Es decir “por acá podría ser” y ver qué pasa. Avancé un paso, retrocedí dos, giré suave y dejé que el pie arrastre apenas sobre la madera. El roce hizo ruido. Me gusta ese sonido: es prueba de presencia.

Los metales fueron creciendo de a poco. Una segunda trompeta, un bronce más grave sosteniendo el fondo, una voz que se coló entre las notas sin pedir permiso. Mi espalda se arqueó apenas, haciendo bramar las alas que pronto se plegaron para no incomodar, un poco por exhibición, no lo he de negar. El pecho se elevó, los brazos se soltaron, describiendo curvas amplias, generosas. El sudor empezó a aparecer en la nuca, bajando lento por la espalda. No lo sequé. Acá el brillo no se esconde.

Vi caras nuevas en el borde del salón. Siempre las hay. Gente con el cuerpo rígido, con ganas contenidas. Me acerqué lo justo para que se sientan vistos, no tanto como para incomodarlos. Cambié el ritmo, marqué algo simple, repetible, siguiendo el fraseo de la trompeta. Una invitación sin empujar.

Giré rápido, bajé el centro de gravedad, sacudí las caderas en un pulso corto y juguetón. Escuché alguna risa, sentí miradas que se quedaban un segundo de más. No las esquivé ni las busqué: seguí bailando. El cuerpo trabajando es un cuerpo sincero.

Alguien se animó a entrar. Pasos torpes, entusiasmo auténtico. Exageré un movimiento para que pudiera copiarlo si quería. Erró el tiempo, se rió, siguió igual. Perfecto. La música no castiga.

Me moví usando todo el ancho del salón. Los pies marcaban el pulso, el torso iba por otro lado, respondiendo a los quiebres de la melodía, creando esa tensión rica que hace que el baile respire. Los brazos subían y bajaban como olas. No bailaba para alguien en particular, pero tampoco me sentía sola.

El ambiente se fue espesando. Más cuerpos, más calor, más respiraciones mezcladas. El piso vibraba con cada entrada de los metales. Sentí una mirada sostenida en algún punto y la dejé estar. A veces sostener la propia danza también es una forma de diálogo.

Hubo quienes hicieron saltos cortos, giros breves, desplazamientos diagonales, dejándose llevar por los cortes filosos de la trompeta. Se veían livianos, como elásticos, casi descalabrados. Reí cuando casi chocamos con alguien y nos esquivamos en el último segundo, como si lo hubiéramos ensayado. Esas sincronías hacen que el lugar se sienta vivo.

Escuché bromas, elogios, desafíos lanzados al aire. Alguien dijo que quería aprender “eso que hiciste recién” y yo respondí con un gesto vago, como diciendo que no tiene nombre, que se aprende estando.

El calor apretaba, pero nadie parecía querer irse. Alguien abrió más una ventana, otro alcanzó vasos. El Centro se regula solo, como un cuerpo grande que sabe cuidarse.

Después de un rato largo —el tiempo acá no se mide igual— aflojé. Dejé que los movimientos se vuelvan chicos, casi reflejos, y me escurrí hacia un costado sin romper el flujo. Me senté en uno de los bancos junto a la gran mesa de madera, todavía con el pulso marcado en las piernas.

Tomé una botella y bebí despacio, dejando que el agua fría haga su trabajo. El cabello húmedo se me pegaba a la piel, la respiración se acomodaba de a poco.

La mesa estaba viva: fruta a medio cortar, vasos que iban y venían, manos apoyándose un segundo de más, risas sin contexto fijo. Desde ahí se ve todo sin invadir: la pista encendida, las caras nuevas dudando en el borde, los cuerpos ya sueltos. Yo me quedé ahí, escuchando, observando, con el cuerpo todavía caliente y abierto.

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[Presente Relativo] Sin Vasos Vacíos | Social | Hiiragi - por Asherah Bel-Nadin - 24-12-2025, 09:32 AM

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