El canto aún vibraba en el aire cuando la tensión terminó de romperse.
La cría reaccionó antes que nadie. El sonido, amplificado y firme, pareció encender algo en su pequeño cuerpo agotado: un impulso desesperado e instintivo, ajeno al cálculo o al miedo. Con un chillido agudo, se lanzó hacia adelante, impulsándose con una velocidad torpe, pero decidida, arrojándose contra la figura imponente que ocupaba el borde del claro.
La respuesta fue inmediata y contundente.
La bestia giró la cabeza con un movimiento seco y preciso, impactando a la cría de lleno. El golpe resonó con un sonido contundente, sordo, y el cuerpo pequeño salió despedido directamente hacia el suelo de donde habi saltado. No hubo tiempo para un segundo intento. La bestia avanzó siquiera sin preocuparse por la cría y un instante después, la enorme pata descendió sin vacilar, clavándose sobre el cuerpo tembloroso de la cría y hundiéndolo contra el suelo con un crujido húmedo.
La bestia retiró la pata con lentitud, como si el acto no mereciera prisa alguna. Su respiración se mantuvo profunda, tranquila, cargada de una seguridad absoluta. Había dado aquel paso como cualquier otro, su intención no era mofarse de la cría, simplemente así era la naturaleza, la bestia tenía hambre, y la cría estaba en medio. Cada paso hizo vibrar el suelo, el olor a sangre se intensificó, mezclándose con el aliento caliente del animal mientras se aproximaba sin prisa, saboreando el momento. La respiración rota de la criatura herida se volvió más irregular, más débil, como si el aire comenzara a faltarle.
La figura de Gwendolyn quedó incluida en ese avance inevitable. No como objetivo inmediato, sino como presencia ajena al orden natural que la bestia estaba reclamando. Su cabeza se alzó apenas, evaluando, antes de volver a centrar su atención en lo que consideraba una comida asegurada.
El viento removió todas las hojas de la zona, haciendo así imposible escuchar nada fuera del claro, de igual forma, seguramente, lo que sucediera en el claro tampoco se escucharía fuera, lamentablemente para los integrantes del lugar. Ni el sonido de una canción, ni el sonido de una ayuda desesperada.
La bestia cazadora siguió avanzando hacia gwen, paciente, segura de que el claro ya le pertenecía, entre sus pasos y su respiración, hacía obvia su posición para cualquiera que pudiera escuchar.
La cría reaccionó antes que nadie. El sonido, amplificado y firme, pareció encender algo en su pequeño cuerpo agotado: un impulso desesperado e instintivo, ajeno al cálculo o al miedo. Con un chillido agudo, se lanzó hacia adelante, impulsándose con una velocidad torpe, pero decidida, arrojándose contra la figura imponente que ocupaba el borde del claro.
La respuesta fue inmediata y contundente.
La bestia giró la cabeza con un movimiento seco y preciso, impactando a la cría de lleno. El golpe resonó con un sonido contundente, sordo, y el cuerpo pequeño salió despedido directamente hacia el suelo de donde habi saltado. No hubo tiempo para un segundo intento. La bestia avanzó siquiera sin preocuparse por la cría y un instante después, la enorme pata descendió sin vacilar, clavándose sobre el cuerpo tembloroso de la cría y hundiéndolo contra el suelo con un crujido húmedo.
La bestia retiró la pata con lentitud, como si el acto no mereciera prisa alguna. Su respiración se mantuvo profunda, tranquila, cargada de una seguridad absoluta. Había dado aquel paso como cualquier otro, su intención no era mofarse de la cría, simplemente así era la naturaleza, la bestia tenía hambre, y la cría estaba en medio. Cada paso hizo vibrar el suelo, el olor a sangre se intensificó, mezclándose con el aliento caliente del animal mientras se aproximaba sin prisa, saboreando el momento. La respiración rota de la criatura herida se volvió más irregular, más débil, como si el aire comenzara a faltarle.
La figura de Gwendolyn quedó incluida en ese avance inevitable. No como objetivo inmediato, sino como presencia ajena al orden natural que la bestia estaba reclamando. Su cabeza se alzó apenas, evaluando, antes de volver a centrar su atención en lo que consideraba una comida asegurada.
El viento removió todas las hojas de la zona, haciendo así imposible escuchar nada fuera del claro, de igual forma, seguramente, lo que sucediera en el claro tampoco se escucharía fuera, lamentablemente para los integrantes del lugar. Ni el sonido de una canción, ni el sonido de una ayuda desesperada.
La bestia cazadora siguió avanzando hacia gwen, paciente, segura de que el claro ya le pertenecía, entre sus pasos y su respiración, hacía obvia su posición para cualquiera que pudiera escuchar.
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