27-12-2025, 01:25 AM
Me encontraba sentado en la plaza desde hacía ya un buen rato, con la espalda apenas encorvada y las piernas estiradas rodeando casi por completo la fuente de piedra. El agua caía en un murmullo constante que, honestamente, me ayudaba a pensar. La plaza era pequeña, demasiado para alguien de mi tamaño, y yo era muy consciente de las miradas: curiosas, nerviosas, algunas francamente molestas. Ya estaba acostumbrado.
Sabía que MM iba a llegar tarde. Siempre llegaba tarde cuando estaba con Cara Melo. Y no podía culparla. El komashika tenía ese no-sé-qué que hacía que cualquiera se relajara a su lado. Aun así, el nudo en el estómago no se me iba. En unas horas iba a tener que decirle la verdad: que debíamos vender a Cara Melo. Y eso significaba berrinche, reproches, miradas largas y silencios incómodos. Así que, por ahora, decidí ganar tiempo.
Estaba justo considerando levantarme e ir a buscarlos cuando escuché su voz. Alargada, alegre, imposible de confundir. Giré apenas la cabeza, y ahí estaba: MM corriendo hacia mí y abrazando mi zapato como si fuera lo más natural del mundo. Sentí también el roce familiar del komashika frotándose contra mi pierna. No pude evitar soltar una pequeña risa por la nariz.
—Ya se estaban tardando, pero sí… los extrañé— Admití con voz grave, bajando un poco la cabeza para mirarla. —Aunque la plaza estuvo más tranquila sin ustedes haciendo ruido.—
La vi hablar sin respirar, saltando de un tema a otro, mencionando al artesano, inversiones imposibles y comida en la misma frase. Me quedé escuchando, con paciencia, observando cómo el sol le daba de lleno al cabello y cómo Cara Melo no se le separaba ni medio metro. Ahí fue cuando tomé la decisión. Si íbamos a vender al animal, entonces al menos le daremos una ultima tarde de paseos.
—Bueno— Dije finalmente, carraspeando. —Pensé que… podríamos ir a comer algo. Los tres.—
La plaza daba directamente a una calle ancha de tierra compactada, flanqueada por tabernas bajas, locales de madera y algunos puestos improvisados con toldos. No todos los caminos eran aptos para mí; algunos balcones sobresalían demasiado, otros tenían postes frágiles. Pero más hacia el oeste, cerca del borde del pueblo, recordaba haber visto un par de locales abiertos, con mesas afuera, casi sobre la arena.
Me incorporé despacio, cuidando de no golpear la fuente con la rodilla, y extendí la mano abierta frente a MM y Cara Melo, la palma hacia arriba, como una plataforma estable.
—Suban— Les dije. —Así avanzamos más rápido y buscamos un lugar donde podamos comer afuera. No pienso meterme en ningún local cerrado… ya rompí suficientes cosas sin querer.—
Avancé con pasos medidos, cada uno hundiéndose apenas en la tierra, levantando pequeñas nubes de polvo. Desde mi altura podía ver claramente el terreno: calles irregulares, desniveles suaves, barriles apoyados contra las paredes y gente que se apartaba con rapidez al verme pasar. No había peligro inmediato, pero sí obstáculos menores que requerían atención constante.
—MM— Añadí, girando un poco la cabeza para verla sobre mi mano. —Ayúdame a elegir un lugar. Algo tranquilo, con mesas resistentes… y que no tenga problema con animales grandes.—
Cara Melo resopló, como si entendiera, y acomodó mejor sus patas sobre mi palma. Sentí su peso y ajusté la mano para que no resbalara. El sonido de la fuente quedó atrás y fue reemplazado por risas lejanas, música desafinada y el olor a comida que empezaba a mezclarse en el aire: pan, verduras asadas, algo de pescado seco.
Caminé despacio, sin apuro, disfrutando ese momento extraño de calma antes de la tormenta emocional que sabía que venía.
Sabía que MM iba a llegar tarde. Siempre llegaba tarde cuando estaba con Cara Melo. Y no podía culparla. El komashika tenía ese no-sé-qué que hacía que cualquiera se relajara a su lado. Aun así, el nudo en el estómago no se me iba. En unas horas iba a tener que decirle la verdad: que debíamos vender a Cara Melo. Y eso significaba berrinche, reproches, miradas largas y silencios incómodos. Así que, por ahora, decidí ganar tiempo.
Estaba justo considerando levantarme e ir a buscarlos cuando escuché su voz. Alargada, alegre, imposible de confundir. Giré apenas la cabeza, y ahí estaba: MM corriendo hacia mí y abrazando mi zapato como si fuera lo más natural del mundo. Sentí también el roce familiar del komashika frotándose contra mi pierna. No pude evitar soltar una pequeña risa por la nariz.
—Ya se estaban tardando, pero sí… los extrañé— Admití con voz grave, bajando un poco la cabeza para mirarla. —Aunque la plaza estuvo más tranquila sin ustedes haciendo ruido.—
La vi hablar sin respirar, saltando de un tema a otro, mencionando al artesano, inversiones imposibles y comida en la misma frase. Me quedé escuchando, con paciencia, observando cómo el sol le daba de lleno al cabello y cómo Cara Melo no se le separaba ni medio metro. Ahí fue cuando tomé la decisión. Si íbamos a vender al animal, entonces al menos le daremos una ultima tarde de paseos.
—Bueno— Dije finalmente, carraspeando. —Pensé que… podríamos ir a comer algo. Los tres.—
La plaza daba directamente a una calle ancha de tierra compactada, flanqueada por tabernas bajas, locales de madera y algunos puestos improvisados con toldos. No todos los caminos eran aptos para mí; algunos balcones sobresalían demasiado, otros tenían postes frágiles. Pero más hacia el oeste, cerca del borde del pueblo, recordaba haber visto un par de locales abiertos, con mesas afuera, casi sobre la arena.
Me incorporé despacio, cuidando de no golpear la fuente con la rodilla, y extendí la mano abierta frente a MM y Cara Melo, la palma hacia arriba, como una plataforma estable.
—Suban— Les dije. —Así avanzamos más rápido y buscamos un lugar donde podamos comer afuera. No pienso meterme en ningún local cerrado… ya rompí suficientes cosas sin querer.—
Avancé con pasos medidos, cada uno hundiéndose apenas en la tierra, levantando pequeñas nubes de polvo. Desde mi altura podía ver claramente el terreno: calles irregulares, desniveles suaves, barriles apoyados contra las paredes y gente que se apartaba con rapidez al verme pasar. No había peligro inmediato, pero sí obstáculos menores que requerían atención constante.
—MM— Añadí, girando un poco la cabeza para verla sobre mi mano. —Ayúdame a elegir un lugar. Algo tranquilo, con mesas resistentes… y que no tenga problema con animales grandes.—
Cara Melo resopló, como si entendiera, y acomodó mejor sus patas sobre mi palma. Sentí su peso y ajusté la mano para que no resbalara. El sonido de la fuente quedó atrás y fue reemplazado por risas lejanas, música desafinada y el olor a comida que empezaba a mezclarse en el aire: pan, verduras asadas, algo de pescado seco.
Caminé despacio, sin apuro, disfrutando ese momento extraño de calma antes de la tormenta emocional que sabía que venía.
