27-12-2025, 01:18 PM
El olor me había llegado antes que la voz. Un olor reconocible, pero no tenía claro de qué, entremezclado con olores propios de la selva. No era sangre fresca, ni podredumbre completa. Era ese punto intermedio que solo reconoces cuando has abierto suficientes cuerpos como para saber cuándo el tiempo empieza a ser un factor clínico y no solo narrativo. Me incliné un poco más, con las manos en las rodillas, observando la herida del costado, el rastro químico aún perceptible en el aire. Toxinas, en otras palabras: veneno. Bien aplicado. Interesante.
Estaba tan concentrada que, por un momento, olvidé por completo que en esa selva cualquier cosa más grande que yo podía decidir que yo también era parte del menú, cosa que por el momento no era mi prioridad. Así que cuando escuché el “Jmmm”, no pegué un salto, no quería llamar aún más la atención de la bestia que me estuviera acechando. Fruncí el ceño. De acuerdo, tal vez no era una bestia. Según la perspectiva, podía ser algo peor: un ser inteligente, podía hablar.
— Si haces ese sonido otra vez justo detrás de mí, te clavo el bisturí por reflejo —murmuré, más por costumbre que como amenaza real. Giré despacio. Muy despacio. Primero vi las botas. Luego las piernas. Luego el cuerpo relajado, demasiado cómodo para alguien que acababa de matar algo con garras del tamaño de mi torso. Y finalmente… la cara. Me quedé quieta. No rígida. No tensa. Tan solo quietud. Y respiré aliviada— …ah —dije, pudiendo calmar mi respiración un poco.
Mis ojos bajaron un segundo al machete clavado en el suelo. Al residuo verdoso del filo. A la forma en que se había sentado, como si el cadáver fuese una mesa de disección improvisada. Cuando habló, no interrumpí. No porque fuese educada (que procuraba serlo), sino porque estaba evaluando. Cuando terminó, ladeé la cabeza.
—. Antídoto ya tengo —respondí, señalando con el pulgar a la bandolera. El de cabellera rosada sabía lo que se hacía, ya lo había demostrado antaño con… el gyojin excéntrico—. Mascarilla… bueno, eso es opcional si no eres estúpido con las manos —añadí, antes de agacharme un poco más cerca del dinosaurio, sin tocarlo aún—. Y guantes… —miré mis propias manos, pequeñas, ágiles—. Digamos que improviso bien.
Sonaba despreocupada, tal vez poco profesional. Lo cierto es que estaba más bien acostumbrada a tratar todo tipo de heridas o situaciones, independientemente de los medios que tuviese a mi alcance. Ahí entraban mis palabras pronunciadas: improvisar. Entonces alcé la vista hacia él.
— Y no es tu presa —puntualicé con suma seguridad en mi tono—. Es un espécimen muerto en un ecosistema llamativo, extraño para mí. Eso lo convierte automáticamente en material de estudio compartido.
Pausa. Sonreí. De medio lado. Supuse que hablaba de algo más primitivo: quien primero lo encuentra, se lo queda. La ley de los piratas—. Sin duda el veneno ha hecho un perfecto trabajo. La dosificación del veneno es interesante. Demasiado lenta para ser letal inmediatamente… pero lo suficientemente eficaz como para evitar destrozar órganos internos clave.
Me incorporé del todo, apoyando las manos en la cadera, la cola moviéndose con un leve balanceo distraído. Me giré hasta mi nuevo compañero. ¿Realmente podía utilizar la palabra nuevo? Tal vez viejo sería más adecuado u óptimo.
— Treinta minutos hasta la muerte —añadí—. Diez más de enfrentamiento. Insectos carroñeros entrando en fase temprana —le miré directamente—. Pero todo esto ya lo sabes, ¿o me equivoco? Has cronometrado, ¿verdad? Si no, explícame porqué tienes el honor de llamarle presa y no objeto de estudio.
Cuando preguntó de dónde había salido, resoplé suavemente—. De ahí —dije, señalando vagamente a la espesura, aunque siendo exactos venía de… no sabría especificar hacia donde estaba Green Bit. ¿O tal vez hablaba de Samba? Demasiado ambigua la pregunta para alguien que trabaja al milímetro—. Como todo lo interesante en esta isla. O como todo lo peligroso. A veces es la misma cosa.
Y entonces llegó la pregunta. La importante. Lo observé entrecerrando los ojos, igual que él a mí. No con desconfianza. Con una incomodidad molesta de cuando el cerebro rasca un recuerdo que no termina de salir— …sí —respondí al final, sin saber aún cuándo y dónde—. Nos hemos visto antes.
Di un par de pasos hacia él, sin perder esa distancia prudente que solo los médicos y los depredadores respetan. Ahora era él mi objeto de estudio. No tenía mala memoria pero recordar tanta información con rapidez era complejo, difícil. Siempre lo almacenaba todo, eso complica el poder acceder a ello; como si los recuerdos fuesen unos grandes almacenes. Y entonces se encendió mi bombilla. Recordé a Gwen, Dong, Maki y…
— Cabos Gemelos. Mucho ruido. Demasiada gente. Tú estabas ocupado haciendo sangrar a otro, a Uogo. Yo estaba ocupada evitando que alguien se muriera antes de tiempo.
Dong. Incliné la cabeza, evaluándolo ahora con más calma—. Pero no recuerdo tu nombre. Era la primera vez que nos veíamos, esta es la segunda —dije tras empezar a soltar una retahíla de información acumulada—. Médico. ¿Cierto? Y con una ética que no llegué a comprender en su día pero a la que tampoco me opongo.
Me señalé a mí misma con el pulgar, viendo que no se acordaba de mí, iba a repetir la presentación—. Alana. También médico. Soy más de costuras… pero no soy purista.
Miré de nuevo al dinosaurio. A la herida. Al vientre aún intacto—. Y si no te importa —añadí, ya bajando el tono, casi con entusiasmo profesional—, me gustaría abrirlo antes de que la selva decida reclamarlo. Porque si ese veneno hizo lo que creo que hizo…
Sonreí, esta vez de verdad.
— …esto va a ser fascinante.
Me agaché de nuevo, justo al borde del primer corte, sin tocar aún, tan solo admirando, como si fuese el mayor de los tesoros.
— Tú dirás —murmuré—. ¿Colaboramos… o te vas a poner territorial con un cadáver? —aunque tampoco lo pelearía. Viendo el tamaño de la isla y de lo que en ella habitaba, encontrar más no sería complicado.
Estaba tan concentrada que, por un momento, olvidé por completo que en esa selva cualquier cosa más grande que yo podía decidir que yo también era parte del menú, cosa que por el momento no era mi prioridad. Así que cuando escuché el “Jmmm”, no pegué un salto, no quería llamar aún más la atención de la bestia que me estuviera acechando. Fruncí el ceño. De acuerdo, tal vez no era una bestia. Según la perspectiva, podía ser algo peor: un ser inteligente, podía hablar.
— Si haces ese sonido otra vez justo detrás de mí, te clavo el bisturí por reflejo —murmuré, más por costumbre que como amenaza real. Giré despacio. Muy despacio. Primero vi las botas. Luego las piernas. Luego el cuerpo relajado, demasiado cómodo para alguien que acababa de matar algo con garras del tamaño de mi torso. Y finalmente… la cara. Me quedé quieta. No rígida. No tensa. Tan solo quietud. Y respiré aliviada— …ah —dije, pudiendo calmar mi respiración un poco.
Mis ojos bajaron un segundo al machete clavado en el suelo. Al residuo verdoso del filo. A la forma en que se había sentado, como si el cadáver fuese una mesa de disección improvisada. Cuando habló, no interrumpí. No porque fuese educada (que procuraba serlo), sino porque estaba evaluando. Cuando terminó, ladeé la cabeza.
—. Antídoto ya tengo —respondí, señalando con el pulgar a la bandolera. El de cabellera rosada sabía lo que se hacía, ya lo había demostrado antaño con… el gyojin excéntrico—. Mascarilla… bueno, eso es opcional si no eres estúpido con las manos —añadí, antes de agacharme un poco más cerca del dinosaurio, sin tocarlo aún—. Y guantes… —miré mis propias manos, pequeñas, ágiles—. Digamos que improviso bien.
Sonaba despreocupada, tal vez poco profesional. Lo cierto es que estaba más bien acostumbrada a tratar todo tipo de heridas o situaciones, independientemente de los medios que tuviese a mi alcance. Ahí entraban mis palabras pronunciadas: improvisar. Entonces alcé la vista hacia él.
— Y no es tu presa —puntualicé con suma seguridad en mi tono—. Es un espécimen muerto en un ecosistema llamativo, extraño para mí. Eso lo convierte automáticamente en material de estudio compartido.
Pausa. Sonreí. De medio lado. Supuse que hablaba de algo más primitivo: quien primero lo encuentra, se lo queda. La ley de los piratas—. Sin duda el veneno ha hecho un perfecto trabajo. La dosificación del veneno es interesante. Demasiado lenta para ser letal inmediatamente… pero lo suficientemente eficaz como para evitar destrozar órganos internos clave.
Me incorporé del todo, apoyando las manos en la cadera, la cola moviéndose con un leve balanceo distraído. Me giré hasta mi nuevo compañero. ¿Realmente podía utilizar la palabra nuevo? Tal vez viejo sería más adecuado u óptimo.
— Treinta minutos hasta la muerte —añadí—. Diez más de enfrentamiento. Insectos carroñeros entrando en fase temprana —le miré directamente—. Pero todo esto ya lo sabes, ¿o me equivoco? Has cronometrado, ¿verdad? Si no, explícame porqué tienes el honor de llamarle presa y no objeto de estudio.
Cuando preguntó de dónde había salido, resoplé suavemente—. De ahí —dije, señalando vagamente a la espesura, aunque siendo exactos venía de… no sabría especificar hacia donde estaba Green Bit. ¿O tal vez hablaba de Samba? Demasiado ambigua la pregunta para alguien que trabaja al milímetro—. Como todo lo interesante en esta isla. O como todo lo peligroso. A veces es la misma cosa.
Y entonces llegó la pregunta. La importante. Lo observé entrecerrando los ojos, igual que él a mí. No con desconfianza. Con una incomodidad molesta de cuando el cerebro rasca un recuerdo que no termina de salir— …sí —respondí al final, sin saber aún cuándo y dónde—. Nos hemos visto antes.
Di un par de pasos hacia él, sin perder esa distancia prudente que solo los médicos y los depredadores respetan. Ahora era él mi objeto de estudio. No tenía mala memoria pero recordar tanta información con rapidez era complejo, difícil. Siempre lo almacenaba todo, eso complica el poder acceder a ello; como si los recuerdos fuesen unos grandes almacenes. Y entonces se encendió mi bombilla. Recordé a Gwen, Dong, Maki y…
— Cabos Gemelos. Mucho ruido. Demasiada gente. Tú estabas ocupado haciendo sangrar a otro, a Uogo. Yo estaba ocupada evitando que alguien se muriera antes de tiempo.
Dong. Incliné la cabeza, evaluándolo ahora con más calma—. Pero no recuerdo tu nombre. Era la primera vez que nos veíamos, esta es la segunda —dije tras empezar a soltar una retahíla de información acumulada—. Médico. ¿Cierto? Y con una ética que no llegué a comprender en su día pero a la que tampoco me opongo.
Me señalé a mí misma con el pulgar, viendo que no se acordaba de mí, iba a repetir la presentación—. Alana. También médico. Soy más de costuras… pero no soy purista.
Miré de nuevo al dinosaurio. A la herida. Al vientre aún intacto—. Y si no te importa —añadí, ya bajando el tono, casi con entusiasmo profesional—, me gustaría abrirlo antes de que la selva decida reclamarlo. Porque si ese veneno hizo lo que creo que hizo…
Sonreí, esta vez de verdad.
— …esto va a ser fascinante.
Me agaché de nuevo, justo al borde del primer corte, sin tocar aún, tan solo admirando, como si fuese el mayor de los tesoros.
— Tú dirás —murmuré—. ¿Colaboramos… o te vas a poner territorial con un cadáver? —aunque tampoco lo pelearía. Viendo el tamaño de la isla y de lo que en ella habitaba, encontrar más no sería complicado.
