29-12-2025, 04:34 AM
Invierno 22, Año 16
[b]Isla Samba, South Blue[/b]
En un bar cualquiera
El calor de Samba no me golpea, me invade. Se cuela por la ropa, se pega a la piel y pretende convencerme de que sudar es algo natural, aceptable, incluso digno. Spoiler para todos: no lo es. Yo lo noté desde el instante en que puse un pie, minúsculo, pero perfectamente calzado en aquella zona cercana al río, donde la madera cruje más que el orgullo de quienes la habitan y el aire huele a caña de azúcar, alcohol barato y decisiones cuestionables de los propios habitante.El bar estaba ahí, un nombre que coincidia perfectamente con la vista que daba, ni siquiera vale la pena mencionarlo, como si no tuviera vergüenza alguna de existir. Un local amplio para estándares humildes, con vigas visibles, mesas irregulares y una barra que claramente había visto mejores días o al menos mejores clientes. Desde mi perspectiva, todo era enorme las botas embarradas, los taburetes altos, las manos demasiado grandes agarrando jarras aún más grandes. Suspiré con teatralidad antes de avanzar, mi cola purpúrea balanceándose con una elegancia que ninguno de los presentes merecía presenciar.
—Muévanse —dije sin elevar demasiado la voz, aunque tampoco lo necesitaba —Están obstruyendo el paso de alguien claramente más importante que ustedes bola de ineptos. — La primera interacción, como debía ser, vino acompañada de miradas confusas y una risa grave desde algún punto indeterminado del bar. Claramente son todos unos ignorantes. Me subí a la barra con un salto perfectamente calculado, acomodé el dobladillo de mi traje, que de hecho siempre está impecable, por supuesto y me tomé un segundo para revisar mi reloj de bolsillo dorado. Lo abrí, miré la hora con gesto crítico y lo cerré con un clic seco, a tiempo, siempre a tiempo.
El perfume caro que llevaba puesto era una fragancia importada que costaba más que el mobiliario completo del local, este se expandió a mi alrededor como una declaración de guerra sensorial. Noté de inmediato cómo algunos fruncían el ceño, otros inhalaban con curiosidad y por mi estaba bien, que al menos aprendieran lo que es un olor digno de alguien como yo. —Tú —señalé con un dedo al cantinero, un hombre grande, sudoroso, de expresión cansada —Espero que eso que sirves no sea lo mismo que beben estos individuos. Porque no pienso ingerir nada que haya tocado una mano así sin una limpieza previa adecuada. — miré alrededor con desprecio, mientras tanto el hombre me observó largo rato, como si intentara decidir si yo era real o una alucinación provocada por el ron, pero yo le sostuve la mirada sin pestañear, con el mentón en alto, mis ojos de color ámbar juzgándolo con la severidad de un dios menor.
—Un jugo de caña, filtrado, sin alcohol en un vaso limpio y si tienes algo dulce que no parezca haber sido masticado antes, tráelo también. — Mientras esperaba, me senté con cuidado, cruzando las piernas como si la barra fuera un sillón de palacio. A mi alrededor, la música resonaba, si mis oídos no me fallaban eran sonidos de tambores, palmas, pasos de baile improvisados, porque al parecer Samba vivía y respiraba danza incluso en sus rincones más pobres, y aunque jamás lo admitiría en voz alta, había algo interesante en esa forma de canalizar la miseria, no elegante, desde luego, pero interesante.
Un grupo cercano reía, demasiado fuerte. Uno de ellos, un sujeto con los brazos descubiertos y la camisa asquerosamente empapada se inclinó un poco más de la cuenta hacia mí y el olor me golpeó como una bofetada. —Aléjate —espeté de inmediato, tapándome la nariz con dos dedos —Por todos los mares conocidos, ¿no conocen el concepto de higiene básica en esta isla o es una tradición local? —El hombre parpadeó, confundido, quizá ofendido. No me importó. La incomodidad era inmediata e irreversible, la sola idea de sudor ajeno cerca de mí me tensó los hombros.
—Relájate, cosita —dijo alguien más —Solo es un bar.— Lo miré lentamente, muy lentamente, luego volví a sacar mi reloj, lo abrí, comprobé la hora y suspiré.
—¨Cosita¨ —repetí —Fascinante elección de palabras para dirigirte a alguien que podría comprar este lugar, despedirte y convertirlo en una tienda de alfombras sin notar la diferencia en su economía personal. — El cantinero regresó al fin con el vaso. Lo inspeccioné minuciosamente antes de dar un sorbo y para mi sorpresa era aceptable. No excelente, pero aceptable, entonces bebí con pequeños tragos, dejando que el dulzor me calmara un poco los nervios.
