Samba, una isla que no solo destacaba por la extensión de terreno, si no porque en algún punto de su historia había dejado de ser una frondosa selva, para convertirse en una urbe más y menos evolucionada, a partes iguales. En el centro de la isla, casi como si partiese la placa tectónica que en realidad las unía, atravesaba una gran río, serpenteante en su principio y danzante en su final. Casi como si estuviese imitando el baile que daba nombre a la característica isla. El lunarian estaba allí, por azares del destino, un puerto más al que había llegado sin ningún fin en concreto, ver algo de mundo quizás, evolucionar como guerrero, entrenar, conocer.
Hace un par de años, después de haber sufrido el trágico destino al que había sido condenado, su cerca se amplió enormemente, el jardín en el que jugaba ya no era tras aquella casita. Su patio de juego se había ampliado en demasía y, a pesar de haber sufrido de forma trágica, había comenzado a vivir, con sus más y sus menos. De forma abrupta, sin haberlo querido y perdiendo parte de su infancia por el camino.
Sus pasos terminaron perdiéndose por la isla, por un momento se encontró por la orilla del río, siguiendo el simple pero tranquilizante sonido del fluir del agua por el relieve de la zona. Podía avistar algún que otro pez en su hábitat natural. Todo estaba en el sitio en el que le correspondía, menos una cosa. El joven espadachín con sus tres metros de altura destacaba no solo sobre la tierra, si no entre los árboles. Su figura morena, su pelo blanco casi cenizo, su arma a la espalda, pero desde luego, lo que más atraía las miradas eran sus enormes alas. Sus plumas negras, aquello significaba algo, y cualquiera que supiese sobre la anatomía de las distintas razas podría distinguirlo, un lunarian.
Sus pasos lo llevaron hasta aquella parte, que desde luego no sabía él mismo, donde la moneda pasaba de mano en mano, como pan caliente recién horneado. Donde todo existía en exceso y abundancia, la gente lo observaba, con curiosidad, con miedo, con recelo. Una figura misteriosa que apenas hablaba, que apenas interactuaba con los habitantes, simplemente se acercó al portón de un gran edificio, a varios metros.
Levantó su rostro y se quedó mirando entre las cortinas de una ventana abierta. Se escuchaban voces y murmullos. Pensativo. ¿Sería mejor entrar y llevarse algo de valor o buscar algo de dinero en otro sitio? Necesitaba continuar con su camino para encontrar su sino.
Hace un par de años, después de haber sufrido el trágico destino al que había sido condenado, su cerca se amplió enormemente, el jardín en el que jugaba ya no era tras aquella casita. Su patio de juego se había ampliado en demasía y, a pesar de haber sufrido de forma trágica, había comenzado a vivir, con sus más y sus menos. De forma abrupta, sin haberlo querido y perdiendo parte de su infancia por el camino.
Sus pasos terminaron perdiéndose por la isla, por un momento se encontró por la orilla del río, siguiendo el simple pero tranquilizante sonido del fluir del agua por el relieve de la zona. Podía avistar algún que otro pez en su hábitat natural. Todo estaba en el sitio en el que le correspondía, menos una cosa. El joven espadachín con sus tres metros de altura destacaba no solo sobre la tierra, si no entre los árboles. Su figura morena, su pelo blanco casi cenizo, su arma a la espalda, pero desde luego, lo que más atraía las miradas eran sus enormes alas. Sus plumas negras, aquello significaba algo, y cualquiera que supiese sobre la anatomía de las distintas razas podría distinguirlo, un lunarian.
Sus pasos lo llevaron hasta aquella parte, que desde luego no sabía él mismo, donde la moneda pasaba de mano en mano, como pan caliente recién horneado. Donde todo existía en exceso y abundancia, la gente lo observaba, con curiosidad, con miedo, con recelo. Una figura misteriosa que apenas hablaba, que apenas interactuaba con los habitantes, simplemente se acercó al portón de un gran edificio, a varios metros.
Levantó su rostro y se quedó mirando entre las cortinas de una ventana abierta. Se escuchaban voces y murmullos. Pensativo. ¿Sería mejor entrar y llevarse algo de valor o buscar algo de dinero en otro sitio? Necesitaba continuar con su camino para encontrar su sino.
