31-12-2025, 02:14 AM
Desde su llegada a Baterilla, Bones no había tenido muchas oportunidades de trabajo gracias a la falta de conexiones que tenía ese lugar. Más encima, había caído en problemas con una familia de mafiosos a los cuales había estafado con unos cuantos berries, así que era imperativo que consiguiera algo que le diera dinero rápido, cortante y sonante.
Aquello había hecho que tomara una decisión drástica, una que estaba lejos de relacionarse con juegos de apuestas o estafas a piratas borrachos, lo cual quedaba fuera de su área de confort. Ya que, para aquel trabajo, no solo tenía que trabajar en horario diurno, sino que también tenía que aguantar a la hija menor de alguna familia petulante con algún apellido de tres partes, tipo Von Ber Bimbong o algo así.
A decir verdad, no tenía interés ni en el abolengo de la familia ni en si necesitaban protección para su hija menor, ni tampoco en si el lugar que tendrían que elegir para el negocio familiar sería el adecuado. Lo único que le importaba al médico brujo en esos momentos era conseguir una buena cantidad de dinero para poder disfrutar de la vida nocturna de aquel lugar y, de paso, lograr que aquellos mafiosos no intentaran cortarle el cuello cada vez que lo veían por Baterilla.
La espera se prolongó más de lo debido. El sol hacía que aquella demora pusiera de aún peor humor al médico brujo, quien se había colocado bajo una de las lonas donde almacenaban frutas y congelados, donde la temperatura lograba ser un poco más tolerable. Pasaron más de treinta minutos antes de que el barco que estaba esperando llegara al puerto.
Bones, en esos momentos, estaba mirando hacia donde una chica gyojin de figura curvilínea bajaba de un barco comercial mientras se abanicaba con un grupo de cartas abiertas como si fueran un abanico, mirando hacia un costado cuando escuchó unos insultos, sin creer que provinieran del barco de aquella elegante familia.
—Vaya, la gorda de la verdulería debe estar peleándose con su esposo otra vez —dijo por lo bajo el médico brujo, antes de ver a aquella joven muchacha bajar del barco con actitud elegante, extendiendo su brazo hacia su dirección.
Bones tomó con elegancia la mano ajena antes de sentir el apretón de la chica, haciendo que el moreno solo sintiera titilar los ojos mientras sonreía forzadamente, pensando únicamente en el dinero, antes de colocarle un sombrero de barril a la muchacha.
—Es Bones… Dr. Bones. Para servirle, señorita —corrigió, aún con una actitud amable y servicial, acompañándola a caminar por el puerto en dirección al centro de la ciudad—. Bueno, claramente esta ciudad no es lo que podríamos llamar una metrópolis, pero creo que al menos ya tienen conocimiento de “pantalones” y dinero. Aunque mucho lo usan solo para alcohol y apuestas.
Decía el médico brujo mientras caminaba apoyado en su bastón de huesos negruzcos, avanzando junto a la chica entre las primeras tiendas de la zona comercial.
—¡Ah! Olvidé presentarme, sí. Qué tonta yo, tehe—
De eso no hay duda, pensó el médico brujo antes de sonreírle y escuchar con atención aquella sarta de adjetivos valorativos que se dedicaba a sí misma, con un aire tan animado que resultaba tan empalagoso como comer chocolate dentro de una colmena llena de miel.
La sonrisa amable de Bones era forzada, al igual que la risa que escapó de su voz después de escuchar cómo gritaba su nombre y se calificaba de humilde tras semejante baño de ego.
—Hehe, claro. Es un gusto, señorita Nerea. Se ve que es alguien bastante… radiante —dijo con un dejo de sarcasmo, antes de escuchar que volvía a equivocarse con su nombre y hablaba de conquistar un lugar, obligándolo a corregirla nuevamente.
—Es Doc… —suspiró—. Ojalá esto valga la pena —añadió mientras se acariciaba el entrecejo con los dedos para soportar el estrés, antes de seguir los pasos de aquella energética muchacha.
Aquello había hecho que tomara una decisión drástica, una que estaba lejos de relacionarse con juegos de apuestas o estafas a piratas borrachos, lo cual quedaba fuera de su área de confort. Ya que, para aquel trabajo, no solo tenía que trabajar en horario diurno, sino que también tenía que aguantar a la hija menor de alguna familia petulante con algún apellido de tres partes, tipo Von Ber Bimbong o algo así.
A decir verdad, no tenía interés ni en el abolengo de la familia ni en si necesitaban protección para su hija menor, ni tampoco en si el lugar que tendrían que elegir para el negocio familiar sería el adecuado. Lo único que le importaba al médico brujo en esos momentos era conseguir una buena cantidad de dinero para poder disfrutar de la vida nocturna de aquel lugar y, de paso, lograr que aquellos mafiosos no intentaran cortarle el cuello cada vez que lo veían por Baterilla.
La espera se prolongó más de lo debido. El sol hacía que aquella demora pusiera de aún peor humor al médico brujo, quien se había colocado bajo una de las lonas donde almacenaban frutas y congelados, donde la temperatura lograba ser un poco más tolerable. Pasaron más de treinta minutos antes de que el barco que estaba esperando llegara al puerto.
Bones, en esos momentos, estaba mirando hacia donde una chica gyojin de figura curvilínea bajaba de un barco comercial mientras se abanicaba con un grupo de cartas abiertas como si fueran un abanico, mirando hacia un costado cuando escuchó unos insultos, sin creer que provinieran del barco de aquella elegante familia.
—Vaya, la gorda de la verdulería debe estar peleándose con su esposo otra vez —dijo por lo bajo el médico brujo, antes de ver a aquella joven muchacha bajar del barco con actitud elegante, extendiendo su brazo hacia su dirección.
Bones tomó con elegancia la mano ajena antes de sentir el apretón de la chica, haciendo que el moreno solo sintiera titilar los ojos mientras sonreía forzadamente, pensando únicamente en el dinero, antes de colocarle un sombrero de barril a la muchacha.
—Es Bones… Dr. Bones. Para servirle, señorita —corrigió, aún con una actitud amable y servicial, acompañándola a caminar por el puerto en dirección al centro de la ciudad—. Bueno, claramente esta ciudad no es lo que podríamos llamar una metrópolis, pero creo que al menos ya tienen conocimiento de “pantalones” y dinero. Aunque mucho lo usan solo para alcohol y apuestas.
Decía el médico brujo mientras caminaba apoyado en su bastón de huesos negruzcos, avanzando junto a la chica entre las primeras tiendas de la zona comercial.
—¡Ah! Olvidé presentarme, sí. Qué tonta yo, tehe—
De eso no hay duda, pensó el médico brujo antes de sonreírle y escuchar con atención aquella sarta de adjetivos valorativos que se dedicaba a sí misma, con un aire tan animado que resultaba tan empalagoso como comer chocolate dentro de una colmena llena de miel.
La sonrisa amable de Bones era forzada, al igual que la risa que escapó de su voz después de escuchar cómo gritaba su nombre y se calificaba de humilde tras semejante baño de ego.
—Hehe, claro. Es un gusto, señorita Nerea. Se ve que es alguien bastante… radiante —dijo con un dejo de sarcasmo, antes de escuchar que volvía a equivocarse con su nombre y hablaba de conquistar un lugar, obligándolo a corregirla nuevamente.
—Es Doc… —suspiró—. Ojalá esto valga la pena —añadió mientras se acariciaba el entrecejo con los dedos para soportar el estrés, antes de seguir los pasos de aquella energética muchacha.
