El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.]
#9
Su mirada naufragó en los surcos perennes que asolaban el brazo del Uker, mientras una marea de dudas comenzaba a anegarla.
Y es que, para ser honestos, a cualquiera le hubiera resultado imposible no cuestionarse cómo era posible que un hombre tan joven —consagrado, además, al mundano oficio de los fogones— exhibiera la piel escrita con semejante crueldad caligráfica. De hecho, lo raro hubiera sido que a ella no le intrigaran las cicatricds.

Así que, tentador como era el  querer averiguarlo, pronto se transmutó en ella el deseo de descifrar aquel mapa en algo físico; la curiosidad se le había inoculado en el pensamiento como una ponzoña de acción lenta, igual que una la serpiente del Edén, que al ofrecer el fruto prohibido saborea de antemano la capitulación del pecador.

Pero ella no iba a ceder. ¿O sí?

Su cuerpo se había inclinado magnéticamente hacia él. Y Bai, prácticamente ajena a su propia voluntad, a su fisionomía, permitió que su curiosidad moviera sus manos traidoras e impaciente. Las mismas que gustosas se anticiparon al juicio de la razón.

—¿Cómo? —murmuró para nadie deshaciendo el hechizo que la apresaba y reviviendo el último vestigio de decoro, un resto naufragado de su propio autocontrol, para lograr detener sus propias manos antes del contacto.
—¿Por qué? —añadió, devolviendo la diestra su sitio.
Al fin y al cabo, no era lícito profanar la distancia con un extraño en plena vía pública.
No de aquel modo.
No así.

Y aún así se atrevió a reducir la distancia sin tocarlo.

Acortando la distancia al delegar el el tacto en sus pupilas, en ese par de ojos azules inquietos que recorrían los surcos de su piel con la misma lentitud que una mano invisible acariciando en cuerpo magullado. Sin embargo, aquel acto de devoción impropia pronto se vió frustado por una voz masculina que Bai no acabó de entender.

—¿Qué escondes? —había murmurado el marine en una mezcla de idiomas.

Y es que, el hombre de armas, no hallaba virtud en aquel estigma. Al contrario, para él no era otra cosa que el presagio de una bajeza que justificaba su desconfianza. Además, a este hecho había que sumar el haber interferido en su cita; si antes no le gustaba, ahora mucho menos.

Por fortuna, el entendimiento de Bai permaneció a salvo de aquel rancio y venenoso juicio; de lo contrario, la fría lógica habría alzado murallas para proterse. Pero ese brillo de  razón artificial no ocurriría, al menos no todavía. Pues, en ese momento, aún intentaba entender  la sonrisa del joven.
¿Cómo era posible sonreir ante semejante dolor? ¿Acaso era un trofeo? ¿O una marca de supervivencia?
Demasiadas incógnitas y ninguna respuesta que no fuera prácticamente delirio.

Y, mientras se desarrollaba entre Uker y Bai la escena de cabello, el marine clausuró su pecho con el gesto severo de los brazos cruzados.

Y es que, el muchacho, se había sumido en una masticación mental de agravios, debatiéndose entre la espera del momento oportuno para intervenir y el minucioso tejido de sospechas que hilaba al contrastar las palabras del joven con el mapa de su piel. Y, mientras lo hacía, su  ceño había empezado a contraerse en una curva al tiempo que había empeza a moderse el labio inferior conteniendo su impaciencia.

Sus dedos tamborilearon sobre la carne de sus brazo.

¿No era ella, acaso, una mujer inteligente?, pensó el marine.
Debería ser capaz de comprender lo que me pasa, de sopesar la atmósfera pesada que  proyecto.

Sin embargo, lo que el joven no entendía es que Bai se encontraba en una esfera distinta.

Pero, ¿Y si aquel silencio era un acto de deserción? ¿Y si ella lo estaba condenando al ostracismo de forma deliberada? Sus puños se cerraron con una fuerza que hizo palidecer sus nudillos, hasta que, finalmente, el hechizo se rompió y la mirada de ella regresó a su regazo.

—¿Crees que pueda acompañarnos? —inquirió Bai.

Solo entonces, la tensión que lo habitaba se disolvió ya que, al parecer, todavía ocupaba un lugar en su pensamiento; no había sido sepultado por la presencia de aquel mísero servidor de mesas, a quien el marine, con todo el clasismo destilado en su rígida postura, consideraba una criatura inferior por el mero hecho de su oficio.

—No me gustaría ofenderlo en su propio restaurante —continuó la alada.

—No es suyo —sentenció él —.Pero podría tolerarlo.

Iba a decir algo más pero, pronto, las réplicas que el marine preparaba murieron en su garganta, asfixiadas por la súbita y luminosa calidez de la sonrisa de la mujer.

—Está bien —afirmó —. Que se quede.

Y con eso él mismo se sentenció pues, Uker, se sento con ellos y trajo una bebida para cada uno.

—Espera —. Intervino desconfiado el marine —.Permíteme, Bai —. Añadió tomando la bebida que había frente a ella.

Y tras ello dio un sorbo cauteloso para perciorarse de que el brebaje no estuviera adulterado. Al fin y al cabo, ¿cómo confiar en aquel desconocido? Entretando Bai lo miró perpleja, desconcertada por lo que hacía e incapaz de asimilar semejante despliegue de paranoia.

—Disculpa pero... ¿A qué viene todo esto?

Poco a poco la irritación del marine empezaba a aflorar.

—Simplemente no me fio de él —sentenció.

—¿Por qué? Sólo está siendo amable.

—Tu has visto lo mismo que yo, Bai.

—No debes juzgar.

—Lo juzgo porque se de lo que hablo— El marine la interrumpió de repente elevando el tono hasta que este empezó a vibrar —. Esas marcas no son de gente de bien.  Esas marcas, esos estigmas de la barbarie,  no son los blasones que portaríamos ni tu, ni yo.

Bai sostuvo la mirada del marine, y por un momento, el aire entre ambos pareció espesarse como el ámbar.

—¿Gente de bien? —repitió ella, dejando que la ironía fluyera—. Qué término tan maleable y qué conveniente para ti. ¿Acaso crees que la virtud se mide por la pulcritud de la dermis? A mis ojos, esos surcos podrían ser las crónicas de un martirio que ninguno de los dos seríamos capaces de resistir. Juzgar el alma por sus cicatrices es como condenar un libro por la portada.

El marine soltó una risa seca y mientras dejaba el vaso.

—La experiencia, Bai, es una buena maestra. A lo que tú llamas "martirio"; yo lo llamo advertencia.

—Permíteme entonces demostrarte que no es así —declaró Bai, con una afilada serenidad.

Y sin mediara palabra, extendió su brazo y reclamó para sí la copa que reposaba frente al muchacho. Quien, con mirada estupefacta, el marine la observó beber del vaso con parsimonia. Sosteniéndole el duelo visual hasta que más de la mitad del licor se hubo extinguido tras sus labios.

—Porque si él hubiera querido hacer algo —sentenció ella, con la voz impregnada de calma —, no sería a mi copa a la que él habría decidido adulterar.

Tras sus palabras el rostro del marine era todo un poema.
Bai había escupido con fuerza un veneno purificador y una honestidad tan descarnada que resultó, para el orgullo del muchacho, una herida más profunda que cualquier cicatriz de guerra que pudiera jamás tener.
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RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - por Bai Mudan - 02-01-2026, 03:15 AM

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