En cuanto ella retrocedió pese haber pasado un instante, no pude evitar añorar su cercanía, el contacto de mi mano sobre su bien formado trasero. Apreté los dientes y forcé una sonrisa. Quería más, quería recorrer y explorar cada centímetro de su piel durante mucho más tiempo. En cuanto dio ese paso atrás y se inclinó pude ver de nuevo su cara, aunque para que mentir, mi mirada estaba puesta en su escote, pues tras los ejercicios y el baile, su pecho, apenas cubierto por aquel top blanco de licra, estaba cubierto de sudor, dándole un aspecto jugoso y resbaladizo.
Mi mente volaba libre, imaginando cientos de escenarios no aptos para todos los públicos. Cuando cual perfecta melodía, su dulce voz me trajo de nuevo a la realidad. Mencionó las clases privadas pero no fue clara si las había aceptado o no. Solo las mencionó como si nada, aunque los dos sabíamos que si se daban, tal vez no fueran solo clases de baile.
Tras ello, como si ella fuese la que impartía la clase, sugirió dejar lo que quedaba de clase libre. Al mencionarlo pude notar la crispación de algunos de los presentes, pues era normal, apenas habíamos hecho un par de ejercicios y ahora ¿Dábamos la clase por finalizada? Eso sí era todo un tema. Pues ni de broma se había acercado al nivel de seriedad y rectitud que podía ofrecer la docencia de este centro.
-La señorita tiene razón. -Solté mirándole de reojo, aun con aquella sonrisa maliciosa en mi rostro. -Todos os habéis esforzado muchísimo, pero el baile es como saber follar o se sabe o no se sabe y uno tiene que mejorar con la práctica, no con la teoría. ¡Así que todos a bailar y a follar señores! -Grité despreocupado y alegre, señalando a todos los asistentes según les guiñaba el ojo. Algún tímido vítore y aplauso se oyó entre la multitud, pero la mayoría eran caras de entre seriedad y estupefacción. Pues no eran idiotas y mis evidentes intenciones se veían a la legua.
Aquella morenaza divina, decidió concluir con algo más, si íbamos a explorar el tema de la pasión que fuera en un lugar privado, ajeno a miradas indiscretas. A mi no me importaba hacerlo en público, no iba a ser mi primera vez ni tampoco la última pero debía respetar sus deseos. Mirando atentamente, como la tela se despegaba de su busto di una palmada, esta vez no para anunciar el principio ni el final de ningún ejercicio.
Bajo mis pies, apareció una de mis galletas, me arrodillé sobre esta y utilizándola de plataforma me elevé lo suficiente para por primera vez, mirarle a sus ojos claros y resplandecientes desde una posición más elevada, forzándole a ser ella la que tuviese que levantar la mirada. La clase había terminado, y ya podía dejar de interpretar al personaje que había creado, ya no era Ernesto, el profesor seductor que se conformaría con quedarse a sus pies, usando solo su labia y palabrería como arma. Volvía a ser Iggy, y yo no iba a quedarme mirando desde abajo, no iba a dejar que me intimidara.
-Si quieres ir a un lugar más ajeno a presencias no deseadas, podríamos a tu casa, no me importa si está lejos, no eres la única que sabe volar. -Le sugerí ya sin el acento argentino que estaba forzando todo este tiempo, según movía el dulce flotando en el aire, siempre cerca suya. Recogió sus cosas dispuesta para irnos a otro lugar. -Por qué mi habitación de la posada donde me estoy hospedando es demasiado pequeña, y no tendremos espacio suficiente para que podamos bailar con libertad. -Se notaba que la mujer tenía pasta, por lo que era una mejor opción ir donde viviera ella, rodeada de lujos, que ir a mi cutre habitación en una posada de mala muerte. Coloqué la galleta de nuevo muy cerca suyo, haciendo que mi cara quedara a centímetros de la suya. Moví mi mano para acariciar su mejilla, y lentamente fui bajando, rozando con delicadeza cuello, clavícula, justo deteniéndome cuando estaba a punto de palpar su pecho, no por que no quisiera, pues me moría por hacerlo, tampoco por que no me atreviera. Pero quería esperar al momento indicado y ya cuando estuviéramos a solas, no iba a detenerme.
Mi mente volaba libre, imaginando cientos de escenarios no aptos para todos los públicos. Cuando cual perfecta melodía, su dulce voz me trajo de nuevo a la realidad. Mencionó las clases privadas pero no fue clara si las había aceptado o no. Solo las mencionó como si nada, aunque los dos sabíamos que si se daban, tal vez no fueran solo clases de baile.
Tras ello, como si ella fuese la que impartía la clase, sugirió dejar lo que quedaba de clase libre. Al mencionarlo pude notar la crispación de algunos de los presentes, pues era normal, apenas habíamos hecho un par de ejercicios y ahora ¿Dábamos la clase por finalizada? Eso sí era todo un tema. Pues ni de broma se había acercado al nivel de seriedad y rectitud que podía ofrecer la docencia de este centro.
-La señorita tiene razón. -Solté mirándole de reojo, aun con aquella sonrisa maliciosa en mi rostro. -Todos os habéis esforzado muchísimo, pero el baile es como saber follar o se sabe o no se sabe y uno tiene que mejorar con la práctica, no con la teoría. ¡Así que todos a bailar y a follar señores! -Grité despreocupado y alegre, señalando a todos los asistentes según les guiñaba el ojo. Algún tímido vítore y aplauso se oyó entre la multitud, pero la mayoría eran caras de entre seriedad y estupefacción. Pues no eran idiotas y mis evidentes intenciones se veían a la legua.
Aquella morenaza divina, decidió concluir con algo más, si íbamos a explorar el tema de la pasión que fuera en un lugar privado, ajeno a miradas indiscretas. A mi no me importaba hacerlo en público, no iba a ser mi primera vez ni tampoco la última pero debía respetar sus deseos. Mirando atentamente, como la tela se despegaba de su busto di una palmada, esta vez no para anunciar el principio ni el final de ningún ejercicio.
Bajo mis pies, apareció una de mis galletas, me arrodillé sobre esta y utilizándola de plataforma me elevé lo suficiente para por primera vez, mirarle a sus ojos claros y resplandecientes desde una posición más elevada, forzándole a ser ella la que tuviese que levantar la mirada. La clase había terminado, y ya podía dejar de interpretar al personaje que había creado, ya no era Ernesto, el profesor seductor que se conformaría con quedarse a sus pies, usando solo su labia y palabrería como arma. Volvía a ser Iggy, y yo no iba a quedarme mirando desde abajo, no iba a dejar que me intimidara.
-Si quieres ir a un lugar más ajeno a presencias no deseadas, podríamos a tu casa, no me importa si está lejos, no eres la única que sabe volar. -Le sugerí ya sin el acento argentino que estaba forzando todo este tiempo, según movía el dulce flotando en el aire, siempre cerca suya. Recogió sus cosas dispuesta para irnos a otro lugar. -Por qué mi habitación de la posada donde me estoy hospedando es demasiado pequeña, y no tendremos espacio suficiente para que podamos bailar con libertad. -Se notaba que la mujer tenía pasta, por lo que era una mejor opción ir donde viviera ella, rodeada de lujos, que ir a mi cutre habitación en una posada de mala muerte. Coloqué la galleta de nuevo muy cerca suyo, haciendo que mi cara quedara a centímetros de la suya. Moví mi mano para acariciar su mejilla, y lentamente fui bajando, rozando con delicadeza cuello, clavícula, justo deteniéndome cuando estaba a punto de palpar su pecho, no por que no quisiera, pues me moría por hacerlo, tampoco por que no me atreviera. Pero quería esperar al momento indicado y ya cuando estuviéramos a solas, no iba a detenerme.
Cosos
