El cuento del perro | Fic.
#2
Max amaba la noche. Era inquieto, juguetón y estaba saturado de energía. Dormía poco y no dejaba dormir a los demás, saltando de un lado a otro como si tuviera un torpedo en el culo. Renegaba de la comodidad de las mantas, de lo mullido de las almohadas y del confort de una cama calentita. En serio. Lo odiaba porque sentía que perdía el tiempo, que dormir era echar a la basura horas en las que podría estar jugando, explorando, corriendo y saltando. La noche era su turno extra, su segunda oportunidad para aprovechar y hacer eso que en el día no le había dado tiempo. Y, de la noche, lo que más amaba eran las estrellas.

La fascinación de Max por las estrellas empezó temprano, muy temprano. Lo escuche ladrar en una ocasión que las estrellas habían sido lo segundo que sus ojos vieron, después del rostro de su madre. Que desvió la mirada un segundo de esos ojos grandes y rojos que lo observaban por primera vez y lo que vio fue un domo oscuro, profundo y siniestro que primero lo intimidó, pero, luego, al achinar los ojos, supo que se trataba de algo diferente. Algo nuevo, para empezar, y muy especial. Vio las estrellas. Aquellos puntitos brillantes, como pecas blancas en un lienzo negro, llenaron su mirada por completo. Su curiosidad por el mundo hizo una pausa, convencido de que nada podía ser más interesante que ese cielo y los millones de ojos que desde tan arriba lo miraban. Y a quienes devolvía la mirada completamente encantado.

A lo largo de su vida, Max buscó saber más del cielo y sus estrellas. La primera, y la más grande de sus maestras en esta materia, no fue otra que su madre. Ella, que de fondo tuvo el cielo estrellado la primera vez que se vieron, y que sabía cómo Max había mirado las estrellas ese día, le contó historias sobre las estrellas. Día a día. Eran recompensas, pequeños premios por cada vez que Max se portaba bien. Digamos que, cada vez que el perro daba la pata, se ganaba una historia.

Y las historias eran espectaculares.

Épica y heróica son dos palabras que se quedan cortas a la hora de describir esas historias. Cada estrella tenía una historia y cada constelación era su familia. Los nacimientos estaban todos rodeados por mil entramados complejos de vidas, muertes, giros y vueltas de mil formas y colores. La perra madre de Max enalteció todavía más —si cabe—, a los cuerpos celestes que iluminan el cielo nocturno. Eran nobles, honorables y sabios. Justos e inteligentes. Eran todo lo que un perro debía ser y más. Por eso, explicó su madre al curioso de Max, estaban allí arriba. Porque en la tierra no hay sueño digno de una estrella. Y, para subir a los cielos, tienes que demostrarte digno de brillar como ellas.

Esas tonterías contaba su madre a Max y el imbécil de Max se las creía.

Una noche, cuando Max jugaba, escuchó a su perra madre ladrarle a su padre.

«¡Nos van a echar de la casita de perros!», ladró su perra madre. Y era cierto. Pronto, la familia de Max sería echada a la calle por culpa del capricho de sus dueños, que, tras hacer una visita al centro, decidieron que preferían tener gatos. Estaban de moda o alguna mierda de esas. En fin, que ya no había lugar para perros en la casa. Así, en un abrir y cerrar de ojos, la perra familia del perro Max terminó en la calle.

«Que emocionante», pensó el tarado de Max. «¡Podré dormir más bajo las estrellas!»

Pero Max no sabía que afuera, lejos del cobijo de su casucha, era invierno. Un invierno crudo. El invierno más crudo.

Las estrellas, nobles, sabias y honorables, no bajaron nunca a abrigarlos. Ni siquiera la más cercana, esa que ocupaba el día y brillaba en un color distinto. Ninguna les ayudó. El frío apuñaló a sus padres y los pateó en el piso. De nada valió que se acurrucaran todos juntos, pues el calor de su cariño era el equivalente a un pedo en una hielera.

Max, desesperado, miró las estrellas y les rogó por ayuda. Quería creer en ellas. Confiaba en que bajarían y bañarían con su luz esa tierra estéril, quemada por el frío del rocío matinal. Romperían el hielo que mantenía pegados los párpados de sus perros padres y lo ayudarían a despertarlos, pues hacia tiempo que lo habían envuelto en un estrecho abrazo y desde entonces no habían vuelto a moverse. Y más nunca se movieron.

El estúpido de Max entendió entonces que el cielo no está reservado para sabios y benevolentes héroes. El primero que pone su pie allí arriba tiene derecho a llamarse ‘estrella’. Y no le podría importar menos la mierdecita de vida que lleve un perro aquí abajo.
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El cuento del perro | Fic. - por Enji - 01-01-2026, 05:32 PM
RE: El cuento del perro | Fic. - por Enji - 03-01-2026, 06:31 AM
RE: El cuento del perro | Fic. - por Enji - 03-01-2026, 07:50 AM

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