04-01-2026, 12:12 AM
Día 61 de Invierno del año 16
Había un hueco en la tierra.Un círculo irregular por el que la arenilla del suelo se escurría hacia el interior y era tragada por una boca oscura donde la luz apenas alcanzaba a tocar el fondo. ¿Cuánto hacía de ancho? Bai no lo había calculado. A ojo, unos cuatro metros. Lo suficiente como para entrar sin demasiados problemas.
Aún así, no iba a arriegar a los demás. Necesitaba comprobarlo. Se arrodilló y lanzó la piedra que llevaba en la mano.
¡Plom!
Rebotó una vez. Luego otra. Una tercera y, al final, silencio.
¡Plom!
Un golpe más, seco y cavernoso.
Había al menos dos niveles. Eso era buena señal.
Bai lanzó la cuerda. Estaba bien sujeta a un megalítico árbol de tronco ancho. No la probó. Aunque tampoco le preocupó demasiado que aguantara.
—Voy yo primero.
Tras aquello pasó las piernas al interior de la boca y dejó que la cuerda se deslizara entre sus manos. Se giró, mirando a sus compañeros y se apoyó en el borde antes de dejarse engullir. Apoyó los pies en unos salientes, tensó la cuerda y se tiró hacia atrád en un torpe intento de caminar por la pared.
Tal cual lo hizo sintió la gravedad la con más fuerza de la esperada.
Entonces, sus pies, buscando un nuevo apoyo en la pared rocosa, resbalaron, la cuerda le quemó las palmas y el cuerpo perdió el eje y cayó.
Seis metros. Eso fue lo que Bai recorrió en la penumbra.
La espalda golpeó primero. Luego la cabeza. Después los brazos. Rodó hacia la izquierda por la inercia, encogida en posición fetal y volvió a caer. Esta vez, solo un par de metros más.
—Ugh.
Bai se encogió aún más como si aquello pudiera alivianarla y se quedó durante unos segundos ahí tirada.
—Dios...
Se incorporó despacio, apoyándose en el codo derecho aprisionaba con su mano las costillas, notando un zumbido persistente en la cabeza. Dolía. Lo justo como para hacerle olvidar todo sus problemas.
Intentó ponerse de pie sin mirar y se golpeó contra el techo.
¡Plam!
No había espacio para erguirse. A lo sumo, aquella cavidad tendría tres metros de altura.
—¡Joder! —se quejó antes de cerrar los ojos, respirar profundo y calmarse.
Entonces, agachada, regresó hacia la entrada y alzó la vista. Levantó el pulgar para indicar que estaba bien y les hizo un gesto para que bajaran la lámpara.
—¡Un momento! —alcanzó a decir al atraparla, antes de volver a internarse en la caverna.
Todavía no quería que bajaran.
Encendió la lámpara con cuidado y, de repente, la luz devolvió el espacio a la existencia.
Frente a ella se reveló el dibujó la roca húmeda a su alrededor: una lengua de piedra que terminaba en un agua tan clara que era inevitable ver el fondo. Parecia un espejo azul bajo tierra. Miró hacia la izquierda, después a la derecha y observó cómo las paredes rocosas se arqueaban sobre el agua, estriadas e irregulares, como si algo gigante hubiese modelado ese hueco con manos paciencia.
Bai se acercó al agua que parecía estar en calma. Podía verse todo las piedras sumergidas, las pequeñas grietas que burbujeaban y, sobre todo, la carencia de peces.
Entonces, dejó la lámpara a un lado y se tendió en el suelo, extendiendo la mano hacia el agua. Estaba tibia. Metió la mano. Luego el antebrazo. Y finalmente el brazo entero.
Sus dedos rozaron la roca bajo el agua. En aquella zona debía haber como máximo un metro de profundidad.
Sacó el brazo, recogió la lámpara y volvió a la entrada para hacerles un gesto invitándoles a bajar.
Cenote
