04-01-2026, 10:53 PM
—División 93, eh…
Enji sostenía la nota en una mano y se rascaba el cuello con la otra. Llevaba media hora sentado en la rama de un viejo árbol a las afueras del cuartel, pendiente del gran portón principal y de las caras que entraban y salían del edificio. Contó una miríada de soldados de espaldas rectas, chalecos y sudaderas, que eran esclavos del apremio. Caminaban presurosos, daban pasos largos y movían los brazos con la rigidez de las manecillas de un reloj, como si llevasen media hora de demora en la vida. Por otro lado, alguna chaqueta colgada en los hombros delataba a un rango superior, muchos más sosegados y pacientes en el andar. Ellos parecían convencidos de tener media hora de ventaja para llegar donde sea. Las cicatrices eran un puente entre ellos. Todos tenían alguna y su cantidad, tamaño o gravedad no parecía estar atada al rango. Así como había sargentos con una marca en el labio, había otros con la cara dividida a la mitad por lo que parecía ser la huella de una garra animal. Así como había soldados con un pie de madera, había otros con el rostro impoluto y la mirada brillante, arrogante e inocente.
¿Cuántos rangos debía de escalar para poder quedarse tirado en su despacho y que otros corrieran por él?
O cuántos hacían falta para tener un despacho.
Se había fumado el último cigarro de la cajetilla hacía cosa de veinte minutos. Veinte minutos de abstinencia. Veinte minutos de mover el pie y frotar la yema de sus dedos, inquieto. Necesitaba un poco de alquitrán en los pulmones y otro poco de veneno en la lengua para calmar esa ansiedad silenciosa. Saborear humo para pasar la noticia y todo lo que conlleva la formación de una unidad.
—¿A qué vendrá todo esto, Ford?
El pequeño gato se asomó desde su hombro. Era blanco con brillantes ojos celestes y tenía unos lentes de sol —sí, lentes de sol—, haciendo equilibrio sobre el puente de su nariz. Tras desperezarse echó un vistazo a la nota mientras sus patas se movían sobre el hombro de Enji, amasando.
Al cabo de unos segundos, Ford maulló.
Enji asintió, pensativo.
—Sí, puede ser —dijo—. Tiene algo que ver con esos bastardos de la División 117. Hijos de puta, hasta tienen un número más alto que el mío.
Arrugó el papel hasta convertirlo en un bollo y lo arrojó al suelo. Se descolgó de la rama, enganchó el chaleco marine al cinturón de sus pantalones y se dirigió a los barracones. Había leído los nombres de sus compañeros. Akira, Juan y Sigrid. Eran cuatro en total. Exactamente igual que la división que lo asistió —muy a su pesar—, en ese último encargo.
Llegó a los barracones y preguntó por los nombres impresos en su nota. La mujer, Sigrid, debía estar en el ala médica, y, según lo que le informaron, alguien había visto a Akira dirigirse a la habitación de Juan.
—¿Y como carajos encuentro la habitación de Juan?
—Tú ve hacia el escándalo y los encontrarás.
Fue la última indicación que le dieron.
Enji se colgó el chaleco en el hombro derecho y acarició a Ford en su hombro izquierdo mientras caminaba por los pasillos del barracón, mirando los nombres impresos en cada puerta. José, Roberto, María; avanzó poco más de cinco metros y perdió el tiempo leyendo tres nombres cuando el sonido de un golpe seco se hizo eco en el pasillo.
PRRACK.
¿Se acababa de romper algo?
Provenía del sur.
“ Ve hacia el escándalo. ”
Y allí se dirigió.
Finalmente encontró la puerta que buscaba —con el nombre de “Juan Sebastian” escrito en ella—, incrustada en el puño de una gigantesca mujer de largos cabellos colorados. Enji se paró unos metros antes, bajó a Ford de su hombro y sonrió. A la vez, una sustancia violácea empezó a secretar de sus manos, brazos, hombros, pecho y espalda.
—¡Oi!
La figura del pequeño hombre —pequeño al lado de sus compañeros de cinco metros—, llegó a la habitación unos segundos después de Sigrid. Toda su ropa se había disuelto en el líquido que parecía brotar de su cuerpo. Estaba desnudo, aunque la cantidad de veneno que brotaba de él había formado una gruesa capa que cubría su desnudez. La única prenda que había sobrevivido era su gorra blanca con el símbolo de la marina.
—¿Está es la sala de reunión de la división 93? —preguntó mientras se sacaba la gorra y tomaba la cajetilla de cigarros y el mechero que tenía debajo, escondidos entre sus cabellos blancos.bSacó un cigarro y lo encendió frente a sus nuevos compañeros—. Soy el sargento Enji, El Azote del Mar Negro, y seré su líder a partir de hoy —dijo y sonrió cuán ancho podía sonreír—. ¿Quién de ustedes, pelmazos —y señorita—, me hará un café?
Enji sostenía la nota en una mano y se rascaba el cuello con la otra. Llevaba media hora sentado en la rama de un viejo árbol a las afueras del cuartel, pendiente del gran portón principal y de las caras que entraban y salían del edificio. Contó una miríada de soldados de espaldas rectas, chalecos y sudaderas, que eran esclavos del apremio. Caminaban presurosos, daban pasos largos y movían los brazos con la rigidez de las manecillas de un reloj, como si llevasen media hora de demora en la vida. Por otro lado, alguna chaqueta colgada en los hombros delataba a un rango superior, muchos más sosegados y pacientes en el andar. Ellos parecían convencidos de tener media hora de ventaja para llegar donde sea. Las cicatrices eran un puente entre ellos. Todos tenían alguna y su cantidad, tamaño o gravedad no parecía estar atada al rango. Así como había sargentos con una marca en el labio, había otros con la cara dividida a la mitad por lo que parecía ser la huella de una garra animal. Así como había soldados con un pie de madera, había otros con el rostro impoluto y la mirada brillante, arrogante e inocente.
¿Cuántos rangos debía de escalar para poder quedarse tirado en su despacho y que otros corrieran por él?
O cuántos hacían falta para tener un despacho.
Se había fumado el último cigarro de la cajetilla hacía cosa de veinte minutos. Veinte minutos de abstinencia. Veinte minutos de mover el pie y frotar la yema de sus dedos, inquieto. Necesitaba un poco de alquitrán en los pulmones y otro poco de veneno en la lengua para calmar esa ansiedad silenciosa. Saborear humo para pasar la noticia y todo lo que conlleva la formación de una unidad.
—¿A qué vendrá todo esto, Ford?
El pequeño gato se asomó desde su hombro. Era blanco con brillantes ojos celestes y tenía unos lentes de sol —sí, lentes de sol—, haciendo equilibrio sobre el puente de su nariz. Tras desperezarse echó un vistazo a la nota mientras sus patas se movían sobre el hombro de Enji, amasando.
Al cabo de unos segundos, Ford maulló.
Enji asintió, pensativo.
—Sí, puede ser —dijo—. Tiene algo que ver con esos bastardos de la División 117. Hijos de puta, hasta tienen un número más alto que el mío.
Arrugó el papel hasta convertirlo en un bollo y lo arrojó al suelo. Se descolgó de la rama, enganchó el chaleco marine al cinturón de sus pantalones y se dirigió a los barracones. Había leído los nombres de sus compañeros. Akira, Juan y Sigrid. Eran cuatro en total. Exactamente igual que la división que lo asistió —muy a su pesar—, en ese último encargo.
Llegó a los barracones y preguntó por los nombres impresos en su nota. La mujer, Sigrid, debía estar en el ala médica, y, según lo que le informaron, alguien había visto a Akira dirigirse a la habitación de Juan.
—¿Y como carajos encuentro la habitación de Juan?
—Tú ve hacia el escándalo y los encontrarás.
Fue la última indicación que le dieron.
Enji se colgó el chaleco en el hombro derecho y acarició a Ford en su hombro izquierdo mientras caminaba por los pasillos del barracón, mirando los nombres impresos en cada puerta. José, Roberto, María; avanzó poco más de cinco metros y perdió el tiempo leyendo tres nombres cuando el sonido de un golpe seco se hizo eco en el pasillo.
PRRACK.
¿Se acababa de romper algo?
Provenía del sur.
“ Ve hacia el escándalo. ”
Y allí se dirigió.
Finalmente encontró la puerta que buscaba —con el nombre de “Juan Sebastian” escrito en ella—, incrustada en el puño de una gigantesca mujer de largos cabellos colorados. Enji se paró unos metros antes, bajó a Ford de su hombro y sonrió. A la vez, una sustancia violácea empezó a secretar de sus manos, brazos, hombros, pecho y espalda.
—¡Oi!
La figura del pequeño hombre —pequeño al lado de sus compañeros de cinco metros—, llegó a la habitación unos segundos después de Sigrid. Toda su ropa se había disuelto en el líquido que parecía brotar de su cuerpo. Estaba desnudo, aunque la cantidad de veneno que brotaba de él había formado una gruesa capa que cubría su desnudez. La única prenda que había sobrevivido era su gorra blanca con el símbolo de la marina.
—¿Está es la sala de reunión de la división 93? —preguntó mientras se sacaba la gorra y tomaba la cajetilla de cigarros y el mechero que tenía debajo, escondidos entre sus cabellos blancos.bSacó un cigarro y lo encendió frente a sus nuevos compañeros—. Soy el sargento Enji, El Azote del Mar Negro, y seré su líder a partir de hoy —dijo y sonrió cuán ancho podía sonreír—. ¿Quién de ustedes, pelmazos —y señorita—, me hará un café?
