El whisky de los condenados [Priv. María Merlot] [Pasado]
#1
Día 30 de invierno, Año 16

—“Y somos tan malos, como un huracán…”

Mientras canturreaba entre dientes, una botella de whisky reposaba casi llena en su mano, sujetada con tan poca fuerza que parecía que en cualquier momento la soltaría y esta terminaría siendo una con las olas inquietas que golpeaban el barco a esas horas de la noche, sería arrastrada y terminaría perdiéndose en la inmensidad del mar negro que tan pacífico parecía por ahora.

—…Huracán…tsk…no llegamos ni a llovizna.

Una brisa que arrastró consigo el calor de la noche le revolvió sus cabellos, lo que hizo que, con su mano libre, intentara quitarse los mechones de la cara al mismo tiempo que daba un salto para sentarse en el borde de la popa, aparentemente despreocupado, aunque por dentro era más como un niño sentado en el puerto, mirando al horizonte, preocupado quizá por algún familiar que se había marchado, temiendo por los peligros del océano, las tormentas, los monstruos marinos y, sobre todo, preocupado por el porvenir.

Receloso, sabiendo el efecto que el alcohol tenía sobre su cuerpo, dio un sorbo a la botella de whisky. El licor quemó su garganta, no sabía bien, era barato, pero fue lo que la cocinera pudo conseguir en uno de los mercados de la isla, tal vez la próxima vez debía ir con ella si deseaba algo más específico, pero… ¿Qué importaba ahora?

Apartó la botella de su boca y sus ojos se posaron en las estrellas sobre su cabeza, sorpresivamente, la noche estaba despejada y calurosa para ser invierno… ¿Invierno? Una risa amarga escapó desde su garganta y volvió a dar un trago a la botella, esta vez más llevando mucho más líquido que antes a su boca.

Invierno. Eso ya no importaba. El clima no sería como en el South Blue, cada isla tendría su propia estación, cada isla tendría su propio ecosistema, sus propias reglas. Había regresado a esos incongruentes mares después de haber escapado de ellos años atrás. Regresaba a la incertidumbre, a un lugar donde la ley del más fuerte era impuesta de manera natural.

¿Por qué se dejó arrastrar hasta allí?

Era un cementerio. Un cementerio para cualquiera que se llamara un hombre del mar, fuera pirata, comerciante o un agente de la ley.

Aquí solo los mejores sobrevivían.

No era solo culpa del mar, de sus inclemencias, de sus climas cambiantes entre isla e isla, era también la gente, cada grupo más desalmado que otro, cada quien preocupado por su propio bienestar, él mismo aprendió a ser así desde el momento en que recuperó su memoria…aprendió a velar por si mismo desde hace años, a mentir, a timar, a estafar, a matar, a ganar dinero de maneras en las que tal vez, su él del pasado, jamás habría imaginado…claro, si pudiera recordar a su versión pasada, el problema era…¿Los demás lo entenderían?

Miró hacia atrás. La cubierta estaba vacía, aparentemente, cada tripulante debía estar en su habitación, a excepción del gigante…quien sabe en donde estaría aquel ser monumental, pero, sea como sea, la visión de la cubierta del Royal Flush le recordó, a pesar de su mala memoria, que ya no estaba con esos piratas con los que antaño viajó, que estaba con novatos que se atrevían a portar una bandera con una calavera pintada en su mástil…Se unió a ellos por protección, porque creyó que así podría pasar desapercibido. No pudo estar más equivocado.

A su lado, el viento pasó las páginas del periódico del 31 de otoño, el mismo que días antes, la sirena de azul celeste les había quitado a unos hombres en un restaurante en el pueblo. Ella lo desechó para solo conservar una página en específico, pero él prefirió mantenerlo consigo para estudiar su contenido y, sobre todo, los carteles de “se busca”, el suyo propio.

Chasqueó la lengua. Un cartel de recompensar no estaba en sus planes, era algo que no debería haber ocurrido jamás, a fin de cuentas, se había encargado de pasar desapercibido por años y…ahora…

Volvió a mirar a la cubierta del barco y un nudo empezó a formarse en la boca de su estómago, de repente sintió náuseas. Se supone que eran una tripulación, pero él, a pesar de su completa falta de retentiva, los sentía tan lejanos, de hecho, en este instante, se sentía más cercano a aquellos piratas que años antes él mismo traicionó al entregarlos a la marina.

Indisciplina.

La palabra resonó en su mente como un eco al mismo tiempo que bebía otro sorbo del whisky…Eso era, si pudiera describir en una sola palabra lo que sucedía en el barco era: indisciplina. Nadie sabía porque estaban ahí, nadie tenía un rumbo ni sueños fijos…él mismo podía incluirse en ese paquete y eso no le agradaba.

¿En dónde se había metido su capitán? Desde que salieron de Samba no había vuelto a saber de él y ¿Por qué el resto parecía tan tranquilo con la situación? ¿Qué esperaban conseguir? ¿Si quiera sabrían los peligros que ahora tendrían que afrontar?

Él lo sabía y no le agradaba nada.

Frunció el ceño y, en ese mismo momento, acercó la punta de la botella de nuevo a sus labios y, en ese momento, fue consciente del peso tan liviano de la misma… ¿Cuándo tomó tanto?

—Ah…no se nota, pero el whisky se agota —. Intentó moverse de su lugar, saltar del borde de la popa a la cubierta del barco, pero su cerebro decidió jugarle una mala pasada. El mareo se apoderó de él y, ahora, las olas no eran lo único que se mecía constantemente, si no, todo a su alrededor. Su mano libre se aferró con fuerza a la madera del barco y la otra, aun con la botella encima, fue a su cabeza, como si tocarla pudiera ayudarlo a estabilizarse.

Con fuerza se mordió el labio, un gesto que buscaba anclarlo a la realidad por más que su mente, nublada por el alcohol, buscara orillarlo a la desesperación, a la incertidumbre de no saber lo que pudiera ocurrir en la inmensidad del Grand Line…Una idea que no lo dejaba dormir, no importa cuánto lo intentara, no importa cuanto tomara…aunque, tal vez, esta noche, lo mejor era permanecer despierto, era necesario…tal vez un indicio del destino.

El viento volvió a rugir entre los mástiles y las cuerdas y, luego, las maderas del barco crujieron con delicadeza…eso no era producto del viento, por lo que el doctor, sin dejar de mirar el horizonte, miró al horizonte con ojos llorosos pero curiosos, como si tuviera frente a él a quien se atrevía a importunarlo en medio de su “lamento”.

—Jmmm… ¿Tu tampoco puedes caer en los brazos del dios del sueño? —Colocó a un lado la botella de whisky, pero esta quedó tan al borde del barco que terminó cayendo sobre la madera de la cubierta y rodeando a los pies de la persona que ahora estaba a sus espaldas. El médico no se molestó en girarse, después de todo, por el sonido liviano de sus pasos, podía suponer de quien se trataba, además, tampoco le apetecía que ella viera sus ojos aguados por un llanto que no se atrevía a salir del todo. —¿Acaso algo te molesta, sirena de azul celeste?

Karmas usados


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El whisky de los condenados [Priv. María Merlot] [Pasado] - por Hyákinthos - 05-01-2026, 01:54 AM

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