05-01-2026, 06:29 PM
Mi sorpresa no vino por a quién encontré en el fondo del agujero. Eros era uno de los pocos compañeros que me quedaban, uno de los dos con los que viajaba en mi antigua tripulación. Esta nueva parte del mundo se había empeñado en demostrarnos que era salvaje, que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de poner trabas en el camino de los que se habían echado a la aventura demasiado pronto. No llevaba mucho viajando, pero a esas alturas, el haber podido pasar por más de una isla a su lado ya me resultaba todo un hito a remarcar. El nuevo capitán y yo llevábamos juntos desde Samba, y parecía ser el último resquicio que me servía de ancla con aquel ladrón aventurero que partió del puerto aquella noche en busca de libertad. Cuánto habían cambiado las cosas...
Sin embargo, lo que más me chocó fue el cómo lo encontré. Tirado en el suelo, polvoriento. Disfrutando el contenido de una botella de vino, una de las últimas cosas que nos quedaban del Crimson. La primera sensación que recorrió mi cuerpo fue el desconcierto; ¿qué iba a ser de nosotros si perdíamos la guía de nuestro nuevo capitán? Pero rápido, esa sensación voló al darme cuenta de que él también se sentiría desorientado. Él también había perdido muchas cosas. Comprendí al instante que ambos estábamos en la misma situación. Perdidos, sin un rumbo fijo que seguir, superando una vicisitud tras otra. Luego sentí cómo mi pecho se calentaba. Una sensación de compañerismo inundó mi cuerpo al oírle llamarme amigo. Un sabor dulce, con tonos amargos al entender su dolor por haber perdido nuestro barco, o lo que para unos piratas es, nuestra casa.
—Eros... No podemos... —dudé, pero finalmente me deslicé por el lateral de aquel agujero que más bien podía parecer una madriguera—. Sí, estoy seguro que esto no se hundirá nunca. Si eso, se inunda —dije observando hacia los lados—.
Él se rio tras su comentario, se sentó y comenzó a agitar una botella mientras me miraba, como el que llama a un perrillo para que juegue con él. Yo negué ligeramente con la cabeza, mi palma extendida hacia él, aunque sin saber cómo, sus siguientes palabras funcionaron como un extraño conjuro sobre mi. Puede que fuesen sus palabras que me indicaron que era una de las botellas de Rosse o tal vez, la extraña idea que vaga en el imaginario común, de que las penas han de ahogarse con alcohol, pero cuando quise darme cuenta, me hallaba sentado junto a Eros con la mano extendida y tomando la botella. Miré la etiqueta, como si supiese de añadas o denominaciones.
—De Rosse, ¿eh? —suspiré—. Parece que esto es todo lo que queda de los Cabaret.
Miré a Eros un instante, justo antes de llevarme la botella a los labios y dar un trago largo. El vino bajó por mi garganta dejando una ligera sensación de quemazón al fondo de mi paladar. Carraspeé y agité mi cabeza. El sabor que me había dejado me resultó desagradable, pero pronto comprendí por qué la gente bebía licores, pese a ser la primera vez que probaba el alcohol. Un calor comenzó a fraguarse en mis adentros, una ligera hoguera, reconfortante.
Di un fuerte trago más y le pasé la botella de nuevo a Eros.
—¿Crees que esto tendrá un final? —pregunté mirando al cielo—. A veces pienso que el mundo solo es una espiral de desgracias. ¿Habrá algo bueno para nosotros allá fuera?
Quedé mirando las estrellas entre recuerdos y fantasías sobre el futuro.
