07-01-2026, 09:30 AM
Kazan se encontraba paseando por aquel puerto. Las tablas que componían el suelo de madera crujían bajo su peso de quince toneladas de músculo azul que se cernían sobre ellas con un peso inamovible. Quizás debido a ello era por lo que las miradas de los transeúntes se apartaban con miedo o curiosidad, aunque también parecía haber una pizca de respeto y temor. A fin de cuentas, bastaba únicamente un paso mal dado por parte del gigante azul para poder hacer crujir de manera fácil todos los cuerpos de una persona. El olor a sal entró por las fosas nasales de Kazan, un olor que se mezclaba con el del pescado y el de las monedas. Esto, junto al sonido del mar golpeando las maderas del puerto y el tejemaneje de la gente con el bullicio generado por la compraventa, hacía que todos sus sentidos se encontraran inmersos en aquella escena. Se acaricia uno de sus cuernos mientras observaba el entorno que había alrededor de él. -¿Por qué me recuerda todo esto a mis tiempos como gladiador? El olor a dinero me hace recordar a las apuestas…-, pensaba el exgladiador mientras daba una fuerte bocanada a su pipa.
Fue entonces cuando escuchó aquella llamada hacia su persona, y sabía a ciencia cierta que era para él porque alrededor suya no había otra persona que pudiera personalizar el hecho de llamarse “Caballero Azul”. Giró su rostro y apuntó con su mirada a aquel comerciante que zarandeaba las manos para llamar su atención. Siguiendo el giro de su rostro, giró su cuerpo acercándose a aquel puesto y mirando a aquella persona muy por encima. Entre que estaba sentado y Kazan medía diez metros, la diferencia de altura era casi cómica. Una rápida mirada a todas las piedras hizo que él mismo se diera cuenta que, aunque eran bonitas y bellas, todas ellas carecían de algo: de valor. Eran piedras que podrían ser encontradas si sabías buscar dónde en cantidades inmensas. -¡Por las profundidades! Nadie me ha llamado “Caballero Azul” nunca. “Gigante Azul”, “Monstruo Azul”, “Demonio Azul”, sí, pero “Caballero Azul”, nunca-. Su voz era grave pero no ofensiva, era como una voz gutural que le salía desde lo profundo.
-¿De dónde encontraste estas piedras, amigo mercader? -comentó Kazan mientras se agachaba todo lo posible, teniendo cuidado de no molestar con su arma a las personas que había alrededor. Quizás fuera por la oscuridad que había en aquel lugar, por como la luna reflejaba de manera idílica el contorno de aquellas piedras que Kazan confirma lo que había pensado anteriormente, aquellas piedras eran preciosas pero carecían de total valor, eso o era tan inepto que no sabía entender la diferencia entre unas piedras preciosas de valor y otras sin valor. -¿De que apuesta me estas hablando? No es que sea muy partidario de los juegos de azar, ya sabes me gusta tener todo lo que pueda bajo control.- Diría enarcando levemente la ceja cuando se refería asi mismo como un Dios. A su ver, todos los que se habian considerado a si mismo dioses no habian acabado muy bien.
Fue entonces cuando escuchó aquella llamada hacia su persona, y sabía a ciencia cierta que era para él porque alrededor suya no había otra persona que pudiera personalizar el hecho de llamarse “Caballero Azul”. Giró su rostro y apuntó con su mirada a aquel comerciante que zarandeaba las manos para llamar su atención. Siguiendo el giro de su rostro, giró su cuerpo acercándose a aquel puesto y mirando a aquella persona muy por encima. Entre que estaba sentado y Kazan medía diez metros, la diferencia de altura era casi cómica. Una rápida mirada a todas las piedras hizo que él mismo se diera cuenta que, aunque eran bonitas y bellas, todas ellas carecían de algo: de valor. Eran piedras que podrían ser encontradas si sabías buscar dónde en cantidades inmensas. -¡Por las profundidades! Nadie me ha llamado “Caballero Azul” nunca. “Gigante Azul”, “Monstruo Azul”, “Demonio Azul”, sí, pero “Caballero Azul”, nunca-. Su voz era grave pero no ofensiva, era como una voz gutural que le salía desde lo profundo.
-¿De dónde encontraste estas piedras, amigo mercader? -comentó Kazan mientras se agachaba todo lo posible, teniendo cuidado de no molestar con su arma a las personas que había alrededor. Quizás fuera por la oscuridad que había en aquel lugar, por como la luna reflejaba de manera idílica el contorno de aquellas piedras que Kazan confirma lo que había pensado anteriormente, aquellas piedras eran preciosas pero carecían de total valor, eso o era tan inepto que no sabía entender la diferencia entre unas piedras preciosas de valor y otras sin valor. -¿De que apuesta me estas hablando? No es que sea muy partidario de los juegos de azar, ya sabes me gusta tener todo lo que pueda bajo control.- Diría enarcando levemente la ceja cuando se refería asi mismo como un Dios. A su ver, todos los que se habian considerado a si mismo dioses no habian acabado muy bien.
