09-01-2026, 05:28 PM
El marine concedió a Uker una mirada de soslayo, una inspección rápida y breve con la que pretendía confirmar las sospechas del cocinero: no le gustaba. Además, no hallaba placer alguno en darle explicaciones. Así que, con un gesto parco, se limitó a hacerselo saber.
Luego, con un ademán, lo invitó a que desplegara su arte y diera rienda suelta a su historias en silencio.
Mientras tanto, Bai, sin resistencia alguna al alcohol, comenzó a percibir cómo una pequeña hoguera se instalaba en su estómago para emprender la lenta conquista de su cuerpo; un incendio que ascendía por su garganta, reptaba con dedos incandescentes por sus mejillas y terminaba por teñir sus orejas con el carmín del vino. ¿Era posible que aquel brebaje le hubiera provocado fiebre? Miró al marine preguntándole con su mirar pero él, con los brazos cruzados como baluartes sobre su pecho, la observaba con fijeza como si aún la estuviera juzgando por lo de antes.
Y, de repente, el muchacho le dirigió un gesto con el mentón; un reproche que Bai descifró al instante. Suspiró. No iba a discutirse de nuevo con aquel hombre al que acababa de conocer.
Miró hacia Uker y, pronto, descubrió que la atención de ambos se había desviado relato del cocinero.
—¿Una selva? —susurró la birkiniana, volcando su cuerpo hacia el papel con una curiosidad innata. El marine, en cambio, permanecía inmóvil, escrutando la explicación con severidad.
—Su hogar —sentenció el oficial, rompiendo su estatismo para señalar el trazo.
—¿En el corazón de la selva? —inquirió ella.
—En el espesor del bosque —corrigió el marine, haciendo un gesto de silencio y espera.
—¿Y esta criatura? —Bai señaló la efigie de un animal deforme, una aberración de carboncillo.
El marine no se dignó a responderle a ella; su réplica fue un dardo dirigido al chef:
—Una tragedia, en efecto. Pero recuerda que vosotros elegisteis habitar en los dominios de lo salvaje —giró su rostro hacia Bai, endureciendo el gesto—. Quien osa desafía a la naturaleza carece de licencia para la queja cuando esta reclama su tributo.
Impulsada por una mezcla de embriaguez y falsa intuición, Bai atrajo el papel hacia sí. Al contemplar las cruces —esos símbolos que representaban rostros ausentes—, la verdad la golpeó con la fuerza por sus propios medio. Aquel animal debía ser la causa de sus muertes.
—Entonces...
El marine asintió mirándola a ella y Bai, movida por una pulsión maternal, extendió la mano y acarició el cabello de Uker en un gesto de piedad destinado a acunar un dolor que no encontraba palabras.
Por el contrario, la reacción del marine fue incorporarse ligeramente; el crujido de su uniforme pareció un rasguñar el silencio que se había cernido entre ellos. Después, con los ojos ligeramente entornados, hizo un gesto de entre asco y molestia y cogió de su vaso para beber.
El marine esperaba que Bai dijera algo que acompañara sus gestos —de ahí que prefiriese beber— pero, en vez de eso, se encontró con un solemne mutismo que escondía lo que verdaderamente pensaba la mujer.
—¿Podrías recordarme de qué isla eres? —se dirigó a Uker mientras se inclinaba sobre la mesa proyectando una sombra opresiva sobre el dibujo.
Y entonces pareció recordar que eso no se lo había preguntado a la mujer.
—¿Y tú? ¿De dónde vienes?
—Soy de Ohara pero siempre sentí que ese lugar era una prisión para mí.
Bai carecía de la maldad necesaria para el artificio de la mentira, así que, copiando a Uker, tomó la servilleta y le pidió al joven chef el lápiz.
—Mi isla está dividida en muchas culturas —explicó, mientras su mano trazaba una especie de círculo y lo dividia en porciones —Y la mayoría de gente habla vuestro idioma. A mi no me gusta, suena demasiado gutural y siento que faltan expresiones para poder expresarme correctamente.
—¿Por eso saliste de ahí? —preguntó el marine, con un rastro de escepticismo en la mirada.
—Esa razón... y esta otra —sentenció ella.
Dibujo dos cuerpos humanos como monigotes simples de palo y les tendió la servilleta.
—Tras un accidente en el que me vi involucrada —dibujo fuego alrededor quemando más del setenta por ciento del cuerpo del monigote —Decidí que debia salir de ahí y ver mundo. Por suerte no fui yo quien casi se quema viva. Es solo... Me hizo pensar en lo que quería.
Luego, con un ademán, lo invitó a que desplegara su arte y diera rienda suelta a su historias en silencio.
Mientras tanto, Bai, sin resistencia alguna al alcohol, comenzó a percibir cómo una pequeña hoguera se instalaba en su estómago para emprender la lenta conquista de su cuerpo; un incendio que ascendía por su garganta, reptaba con dedos incandescentes por sus mejillas y terminaba por teñir sus orejas con el carmín del vino. ¿Era posible que aquel brebaje le hubiera provocado fiebre? Miró al marine preguntándole con su mirar pero él, con los brazos cruzados como baluartes sobre su pecho, la observaba con fijeza como si aún la estuviera juzgando por lo de antes.
Y, de repente, el muchacho le dirigió un gesto con el mentón; un reproche que Bai descifró al instante. Suspiró. No iba a discutirse de nuevo con aquel hombre al que acababa de conocer.
Miró hacia Uker y, pronto, descubrió que la atención de ambos se había desviado relato del cocinero.
—¿Una selva? —susurró la birkiniana, volcando su cuerpo hacia el papel con una curiosidad innata. El marine, en cambio, permanecía inmóvil, escrutando la explicación con severidad.
—Su hogar —sentenció el oficial, rompiendo su estatismo para señalar el trazo.
—¿En el corazón de la selva? —inquirió ella.
—En el espesor del bosque —corrigió el marine, haciendo un gesto de silencio y espera.
—¿Y esta criatura? —Bai señaló la efigie de un animal deforme, una aberración de carboncillo.
El marine no se dignó a responderle a ella; su réplica fue un dardo dirigido al chef:
—Una tragedia, en efecto. Pero recuerda que vosotros elegisteis habitar en los dominios de lo salvaje —giró su rostro hacia Bai, endureciendo el gesto—. Quien osa desafía a la naturaleza carece de licencia para la queja cuando esta reclama su tributo.
Impulsada por una mezcla de embriaguez y falsa intuición, Bai atrajo el papel hacia sí. Al contemplar las cruces —esos símbolos que representaban rostros ausentes—, la verdad la golpeó con la fuerza por sus propios medio. Aquel animal debía ser la causa de sus muertes.
—Entonces...
El marine asintió mirándola a ella y Bai, movida por una pulsión maternal, extendió la mano y acarició el cabello de Uker en un gesto de piedad destinado a acunar un dolor que no encontraba palabras.
Por el contrario, la reacción del marine fue incorporarse ligeramente; el crujido de su uniforme pareció un rasguñar el silencio que se había cernido entre ellos. Después, con los ojos ligeramente entornados, hizo un gesto de entre asco y molestia y cogió de su vaso para beber.
El marine esperaba que Bai dijera algo que acompañara sus gestos —de ahí que prefiriese beber— pero, en vez de eso, se encontró con un solemne mutismo que escondía lo que verdaderamente pensaba la mujer.
—¿Podrías recordarme de qué isla eres? —se dirigó a Uker mientras se inclinaba sobre la mesa proyectando una sombra opresiva sobre el dibujo.
Y entonces pareció recordar que eso no se lo había preguntado a la mujer.
—¿Y tú? ¿De dónde vienes?
—Soy de Ohara pero siempre sentí que ese lugar era una prisión para mí.
Bai carecía de la maldad necesaria para el artificio de la mentira, así que, copiando a Uker, tomó la servilleta y le pidió al joven chef el lápiz.
—Mi isla está dividida en muchas culturas —explicó, mientras su mano trazaba una especie de círculo y lo dividia en porciones —Y la mayoría de gente habla vuestro idioma. A mi no me gusta, suena demasiado gutural y siento que faltan expresiones para poder expresarme correctamente.
—¿Por eso saliste de ahí? —preguntó el marine, con un rastro de escepticismo en la mirada.
—Esa razón... y esta otra —sentenció ella.
Dibujo dos cuerpos humanos como monigotes simples de palo y les tendió la servilleta.
—Tras un accidente en el que me vi involucrada —dibujo fuego alrededor quemando más del setenta por ciento del cuerpo del monigote —Decidí que debia salir de ahí y ver mundo. Por suerte no fui yo quien casi se quema viva. Es solo... Me hizo pensar en lo que quería.
