09-01-2026, 08:16 PM
Se plantó delante de sus nuevos compañeros de división y, uno a uno, los inspeccionó. De arriba abajo, escrutó primero al más llamativo de los tres: el gyojin. Alto, fuerte, rojo. Después estaba el rubio, cuya estatura rivalizaba con la suya entre los más bajitos de la división. Aunque, para ser justos, no se trataba de que ellos fueran pequeños, sino que sus otros dos compañeros eran enormes. Entre ellos, la pelirroja que había destrozado la puerta. Un grupo variopinto como poco, variado en razas, tamaños, complexiones y hasta géneros. ¡No se veían tantas mujeres en la marina como le gustaría! Tener a una en su división se podría considerar todo un golpe de suerte.
Pero ese golpe lo sentiría un poco más adelante.
—¿Qué? ¿Nunca viste el poder de una Fruta del Diablo? —Se cruzó de brazos y su arrogante sonrisa creció—. Esto que ves me valió el apodo de “El Azote”. Un solo toque, por mínimo que sea, puede significar la muerte para cualquiera.
Y no terminó de explicar las propiedades de su veneno cuando Juan, el gyojin, se acercó y, curioso, tocó el viscoso manto que secretaban sus hombros.
Enji puso los ojos en blanco y trató de darle un manotazo en el dorso de la mano, pero falló.
—¡Hijo de puta! ¡¿quieres morir?! —estalló mientras Juan se retorcía de dolor, sufriendo las consecuencias de entrar en contacto con el veneno de su akuma no mi—. ¡No queda de otra! Tendremos que amputarle la mano antes de que la infección se propague. ¿Quién tiene una espada? ¡Rubiecito, ayúdame! ¿Y donde carajos está mi…?
Y, entonces, por fin, el golpe de suerte llegó. Un golpe firme y seco. Impactó en su espalda baja y Enji, que no se lo esperaba para nada, arrugó la cara en un gesto de dolor sumamente exagerado. Lo próximo que sintió fue el tacto frío de la pared, el crujido de un escritorio que no soportó su peso y el ardor de las astillas clavándose en su cuerpo. Todo un escándalo. La habitación del pobre Juan había sido la principal —y primera—, víctima de la recién estrenada división.
Se levantó de un salto, la vena de su frente inflamada como picadura de abeja, pero, justo cuando estaba a punto de despotricar, un superior apareció en la puerta. Enji tuvo que morderse la lengua y escuchar de brazos cruzados, plagado de raspones. Tiempo que aprovechó, además, para inspeccionar a la pelirroja con mayor detenimiento.
«Mierda —pensó—, está buena»
Ya le había perdonado el golpe.
—¡Bueno! Parece que tenemos trabajo. Y por “tenemos” me refiero a “tienen” —dijo, nada más partir su sargento—. El rojo es Juan Sebastian, tú, grandota, debes ser Sigrid, y… bueno, por descarte, tú eres Akira, rubiecito. —Señaló a cada uno mientras se dirigía a la puerta. Salieron al pasillo y se dirigieron al patio de entrenamientos—. Hagamos esto rápido, ¿quieren? Díganme qué hacen. Como pelean. Sus especialidades. ¡El rojo se ve duro! Seguro resiste bien los golpes. ¿El resto?
Forzó ligeramente las piernas para caminar por delante, con la mirada puesta en el camino. El veneno, llegados a ese punto, había terminado de consumir su ropa. Enji caminaba, en efecto, desnudo, y con el culo blanco y pomposo saludando a sus nuevos compañeros.
Pero ese golpe lo sentiría un poco más adelante.
—¿Qué? ¿Nunca viste el poder de una Fruta del Diablo? —Se cruzó de brazos y su arrogante sonrisa creció—. Esto que ves me valió el apodo de “El Azote”. Un solo toque, por mínimo que sea, puede significar la muerte para cualquiera.
Y no terminó de explicar las propiedades de su veneno cuando Juan, el gyojin, se acercó y, curioso, tocó el viscoso manto que secretaban sus hombros.
Enji puso los ojos en blanco y trató de darle un manotazo en el dorso de la mano, pero falló.
—¡Hijo de puta! ¡¿quieres morir?! —estalló mientras Juan se retorcía de dolor, sufriendo las consecuencias de entrar en contacto con el veneno de su akuma no mi—. ¡No queda de otra! Tendremos que amputarle la mano antes de que la infección se propague. ¿Quién tiene una espada? ¡Rubiecito, ayúdame! ¿Y donde carajos está mi…?
Y, entonces, por fin, el golpe de suerte llegó. Un golpe firme y seco. Impactó en su espalda baja y Enji, que no se lo esperaba para nada, arrugó la cara en un gesto de dolor sumamente exagerado. Lo próximo que sintió fue el tacto frío de la pared, el crujido de un escritorio que no soportó su peso y el ardor de las astillas clavándose en su cuerpo. Todo un escándalo. La habitación del pobre Juan había sido la principal —y primera—, víctima de la recién estrenada división.
Se levantó de un salto, la vena de su frente inflamada como picadura de abeja, pero, justo cuando estaba a punto de despotricar, un superior apareció en la puerta. Enji tuvo que morderse la lengua y escuchar de brazos cruzados, plagado de raspones. Tiempo que aprovechó, además, para inspeccionar a la pelirroja con mayor detenimiento.
«Mierda —pensó—, está buena»
Ya le había perdonado el golpe.
—¡Bueno! Parece que tenemos trabajo. Y por “tenemos” me refiero a “tienen” —dijo, nada más partir su sargento—. El rojo es Juan Sebastian, tú, grandota, debes ser Sigrid, y… bueno, por descarte, tú eres Akira, rubiecito. —Señaló a cada uno mientras se dirigía a la puerta. Salieron al pasillo y se dirigieron al patio de entrenamientos—. Hagamos esto rápido, ¿quieren? Díganme qué hacen. Como pelean. Sus especialidades. ¡El rojo se ve duro! Seguro resiste bien los golpes. ¿El resto?
Forzó ligeramente las piernas para caminar por delante, con la mirada puesta en el camino. El veneno, llegados a ese punto, había terminado de consumir su ropa. Enji caminaba, en efecto, desnudo, y con el culo blanco y pomposo saludando a sus nuevos compañeros.
