El impacto ocurre antes de que Gensei pueda completar su avance.
La mesa sale despedida desde menos de dos metros de distancia, prácticamente a quemarropa. La madera maciza cruje en el aire apenas una fracción de segundo antes de estrellarse contra el rostro del cocinero, a la altura de la frente. El golpe lo toma mal parado, con el peso cargado hacia adelante por el impulso del ataque previo. El tablero se parte en dos al chocar, las patas se desprenden y salen rodando por el suelo de piedra, mientras astillas y fragmentos vuelan en abanico.
Gensei trastabilla hacia atrás casi un metro por la inercia del impacto. Su espalda golpea contra un puesto vacío de verduras, haciendo caer canastos de mimbre y cebollas que ruedan por el suelo. El cuchillo no se le cae, pero su cabeza recibe un raspón al girar bruscamente, dejándole una línea de sangre superficial en la sien. Su respiración se vuelve irregular por un instante.
Luego levanta la cabeza.
Sus ojos, inyectados, se clavan en ti con una furia absoluta. La confusión desaparece por completo, reemplazada por una rabia animal. —PALOMA DE MIERDA— Grita, con una carcajada rota, mientras se reincorpora
El suelo a su alrededor ahora es un caos: restos de mesa rota, verduras aplastadas, platos caídos y una fina capa de grasa y caldo derramado que vuelve resbaladiza la piedra. El olor a comida caliente se mezcla con polvo de madera y sudor.
Tú retrocedes hasta quedar de espaldas al poste central del mercado, una columna de madera oscura reforzada con anillos metálicos, de unos treinta centímetros de diámetro. El poste sostiene un toldo de lona gruesa a cuatro metros de altura, desde donde cuelgan faroles apagados y cuerdas.
Con un salto limpio, te aferras al poste y trepas con rapidez, usando piernas y brazos como un primate. En cuestión de segundos estás a unos tres metros del suelo, con los pies apoyados en uno de los anillos metálicos y el cuerpo abrazando la madera.
Desde abajo, Gensei se lanza hacia el poste.
Empieza a lanzar tajos al aire, cortes horizontales y diagonales que silban a menos de un metro de tus piernas, pero sin alcanzarte. El cuchillo choca contra la madera del poste en uno de los intentos, arrancando una astilla profunda.
—¡BAJA, MALDITA AVE!— Vocifera —¡TE VOY A DESPLUMAR YO MISMO!—
Da un paso atrás, claramente evaluando trepar. Flexiona las piernas, alza un pie para apoyarlo en el poste… y entonces unas manos lo sujetan por la espalda.
Tres ayudantes de cocina salen corriendo del restaurante. Visten delantales manchados de salsa, uno aún con una cuchara de madera en la mano. Se abalanzan sobre Gensei, agarrándolo de los brazos y del torso. El cocinero forcejea, lanza un último tajo al aire que no conecta con nada y ruge de frustración.
Los ayudantes lo arrastran hacia atrás con esfuerzo, patinando sobre el suelo grasiento, pidiéndote disculpas a gritos entre jadeos.
Nos trasladamos al frente de la entrada del Gokumitori-tei. El restaurante es un local de madera bien cuidado, con faroles rojos colgando del alero y un mostrador abierto hacia la calle. Desde dentro se escucha el sonido rítmico de cuchillos golpeando tablas, aunque ahora más lento, más contenido.
Gensei está dentro, visible desde la entrada. Cocina de espaldas, con movimientos bruscos, la mandíbula apretada y la sien aún marcada por el raspón. No mira hacia afuera.
Frente a ti, a un par de metros de la entrada, uno de los ayudantes se adelanta. Se inclina en una reverencia profunda, casi tocando el suelo con la frente. —Le ofrecemos nuestras más sinceras disculpas— Dice con voz temblorosa. —Nuestro maestro… padece una enfermedad. Una ceguera muy específica. Para él, todas las aves son iguales… y parece… que lo confundió con una paloma.—
Se endereza despacio, evitando mirarte directamente a los ojos por respeto.
—Nada de esto debió ocurrir. En compensación, el Gokumitori-tei le ofrece un menú completo, cortesía de la casa. Lo que desee. Nosotros nos encargamos.—
El olor a comida vuelve a hacerse presente, ahora más cercano, más tentador. El mercado sigue vivo a tu alrededor, pero aquí, frente al restaurante, el ambiente se ha calmado. La decisión queda en tus manos.
La mesa sale despedida desde menos de dos metros de distancia, prácticamente a quemarropa. La madera maciza cruje en el aire apenas una fracción de segundo antes de estrellarse contra el rostro del cocinero, a la altura de la frente. El golpe lo toma mal parado, con el peso cargado hacia adelante por el impulso del ataque previo. El tablero se parte en dos al chocar, las patas se desprenden y salen rodando por el suelo de piedra, mientras astillas y fragmentos vuelan en abanico.
Gensei trastabilla hacia atrás casi un metro por la inercia del impacto. Su espalda golpea contra un puesto vacío de verduras, haciendo caer canastos de mimbre y cebollas que ruedan por el suelo. El cuchillo no se le cae, pero su cabeza recibe un raspón al girar bruscamente, dejándole una línea de sangre superficial en la sien. Su respiración se vuelve irregular por un instante.
Luego levanta la cabeza.
Sus ojos, inyectados, se clavan en ti con una furia absoluta. La confusión desaparece por completo, reemplazada por una rabia animal. —PALOMA DE MIERDA— Grita, con una carcajada rota, mientras se reincorpora
El suelo a su alrededor ahora es un caos: restos de mesa rota, verduras aplastadas, platos caídos y una fina capa de grasa y caldo derramado que vuelve resbaladiza la piedra. El olor a comida caliente se mezcla con polvo de madera y sudor.
Tú retrocedes hasta quedar de espaldas al poste central del mercado, una columna de madera oscura reforzada con anillos metálicos, de unos treinta centímetros de diámetro. El poste sostiene un toldo de lona gruesa a cuatro metros de altura, desde donde cuelgan faroles apagados y cuerdas.
Con un salto limpio, te aferras al poste y trepas con rapidez, usando piernas y brazos como un primate. En cuestión de segundos estás a unos tres metros del suelo, con los pies apoyados en uno de los anillos metálicos y el cuerpo abrazando la madera.
Desde abajo, Gensei se lanza hacia el poste.
Empieza a lanzar tajos al aire, cortes horizontales y diagonales que silban a menos de un metro de tus piernas, pero sin alcanzarte. El cuchillo choca contra la madera del poste en uno de los intentos, arrancando una astilla profunda.
—¡BAJA, MALDITA AVE!— Vocifera —¡TE VOY A DESPLUMAR YO MISMO!—
Da un paso atrás, claramente evaluando trepar. Flexiona las piernas, alza un pie para apoyarlo en el poste… y entonces unas manos lo sujetan por la espalda.
—¡MAESTRO! ¡MAESTRO, BASTA!—
Tres ayudantes de cocina salen corriendo del restaurante. Visten delantales manchados de salsa, uno aún con una cuchara de madera en la mano. Se abalanzan sobre Gensei, agarrándolo de los brazos y del torso. El cocinero forcejea, lanza un último tajo al aire que no conecta con nada y ruge de frustración.
—¡SUÉLTENME! ¡ES MÍA! ¡ESA PALOMA ES MÍA!—
Los ayudantes lo arrastran hacia atrás con esfuerzo, patinando sobre el suelo grasiento, pidiéndote disculpas a gritos entre jadeos.
—¡Perdón! ¡Perdón de verdad! ¡No le haga caso, por favor!—
Unos minutos después.
Nos trasladamos al frente de la entrada del Gokumitori-tei. El restaurante es un local de madera bien cuidado, con faroles rojos colgando del alero y un mostrador abierto hacia la calle. Desde dentro se escucha el sonido rítmico de cuchillos golpeando tablas, aunque ahora más lento, más contenido.
Gensei está dentro, visible desde la entrada. Cocina de espaldas, con movimientos bruscos, la mandíbula apretada y la sien aún marcada por el raspón. No mira hacia afuera.
Frente a ti, a un par de metros de la entrada, uno de los ayudantes se adelanta. Se inclina en una reverencia profunda, casi tocando el suelo con la frente. —Le ofrecemos nuestras más sinceras disculpas— Dice con voz temblorosa. —Nuestro maestro… padece una enfermedad. Una ceguera muy específica. Para él, todas las aves son iguales… y parece… que lo confundió con una paloma.—
Se endereza despacio, evitando mirarte directamente a los ojos por respeto.
—Nada de esto debió ocurrir. En compensación, el Gokumitori-tei le ofrece un menú completo, cortesía de la casa. Lo que desee. Nosotros nos encargamos.—
El olor a comida vuelve a hacerse presente, ahora más cercano, más tentador. El mercado sigue vivo a tu alrededor, pero aquí, frente al restaurante, el ambiente se ha calmado. La decisión queda en tus manos.
INFORMACIÓN DE LA AVENTURA
FICHA DEL NPC

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